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domingo, 29 de enero de 2012

Michel Foucault y el Ayotallah Khomeini

Fuera de Francia, poca gente sabe que el famoso filósofo Michel Foucault se entrevistó con el Ayatollah Khomeini. Pocos saben que el interés de Foucault por la revolución islámica lo llevó a viajar a Irán, que se entrevistó con religiosos, y que escribió varios artículos entusiastas acerca del movimiento islámico que tomó el poder en Irán.
No son muchos los que saben que los artículos que Foucault publicó en el diario Le Nouvel Observateur, recibieron críticas de periodistas y de feministas franceses, a los que Foucault respondió ofendido. Incluso se publicó en Francia un libro con una entrevista a Foucault acerca de la revolución islámica.
Veo que la Wikipedia, versión española, no menciona este episodio de la vida de Foucault. Sí lo hace la versión en inglés, mucho más detallada. Sin embargo, la propia versión inglesa señala que algunos han tratado de ocultar este aspecto de la carrera de Foucault,  encerrarlo aparte entre corchetes, como un error de cálculo del gran pensador. Por mi parte creo que al ponerlas en relación con un suceso real y contemporáneo, se obtiene una conclusión mucho más acabada sobre el significado de sus ideas.
Foucault es un pensador de influencia enorme, y eso viene de lejos. Recuerdo que ya en el año 1979, y a pesar de que en Argentina gobernaba una Junta Militar, la primera clase del profesor Ouviña en la Facultad de Derecho de La Plata comenzaba con la lectura de un pasaje del libro de Foucault: Vigilar y Castigar. Los alumnos que sacamos 10 en derecho penal fuimos invitados luego a estudiar el libro durante varios meses. Ya entonces no me convenció, y escribí un artículo con mis objeciones.
Foucault es particularmente influyente en Argentina. Sus ideas se reflejan a menudo en mucho de lo que escribe Eugenio Zaffaroni. A su vez, Zaffaroni ocupa hoy el máximo puesto tanto en los tribunales como en la enseñanza del derecho penal. No está demás entonces echar una mirada a las opiniones que sobre la revolución islámica tuvo este pensador.
Los artículos, las críticas, las respuestas, y la entrevista a Foucault sobre la revolución iraní se han publicado en traducción inglesa en un libro titulado Foucault and the Iranian Revolution, compilado y comentado por Janet Afary y Kevin B. Anderson.(link a un comentario sobre el libro, link a un artículo de los autores, ambos en inglés. ).
Lo que más sorprende al leer el libro es el total desenfoque de Foucault. Insistió una y otra vez en llamar al movimiento islámico espritualidad política. Un intelectual que hubiera puesto el grito en el cielo si en Francia se propusiera unir a la iglesia y al Estado, escribía que el Ayatollah Khomeini había introducido la dimisión espiritual en la política. Comenta fascinado cómo los sacerdotes islámicos, los mullahs, proclamaban desde las mezquitas su furia contra el Saha, contra los Estados Unidos, contra todo el Occidente y su materialismo.
También resulta chocante que Foucault, que siempre mostró un espíritu tan crítico de las instituciones occidentales, tan diestro para adjudicar motivos sórdidos incluso en los más inocentes actos de disciplina en una escuela o en un taller occidental, haya sido tan crédulo respecto de los motivos de los religiosos iraníes. Transcribe como si fueran ciertas todas las explicaciones que le dan. Nos cuenta que en la religión islámica, es la justicia del Corán la que hace la ley, y no la ley la que fabrica la justicia. Sin siquiera consultar un libro elemental de historia –que lo hubiera sacado de su ignorancia-, Foucault nos cuenta que esa justicia musulmana está contra el poder corrupto de los califas, y el poder arrogante de los aristócratas que rechazan “el olvidado sistema igualitario”.
Los shiitas creen, nos cuenta Foucault en uno de sus artículos, que cuando el profeta invisible retorne a la tierra, restaurará un sistema de igualdad perfecta. Es necesario que a través del conocimiento, del amor por los descendientes del profeta, e incluso por el martirio, se defienda a la comunidad de creyentes contra el poder del mal. Uno puede imaginar la burla infinita que hubiera generado un sacerdote cristiano si le hubiera dicho estas cosas a Foucault. Otra era la actitud con un clérigo musulmán.
La credulidad de Foucault (diríase, su entusiasmo para ser engañado), se muestra también en su falta de comprensión de las diferencias que existían entre los diversos grupos que luchaban contra el Saha, algunos marxistas, otros fundamentalistas islámicos. Foucault nos dice que no hay diferencias, e insiste en ello. En su opinión, todos los iraníes detestan la modernización. Foucault parece ser ciego al hecho de que mientras él recorre Teheran como visitante privilegiado, hay mujeres iraníes sin velo marchando por sus derechos en las calles. Esas mujeres tienen que ser protegidas por cordones formados por hombres, sus maridos, sus novios, hermanos, y amigos. También hay manifestaciones de mujeres tapadas con túnicas negras de la cabeza a los pies. Pero Foucault insiste en no verlo. El movimiento no tiene diferencias, la lucha une al pueblo.
Foucault escribe en su artículo Con qué sueñan los iraníes? (publicado en Le Nouvel Observateur, Octubre 16-22 de 1978, link a la versión en inglés) que el movimiento religioso shiita le dará al gobierno islámico un color particular. La autoridad de los mullahs (los clérigos musulmanes) es “puramente espiritual”. Su rol es el de hacerse eco del pueblo y de guiarlo.
Las ideas de Foucault se revelan de un modo sorprendente cuando se muestra satisfecho (diríase contento) de que el pueblo iraní haya evitado caer en el modelo español de transición a la democracia. Si bien muchos líderes iraníes veían con esperanza la posibilidad de una transición pacífica y ordenada –tal como hizo España desde el franquismo- eso no es para Irán, opina Foucault. Los iraníes no sólo gritan, abajo el Saha!, sino también: Islam! Y pareciera que eso es justamente lo que fascina a Foucault en Irán, y le resulta aburrido en España.
Foucault, tan crítico e irónico en cuanto toca a las instituciones francesas o inglesas, nos dice sin siquiera chistar que un religioso islámico “le ha explicado” que un gobierno islámico respetará a las minorías siempre que no perjudiquen a las mayorías (tiempo después empezarían las ejecuciones y la persecución de minorías raciales y religiosas), y que no habrá igualdad de derechos para los hombres y las mujeres, porque hay “una natural diferencia” entre los sexos. A esto Foucault no tiene nada que agregar.
Foucault nos aclara (¿aclara?) que no hay que pensar que los clérigos vayan a asumir en Irán un poder de control o supervisión. Termina su artículo repitiendo varias veces que los religiosos islámicos han introducido la dimensión espiritual en la política. Y escribe al final que nosotros (se refiere a los occidentales) nos hemos olvidado desde el Renacimiento de la espiritualidad política.
El artículo de Foucault tuvo la respuesta de una mujer iraní, que envió una carta al diario. Firmó Atoussa H., sin dejar su apellido, probablemente por miedo.
Atoussa escribió que estaba decepcionada por la ligereza con la que la izquierda francesa contemplaba la posibilidad de un gobierno islámico en Irán. Y agregaba: si Foucault quiere tener una idea de lo que significa la espiritualidad del Corán aplicada por el Ayotallah Khomeini es bueno que lea lo que dice el Corán al varón: “tu mujer es como tu tierra, úsala cuando quieras”. Ahora las mujeres que no usan velo son insultadas. Las mujeres tienen que obedecer, o serán castigadas. Atoussa le recuerda a Foucault: no estamos hablando de una parábola moral, sino de la elección del tipo de sociedad en la que queremos vivir. Claro que Foucault tenía la tranquilidad de que no tendría que vivir en ese tipo de sociedad. Luego de ser paseado y alagado por las autoridades Iraníes, volvería a París. Las mujeres iraníes se quedaban a disfrutar de la espiritualidad política.
Documental sobre el castigo propinado por un marido musulman a su joven esposa en Afghanistan


La respuesta de Foucault es típica del académico ofendido. Comienza por acusar a Atoussa de no haber leído su artículo. Luego le dice que ella reduce todas las expresiones del Islam a una sola categoría, y finaliza diciendo que si se quiere comprender al Islam hay que empezar por no odiarlo. De este modo, implícitamente acusa a esta mujer iraní de estar motivada por el odio, y eso le parece suficiente para no responder a sus planteos sobre los derechos de las mujeres.



Decidida joven Iraní saca a patadas a una mujer (¿policía de la moral?) que cuestiona su vestimenta
            Luego Foucault publica otro artículo en el que dice que los iraníes se niegan a dejarse atrapar por discusiones políticas. Le han cerrado el paso (???) a una discusión sobre su futura constitución, sobre la política exterior, sobre cuestiones sociales. No han dejado que la política tenga lugar. Escribe que los iraníes han dado un “golpe contra la política”. Foucault apela a la humildad para evitar pronunciarse sobre alguna de estas cosas: los occidentales estamos en mala posición para dar consejos en estos temas.
            Luego de otros artículos bastante optimistas sobre el movimiento musulmán en Irán, Foucault recibió la contestación de dos periodistas franceses, Claudie y Jacques Broyelle. En una ironía acerca del primero de los artículos de Foucault, su artículo se tituló: ¿En que sueñan los filósofos?
            Los esposos Broyelle citaron las expresiones de admiración que Foucault había dedicado a esa espiritualidad política que, agregan ellos, también “disciplina y castiga” por medio de grupos armados que barren con las formalidades de los tribunales burgueses. Recuerdan entonces que años antes Foucault también había “añorado apasionadamente” los tribunales populares chinos, en diálogos con estudiantes franceses maoístas (maoístas en París, se entiende).


Documental sobre la Revolución Cultural China, al final se ven escenas de juicio popular a opositores


Luego los Broyelle dicen que todas las construcciones de Foucault tienen el mismo sesgo contrario a lo burgués-democrático, contra la legalidad, contra lo judicial. Creen necesario protestar cuando ese mismo mensaje se vende para ser consumido por los lectores con una publicidad que usa el lema de la defensa de los derechos humanos.
            Foucault respondió con un artículo de dos párrafos, en el que se muestra ofendido, dice que nunca ha tomado parte en polémicas, y acusa a los Broyelles de querer obligarlo a confesar que se ha equivocado. Finaliza ironizando que algunos dan la orden de confesar como parte de su profesión, y otros por gusto o hábito.
            Esta antología incluye también la entrevista que le hicieron a Foucault dos periodistas del diario de izquierda Libération, y que se incluyó en un libro que ellos publicaron sobre la revolución islámica. Foucault dice que está fascinado. Afirma que es un hecho que en Irán hay una “voluntad colectiva absoluta” como pocos pueblos la han conseguido en la historia. En un pasaje muy revelador, uno de los periodistas recuerda que también él tuvo el sentimiento de una voluntad colectiva cuando visitó China en los años 60. Dice sin embargo que en alguna medida fue engañado, o más bien que se engañó a sí mismo.
            Sin inmutarse, Foucault insiste y dice que los iraníes están "cambiando radicalmente su subjetividad". Luego explora una interpretación muy curiosa de la famosa frase de Marx, la religión es el opio de los pueblos. Foucault dice que si se toman estas palabras en su contexto, Marx quizá quiso decir algo positivo de la religión: que la religión era el espíritu en un mundo sin espíritu.
            El papel de Foucault como filósofo se advierte en otra parte de la entrevista. Un periodista dice que los revolucionarios islámicos le han pedido a colegas suyos que publiquen falsedades para favorecer la causa: que no mencionen la golpiza a un periodista al que por error creyeron norteamericano, y que exageren el número de muertos en las manifestaciones. Foucault afirma que los iraníes no tienen el mismo “régimen de verdad” que los occidentales. Acota que el régimen de verdad occidental se ha hecho casi universal, pero es muy curioso (no dice por qué). Añade que los antiguos griegos tenían su propio régimen de verdad, y los árabes de la zona de Marruecos y Túnez tienen otro. Aclara que en Irán el régimen de verdad ha sido modelado por la religión.
Por mi parte observo que mientras un militante corriente buscará justificar la mentira como parte de la lucha política, eso no le basta a un filósofo como Foucault: él necesita elaborar toda una teoría donde la mentira es “otra verdad”. Y por cierto, necesita hacer la infaltable remisión a Grecia.
Pero la más característica y reveladora de las respuestas de Foucault es la que da a los que le dicen que él no se preocupa al ver que se instala un gobierno islámico. Replica: por qué preocuparme porque sea un “gobierno islámico”, que sea un “gobierno” ya es suficiente para preocuparme. Con esa respuesta, él se ubica como el más extremo de los rebeldes, contra todo gobierno. Pero a la vez, coloca a gobiernos que se dedican a la persecución política y religiosa, que apalean a las mujeres, que tienen un cuerpo especial de policía para controlar la vestimenta en las calles, que incluso ejecutan a personas como Foucault, es decir, homosexuales, en el mismo lugar que a gobiernos que hace siglos que no hacen esas cosas. Más allá de estas diferencias, todos son gobiernos.

Ahorcamiento de jóvenes homosexuales en Irán
Y eso es lo que hizo Foucault toda su vida. Intentó convencernos de que la prisión y la escuela se parecían, porque eran parte de una red disciplinaria. Intentó quitar mérito a los reformadores penales diciendo (en la más pura tradición marxista) que la benignidad no tenía un origen moral, sino que respondía a necesidades económicas. Foucault describió las sociedades modernas en las que él vivió, en las que pudo experimentar a su gusto con drogas y sado-masoquismo, con el mismo lenguaje y las mismas imágenes que usaría para describir un régimen totalitario. Colocó todo en el mismo lugar: bien, bien abajo.
Al leer la respuesta de Foucault a los que alertaban sobre las consecuencias que traería un gobierno islámico, me acordé de algo que escribió Edmund Burke: “casi todos los más radicales opositores a la monarquía que conocí en mi tiempo se volvieron prontamente cortesanos decididos. La hipocresía se deleita con las más sublimes especulaciones porque, como no tiene intención de pasar de la especulación a la práctica, no le cuesta nada hacerla magnífica. Pero incluso en los casos en los que hay que pensar que se trata más de liviandad que de fraude, la cuestión ha sido igual. Estos profesores, como encuentran que sus principios extremos no se aplican a los casos que reclaman una resistencia cuidadosa, o una resistencia civilizada y legal, no ofrecen resistencia alguna” (Reflexiones sobre la Revolución Francesa).


Neda Soltan, asesinada en 2009 durante una manifestación contra el fraude electoral en Irán. Personas que apoyan el régimen Iraní destruyeron su tumba

lunes, 26 de diciembre de 2011

Thomas Kuhn y los paradigmas




Desde hace algunos años encuentro referencias a Thomas Kuhn y a los cambios de paradigmas en notas sobre asuntos legales, y hasta en artículos de diarios. 
     Así por ejemplo, los profesores les enseñan a sus alumnos en la carrera de derecho sobre el nuevo paradigma que se ha impuesto en el derecho a la reparación por accidentes. O un profesor comenta en una revista jurídica un fallo de la Corte Suprema y afirma que impone un nuevo paradigma sobre la forma en que se deben juzgar los casos sobre discriminación. O un periodista nos habla del cambio de paradigma en la lectura de libros. Y así con muchos otros temas.

     Dicho rápidamente, lo que se quiere decir con esas frases es que hay una nueva concepción que se ha vuelto dominante entre las personas que enseñan o escriben sobre un tema, y que las viejas ideas ya ni se mencionan. Claro que eso se podría decir sencillamente de ese modo, sin necesidad de citar a Thomas Kuhn y sus paradigmas. Pero la cita de los paradigmas hace que la mera mención de un cambio de ideas se relacione con toda una teoría acerca de la forma en la que evoluciona la ciencia. Esa supuesta relación, según trataré de mostrarlo, es equivocada.

     Veamos ¿qué es lo que dijo Thomas Kuhn y qué aplicación tiene a los cambios de ideas? No voy a repetir los datos sobre su vida y obra, que se pueden leer siguiendo los link. Pero sí creo necesario decir dos cosas

1 que según el propio Kuhn su teoría de los paradigmas no se aplica a las ciencias sociales
2 que, además, incluso en las ciencias naturales en las que según Kuhn sí hay paradigmas, su teoría es bastante cuestionable. Y no lo digo yo, lo intentaré demostrar con un ejemplo que da Albert Einstein.

Las ciencias sociales no tienen paradigmas
En el prólogo de su libro más conocido “La estructura de las revoluciones científicas” de 1962, Kuhn dice que siendo él un físico, asistió a discusiones entre científicos sociales y le sorprendió que no llegaran ponerse de acuerdo en cuestiones siquiera mínimas. Le pareció que había una diferencia con los físicos, químicos, biólogos, etc. y que los científicos sociales no tenían un método común que todos aceptaban, algunos problemas fundamentales que todos intentaban solucionar, y conceptos que tenían igual significado para todos. A esta comunidad de ideas y aspiraciones Kuhn la llamó “paradigma”.

El encuentro con lo distinto, con quienes carecían de paradigmas en las ciencias sociales, llevó a Kuhn a indagar acerca de la forma en la que progresan las ciencias naturales, sobre todo la física, que era su profesión. Kuhn creyó que el progreso no era gradual, sino que se daba a través de revoluciones científicas en las que un nuevo paradigma reemplazaba a otro. El ejemplo clásico de este cambio es el paso de la física de Newton a la de Einstein.

Kuhn pensó que su esquema de revoluciones se aplicaba a las ciencias naturales, y todos sus ejemplos se refieren a la física, química, biología, y ciencias similares. No es correcto entonces vincular su teoría del cambio de paradigmas con los cambios de opiniones en las ciencias sociales, y menos en el Derecho. Que hay un paradigma significa que hay un método científico que todos comparten, que hay una forma de colectar datos, de áreas de exploración, de conceptos comunes, etc. Las ciencias sociales no tienen nada de eso, no tienen estrictamente paradigmas, y por lo mismo no tienen revoluciones –en el sentido de Kuhn- en el que uno reemplaza a otro.
En libros posteriores al famoso La Estructura de las Revoluciones Científicas, Kuhn dejó abierta la pregunta acerca de si algunas ciencias sociales no estaban adquiriendo al menos una parte de un paradigma. Él no tenía una respuesta, y no ingresó en la cuestión.
A consecuencia de lo dicho, creo que no es correcto referirse a los cambios en las ciencias sociales como cambios de paradigma, al menos sin aclarar que uno está usando esa palabra erudita para referirse solamente a un cambio en las ideas en boga, es decir, a algo totalmente distinto a lo que describió Thomas Kuhn.

Peor en el Derecho
Si ya es impreciso referirse a los cambios de paradigma en las ciencias sociales, mucho peor es hacerlo en el Derecho. Allí los cambios se refieren a la vida de las personas. A cómo pueden casarse, criar a sus hijos, ganar su salario, y gastarlo. Los cambios en las leyes que rigen esos asuntos no deben ser presentados como si fueran parecidos a los cambios en la forma en la que los químicos llevan a cabo sus investigaciones, o los nuevos temas que captan la atención de los biólogos. A menos que un pueblo se vuelva totalmente indiferente a su propio destino (y creo que una parte del argentino no se ha resignado a eso) nunca verá los cambios en las leyes que rigen su vida del mismo modo que contempla los cambios en las técnicas de laboratorio
Además, lo que los profesores de derecho describen como un nuevo paradigma consiste frecuentemente en la repetición de las teorías en boga en los años 30 del siglo XX. En Argentina, tan parecida a un parque jurásico de las ideologías, casi todo lo que se escribió en esa época se desempolva todos los años y se presenta de nuevo como “la última tendencia”.

Coqueteando con el relativismo
En las ciencias naturales, que es el campo en el que Kuhn creyó encontrar cambios revolucionarios de paradigmas (porque por empezar hay paradigmas), su explicación del avance científico es bastante descorazonadora.
La teoría de Kuhn está muy cerca del relativismo epistemológico, y hasta se podría decir que es su más reciente expresión. ¿Qué quiere decir esto? El relativismo epistemológico consiste en creer que el conocimiento objetivo no sólo es difícil, sino imposible. Los pensamientos verdaderos no corrigen a los equivocados, porque en realidad no hay ni verdad ni error. La llamada verdad es sólo una idea que se impuso a otras por casualidad, y generalmente por la fuerza.
En seguida se ve que ese relativismo coincide con las convicciones (o más bien falta de convicciones) que se han terminado por imponer entre millones de argentinos. Es la excusa perfecta para mirar indiferente y con una sonrisa de superioridad al debate entre la verdad y la mentira. Y encogerse de hombros cuando la verdad es pisoteada...si no existe la verdad, nada se pierde. Una mentira triunfó sobre otra.
El propio Kuhn escribió que su explicación de los avances en la ciencia se parece bastante a la descripción que Orwell hizo de la historia bajo un régimen totalitario: la escriben y enseñan los que ganan. Pero comparar los avances en biología con la propagación de mentiras por un régimen dictatorial es un poquito inexacto. Demostrando su gusto por las frases más sorprendentes que precisas, Kuhn llegó a escribir que una teoría superada como la que ponía a la tierra como el centro del universo era tan científica como la copernicana, o la newtoniana, o la de Einstein. Lo que él quiere decir es que todas se basaban en los conocimientos disponibles en su época, pero así y todo resulta difícil justificar que para decir eso sea necesario escribir –como confusamente hace Kuhn- que todas las teorías son igualmente científicas.
¿Quizo o no Kuhn decir que lo cambios en la ciencia se explicaban igual que los cambios de actitud impulsados por la propaganda Nazi? Kuhn dejó esta pregunta –como todas las demás que no cerraban en su teoría- sin responder. Dijo que si bien los cambios científicos tienen algo de similar con la descripción de Orwell, no es tan así. Y allí dejó el asunto.
Hay un concepto en la teoría de Kuhn que se adapta perfectamente a las ideas (o indiferencia ante las ideas) de quienes niegan que exista la verdad. Kuhn escribió que cuando un paradigma reemplaza a otro, los cambios son inconmensurables. Esto quiere decir que no tienen una medida, patrón, o criterio de verdad que sea común a ambos, y por eso no se pueden comparar. Lo único que uno puede decir es que uno reemplazó al otro. El nuevo paradigma no se impone porque arroje más luz, sino porque el anterior muere. Los científicos no lo mencionan más, su interés se vuelca hacia otro lado.
Se ve entonces por qué en Argentina Kuhn es tan popular entre quienes explican (o dejan de explicar) los cambios en el derecho. El supuesto cambio de "paradigmas" describe exactamente cómo un grupo de profesores difunde alguna visión política del derecho (o mejor dicho: reedita la visión de los años 30), y suprime toda referencia a otras distintas. Los autores anteriores no se prohiben, simplemente se deja de citarlos y se evita toda referencia a sus ideas. No se necesita dar órdenes expresas en ese sentido, los seguidores de las teorías que de este modo se hacen dominantes tienen un olfato potentemente desarrollado para  advertir lo que les gusta o desagrada a sus amos (incluso lo advierten antes que ellos mismos).

¿Qué dijo Albert Einstein sobre esto?
Einstein nunca confrontó las teorías de Kuhn. Murió mucho antes de que fueran escritas. Sin embargo, Einstein nos dejó una descripción del avance científico que es totalmente diferente de la de Kuhn. Lo hizo a través de una comparación muy bella, en el libro que se llama, La física, aventura del pensamiento (escrito en colaboración con el físico polaco Leopold Infeld). Hay un página web con el libro (la descripción a que me refiero está en el capítulo 3, sección 4). Tiempo atrás incluso se lo vendía en kioscos en una colección sobre divulgación científica.
Leí este librito hace más de quince años, pero siempre que escucho gente decir que todo es relativo, que la verdad es del más fuerte, y otras justificaciones de la indiferencia, me acuerdo de la comparación de Einstein. La haré ahora tal como quedó en mi memoria, pero recomiendo todo el libro a quien quiera tener una visión breve pero clara y precisa sobre la física moderna.
Einstein dice que avanzar en la ciencia es como subir una montaña. Subimos un poco y vemos un valle desde más alto. Vemos sus contornos más claramente que desde abajo, y aprendemos mucho. Pero luego subimos más, y vemos que más allá de valle hay un lago que no se veía desde el suelo, y ni siquiera desde una elevación moderada. Subimos más y vemos dos nuevos valles, y más montañas a lo lejos. Sin embargo, el primer valle sigue estando allí. No era una ilusión, y los contornos que vimos eran exactos. Pero ahora comprendemos que eran parte de un paisaje más amplio que vemos desde más arriba.
Se advierte enseguida que la descripción de Einstein es completamente diferente al reemplazo de paradigmas que propone Kuhn. El primer valle sigue estando allí. Sin descartar que se descubran y se corrijan errores en las ciencias, lo esencial no es eso, sino incorporar nuevos conocimientos y situar los ya adquiridos en un marco más amplio. Las leyes físicas de Newton no son falsas, sino que luego aprendimos que se aplican a las velocidades y masas corrientes. Einstein no invalidó la física de su tiempo, sino que puso sus leyes en un contexto más amplio, para abarcar valles y montañas que hasta entonces no se habían visto.
Mucho menos se puede decir que los nuevos descubrimientos sean inconmensurables y que no se puedan poner en relación con los anteriores, como afirma Kuhn. No me gusta el argumento de autoridad, pero si de física hablamos el nombre de Eisntein significa algo. Y la de Einstein no es la visión descorazonadora de Kuhn.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El mayo francés de 1968: la imaginación y el poder

El lema del mayo Francés "la imaginación al poder" resume en una frase uno de los grandes errores del siglo XX



El año 1968 tuvo dos grandes finales: el final violento de la "Primavera de Praga", y el final insípido del mayo Francés (van links a la Wikipedia).  El intento de los checoeslovacos por obtener un poco de libertad fue vencido cuando su país fue invadido por entre 200.000 y 600.000 soldados (las estimaciones varían)  rusos, búlgaros, polacos y húngaros.  La protesta de los estudiantes franceses, a los que se unieron luego algunos sindicatos, fue vencida al mes siguiente de comenzar. El presidente de Gaulle llamó a elecciones para el mes de junio, y el pueblo francés votó masivamente en apoyo de su gobierno.


"La imaginación al poder" escribían en las paredes los estudiantes parisinos. Siempre he pensado que es una injusticia que el mundo recuerde más el Mayo Francés que la Primavera de Praga. Pero además me sorprende que el error colosal del lema más famoso de los estudiantes parisinos no haya sido advertido.


Por supuesto, no tengo nada contra la imaginación. Pero me pregunto ¿por qué "al poder"? Si necesito poder es porque quiero usarlo para imponer las cosas que yo imagino a otras personas. Pero esas personas quizá imaginan cosas distintas. No necesito adquirir poder político, no necesito la posibilidad de mandar a otros, para imaginar yo mismo: no necesito el aparato del gobierno para pintar cuadros abstractos o figurativos, o para no pintar. Pero necesito poder para decidir qué se habrá de pintar y qué no. Si hablamos de poder, se entiende, hablamos de poder sobre la vida de otras personas. Decidir quién gana y quien pierde, y cuánto pierde; quién obtiene el subsidio y quién no. El poder sirve para imponer cosas: sean leyes que gobiernan a todos, u órdenes concretas para que se haga algo que me parece bien, o que se deje de hacer lo que no me place. Imagino cosas, no sólo para mí propia vida, sino para la vida de los demás. Y si no les gusta...bueno, para eso precisamente quería tener el poder.


El lema del Mayo Francés "la imaginación al poder" resume en una breve frase uno de los grandes errores del siglo XX: el haberse dejado a un lado la preocupación por los peligros del poder. Por varios siglos la tarea de los políticos y de los pensadores, desde Montesquieu y Locke hasta Jefferson y Lord Macaulay fue la de limitar el poder. La experiencia sangrienta de siglos les había mostrado los peligros del poder ilimitado: poder para imponer lo que yo imagine a los demás. Si los protestantes franceses no siguen la religión de su Rey Sol, pues se los persigue y se los expulsa. Si un político se atreve a imaginar cosas distintas al rey, se lo encarcela. Por eso, el problema principal de los siglos que precedieron al XX era ponerle el cascabel al gato. Poner límites a la voluntad de quienes ejercen el poder. Ponerle barreras: elecciones periódicas, división del legislativo, el ejecutivo, y el judicial. No permitirle dictar leyes retroactivas, no permitirle apoderarse de bienes de los habitantes sin pagar por ellos, obligarlo a soportar la crítica de la prensa sin chistar, y mil otras formas de obtener lo mismo: sujetar el poder de quienes quieren imaginar cómo debe ser la vida de otros.


El siglo XX pareció creer que el poder no encerraba peligros, sino solamente oportunidades. Palancas de fuerza que se podían mover para que grupos de inspirada imaginación decidieran que millones de personas tenían que vivir de una manera u otra. Poder para tener la oportunidad para ejercer esa imaginación: la imaginación de Mussolini y sus seguidores de una Italia unida y fuerte en la que la lucha de clases fuera superada a través del diálogo de las corporaciones fascistas. Se imaginó al pueblo italiano otra vez unido con las firmeza de las fascies de los lictores  romanos. Poderosa imagen de la imaginación de los líderes, que la nación siguió. Algunos por voluntad propia, otros a los palos.


Tenemos también en el siglo XX la imaginación de Adolf Hitler, forjada en su juventud de privaciones, en la que -según cuenta en su libro Mi Lucha- a veces prefería asistir a una ópera de Wagner antes que comprar alimento para su mesa. Los Nazis imaginaron una alemania de campesinos y obreros arios -fuertes y decididos- que compartían una misma forma de ver el mundo (Weltanshauung en alemán). En la película Kabaret hay una escena que nos da una idea bastante clara de la emoción que esa visión de la vida en común presentaba. Una vez en el poder, los Nazis dieron rienda suelta a su imaginación.





Unos años después, en Camboya, Pol Pot y su ejército de soldados adolescentes imaginaron también una comunidad rural pura, alejada de la podredumbre que -según su visión del mundo- crecía al abrigo de las ciudades. Link al artículo correspondiente en la Wikipedia. También Pol Pot buscó que lo que él imaginaba se cumpliera a través del ejercicio del poder. Si el campesino es honesto y solidario, obliguemos a todos a dejar las ciudades. Si el dinero corrompe, decretemos la abolición del dinero. Ordenemos que nuestra visión se haga realidad. Incluso se les ordenó a los pacientes de los hospitales que caminaran hacia el campo. Pol Pot imaginaba cómo debía ser la vida de millones de camboyanos, y ahora tenía el poder. Si bien sus soldados eran en su mayoría adolescentes violentos armados con ametralladoras chinas, tanto Pol Pot como sus asesores eran intelectuales que habían estudiado en París. Ningún otro grupo revolucionario había tenido una educación tan elevada (por desgracia, sólo la wikipedia en inglés tiene datos sobre la educacion de los asesores de Pol Pot). Evidentemente en París nadie se ocupó de enseñar a esos asesores que seguir los dictados de la imaginación desde el poder puede ser desastroso.


Quizá se tomaron en serio eso que afirmaba un graffiti parisino: "Un solo week-end no revolucionario es infinitamente más sangriento que un mes de revolución permanente". Se calcula que un cuarto de la población camboyana murió en el experimento.


De paso hay que decir que ni los estudiantes parisinos ni los asesores de Pol Pot han imaginado cosas demasiado originales. Por ejemplo: la comunidad de campesinos sonrientes (a la fuerza), es una constante en la ensoñaciones que necesitan del poder para realizarse. Tampoco hay demasiado uso de la imaginación en las pintadas que aparecieron en las paredes de las universidades parisinas:  
"Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar."
"¡Viva la comunicación! ¡Abajo la telecomunicación!"
"Camaradas: proscribamos los aplausos, el espectáculo está en todas partes".


En muchos graffiti hay un definido estilo adolescente que no le sienta a sujetos a los que ya les crece la barba:
"Decreto el estado de felicidad permanente."
"Mis deseos son la realidad."


Otro de los inmerecidamente famosos slogans del 68 francés fue "Sean realistas: pidan lo imposible". Pedir lo imposible es tonto. Incluso hay cierta deshonestidad en pedir lo que uno sabe que es imposible. Pero lo peor empieza cuando ya no se pide solamente, sino que se exige lo imposible. Sin poder se pueden pedir absurdidades, lo que ya es lamentable. Con poder ya se puede empezar a exigirlas, y ese es el anuncio de la tragedia.

sábado, 21 de mayo de 2011

Ronald Dworkin y el colapso de los principios jurídicos


La influencia de las teorías de Ronald Dworkin

            Ronald Dworkin es un teórico del derecho de fama mundial. Ha sido profesor en las universidades de Harvard y Oxford. Sus obras influyen en legisladores y en jueces de todo el mundo.
            En Argentina, sus opiniones fueron citadas en la convención que reformó la Constitución en 1994, entre otros, por el político Antonio Cafiero (link a las actas de la Convención). También la Corte Suprema de Justicia cita a Ronald Dworkin en sus fallos más destacados. Así por ejemplo al rechazar la impugnación de una ordenanza que estableció la educación mixta en un colegio que tradicionalmente era para varones (fallo Monserrat). O cuando declaró que era contrario a la Constitución sancionar la tenencia de drogas para consumo personal (fallo Arriola). Cierto es que las citas a Dworkin son parte de los extensos obiter dicta a los que es tan afecta la Corte (obiter dicta significa: comentarios y opiniones generales que los jueces gustan de incluir en una sentencia; por oposición a ratio decidendi, que son las razones que explican su decisión). Sin embargo en su devoción por seguir las opiniones predominantes en la Corte, ni los académicos ni los jueces argentinos suelen distinguir entre obiter dicta y ratio decidendi.
           Las teorías de Ronald Dworkin son una de las fuentes principales de la opinión de los profesores de derecho acerca de la discrecionalidad que pueden permitirse los jueces al interpretar la Constitución. Y esos profesores son a su vez los que forman (o deforman, según se lo vea) a los futuros abogados. Muchos de esos alumnos terminarán siendo los jueces, legisladores, y funcionarios que habrán de gobernarnos.
           La influencia de las ideas de Ronald Dowkin es seguramente mucho más grande que la de la mayor parte de los pensadores políticos de la actualidad. Sin embargo, esa influencia pasa desapercibida porque su público está compuesto casi exclusivamente por quienes se dedican al derecho y al gobierno. Sus libros son extensos y -sobre todo- terriblemente abstractos. Fuera de los especialistas, muy pocos lectores superarían las primeras páginas de Tomando los derechos en serio, El imperio de la ley, Una cuestión de principio, o La justicia en togas.
            Sería un error sin embargo creer que las ideas de Ronald Dworkin pueden dejarse para que se ocupen de ellas los especialistas. Es que su tema es el derecho, la constitución y las leyes que gobiernan nuestra vida, pera bien o para mal. Invito entonces al lector, incluso a quien no sea abogado, a considerar uno de los aspectos que me parecen más importantes -y menos debatidos- de las teorías de Ronald Dworkin.


La idea novedosa de Dworkin

            ¿Cuál es el cambio más importante que Dworkin introdujo en la forma de considerar la ley? Sin duda, la contraposición entre reglas jurídicas y principios jurídicos. Por supuesto, eso no quiere decir que antes de Dworkin los abogados y los políticos desconocieran la existencia de principios jurídicos, que no se apoyaran en ellos para defender sus propuestas, y que no debatieran acerca de su significado. Sin embargo, antes de Dworkin a nadie se le ocurría que un principio jurídico fuera algo muy distinto de una regla de derecho. En todo caso, se pensaba, los principios son las reglas más generales, las que abarcan más cosas, pero no dejan por eso de ser reglas, normas, como todas las demás.  Por ejemplo, que nadie puede ser condenado sin juicio previo, o que el gobierno no puede expropiar lo que le pertenece a un habitante sin pagarle previamente su valor.

            Estos dos ejemplos son reales, corresponden a reglas que contiene al Constitución Argentina (arts. 17 y 18), que en eso es igual a muchas otras constituciones del mundo. Una cuestión de principios es una cuestión en la que uno se atiene a una regla. Esa era la opinión general, y es todavía el concepto que tienen quienes no son especialistas, los que no han recibido la influencia de las teorías de Ronald Dworkin.

            Dworkin cambia todo eso. El tiene otro concepto de lo que es un principio, aunque su definición es más bien negativa. Es decir, Dwokin se ocupa más de explicar lo que no es un principio que lo que es. Un principio no busca alcanzar ninguna meta económica, política o social, dice Dworkin, sino satisfacer la justicia y la moral. Un principio no es una regla, no establece una solución o respuesta definida, no impide que el mismo principio inspire soluciones distintas, y no hay contradicción en que principios opuestos convivan, y a veces uno prevalezca sobre otro. A los principios no se les aplica la noción de validez. Un principio no es ni válido ni inválido sino que -como los argumentos- tiene peso o gravitación en un caso concreto. Y así es posible que un principio prevalezca sobre otro en un juicio, sin que ello signifique que el principio opuesto haya sido violado. Simplemente, los jueces decidieron que en ese caso uno de los dos principios tenía más peso. Esto no puede suceder con las reglas porque si hay dos reglas opuestas, una de ellas es inválida. He tomado esta caracterización de su libro Taking Rights Seriously, p. 22-28 (hay edición española: Tomando los Derechos en Serio).
            Los principios -siempre según el concepto de Dworkin- no son votados por el Poder Legislativo. No pueden ser ni sancionados ni derogados, por eso mismo es que la noción de validez no les es aplicable. Esto es muy importante para entender el concepto y la función de los principios en la teoría de Dwokin. Según él, son los jueces los que descubren los principios. Y yo agrego, no pocas veces los jueces descubrirán principios siguiendo las sugerencias que les hacen los profesores o teóricos del derecho: Ronald Dworkin entre ellos.


Los principios colapsan en políticas. Y viceversa

            Hasta aquí me he limitado a hacer un resumen de la teoría de Dworkin sobre los principios jurídicos, que es la parte más conocida y a la vez novedosa de su obra. No he dicho nada nuevo para quienes conocen la obra de Dworkin. Sin embargo, estimo ahora importante agregar algo que -según creo- ha pasado desapercibido. Dworkin contrapone los principios a las reglas, pero dice que los principios también son distintos de las directivas políticas (en inglés "policies"). Las políticas, según vimos, procuran lograr algún fin social, económico o político. Eso no quiere decir que las directivas políticas sean vergonzosas o inmorales, sino que al adoptarlas entran en juego cuestiones de utilidad y conveniencia.
            Ahora bien, mientras que un principio nunca puede ser enunciado como una regla (para Dworkin la diferencia entre regla y principio es radical), admite él que los principios -lo que Dworkin entiende por principios- pueden siempre ser convertidos ("colapsados" dice él) en políticas. Y viceversa, una directiva política puede ser expresada en forma de principio. Así lo dice en Taking Rights Seriously, p. 22-23. Luego de afirmar brevemente esta mutua convertibilidad en uno de sus primeros libros, y hasta donde llega mi conocimiento, Dworkin nunca volvió a tocar este punto fundamental.
            ¿Por qué creo que el asunto es fundamental? Porque el concepto de "principio" que Dworkin ha creado, y que hoy muchos expertos en derecho usan, no es otra cosa que lo que la mayor parte de la gente llama -con razón- "directivas políticas". Los principios de Dworkin son políticas disfrazadas de principios. Cómo él mismo admite, los "principios" se pueden expesar como políticas, y viceversa. 
            Pero exploremos un poco más por qué esa mutua convertibilidad es posible. Según Dworkin los principios (a diferencia de las reglas) no determinan una solución definida, sólo dan una razón con cierto peso para adoptar una medida específica, declarar vencedora a una parte en un juicio, etc. Pues bien, lo mismo ocurre con las políticas. También con una directiva política sucede que ella apunta en una dirección, pero debe ser sopesada con otras directivas políticas que en un caso en concreto puede tener mayor peso.
Ejemplo: se adopta una política que establece que debe favorecerce la educación primaria por sobre la superior. Pero esa política debe contemporizarse con otra que da prioridad al desarrollo de la industria petrolera. Si en un caso un ministro del ejecutivo deja de lado la primera política de nuestro ejemplo, y favorece la educación superior de técnicos en petróleo (incluso por encima de la educación primaria), eso no quiere decir que la primera política haya dejado de ser válida. Con las políticas sucede mismo que con los "principios" de Dworkin: no les es aplicable el concepto de validez. Y más allá del problema de su campo de aplicación (fundamental en las reglas), lo decisivo es la evaluación de su peso en un caso concreto.
            Entiéndase bien la diferencia que ambos (principios y políticas) tienen con las reglas: no es que esa decisión específica sea difícil de determinar, cosa que puede suceder cuando hay que interpretar el sentido de las reglas. Ciertamente, hay veces en que puede ser difícil establecer cuál regla se aplica a un caso: si este artículo o aquel otro. En el caso de los principios y de las políticas, incluso cuando no hay duda de que son aplicables al caso, hay que establecer su peso en el caso concreto. Decimos: este principio (o esta política), tienen mayor peso en este caso, lo que no quiere decir que en otro ligeramente diferente el resultado no deba ser distinto.
            Dworkin admite expresamente que los principios (lo que él llama principios) pueden ser colapsados y adoptar la forma de una directiva política. Y viceversa, la política puede ser expresada como un principio. Resulta entonces paradójico que el mismo Dworkin use constantemente el argumento de que tal o cual decisión debe ser decidida como una cuestión de principios y no de política. Cuando encuentra alguna decisión judicial o del ejecutivo con la que él está en desacuerdo, Dworkin la critica diciendo que se la ha adoptado sin respetar los principios y siguiendo sólo directivas de política o utilidad. Y cuando sale a defender una interpretación que le gusta, afirma que es correcta porque se basa en principios y no en políticas. Es que él ha convertido a los principios en políticas.
            Ya era corriente, mucho antes de Dworkin, que políticos y pensadores criticaran decisones por no estar basadas en principios sino en mera utilidad o conveniencia. La distinción en la que se basa esta forma de argumentar es altamente dudosa. Como dijo Edmund Burke en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa, "la justicia es en sí misma la gran y permanente política de la sociedad civil, y toda desviación importante de ella, bajo cualquier circunstancia, está bajo la sospecha de no tener política alguna". Pero en el caso de Dworkin la imperfección de la distinción es peor, pues él ha definido a los principios de un modo enteramente novedoso. O más bien, los ha hecho indefinidos y muy parecidos a las directivas políticas. Tal es así que -como él mismo admite- unas y otras son reversibles.


Dworkin bautiza el arbitrio judicial con un nombre nuevo

           Su teoría de los principios le permite a Dworkin tomar las políticas que él aprueba, formularlas como principios, y criticar a los que no los adoptan por faltar a los principios. Esto les da a sus argumentos una fuerza que en verdad no tienen. Y ese truco no es lo peor. Lo más grave es que esa falsa contraposición nos hace perder de vista a la diferencia real y que cuenta, que es la que existe entre las decisiones que respetan las reglas existentes, y las que se toman siguiendo aspiraciones o metas cuya "virtud" consiste en no contener una solución definida de antemano. Cuál de las aspiraciones u objetivos debe prevalecer en cada caso concreto es una cuestión que depende de la evaluación de su peso. Es claro que no todos podemos tener voto en esas miles de decisión concretas, y que ellas está están reservadas a quien tiene poder para imponerlas desde el aparato del Estado, sea un juez, un funcionario, o una legislatura que dicta una ley que no es general sino ad-hoc (es decir, que no es una regla). Al ciudadano corriente no le queda sino aceptar la evaluación de los pesos relativos que en cada caso haga la autoridad .
            Lo que la teoría de Dworkin desplaza de nuestra atención es nada menos que la contraposición más fundamental, que es la que existe entre el imperio de la ley (the rule of law), y el imperio de la voluntad de la autoridad en cada caso concreto.
           Por supuesto, ni yo ni nadie sostiene que la tarea de gobernar o la de resolver pleitos pueda basarse exclusivamente en reglas generales. Sin embargo, hasta los años 30 del siglo pasado, el progreso del derecho había consistido en reducir más y más el ámbito de lo que puede imponer a otros quien controla la fuerza del Estado, usando criterios ad-hoc, sopesando aspiraciones o metas.
            En la década de los años 30 esa tendencia se revirtió: las oportunidades que brinda el poder pasaron a primer plano, y los peligros fueron desdeñados. El realismo jurídico norteamericano, la jurisprudencia del "treu und glauben" en Alemania, el irracionalismo en la Italia de Mussolini, el derecho de los tribunales populares en la Unión Soviética, todos buscaban devolver a la autoridad el poder de sopesar a su criterio aspiraciones y metas. Y por supuesto, imponerlas. La redefinición de los principios jurídicos que hizo Dworkin en los años 70 es una estrategia argumental que se suma a esa lucha de los juristas y doctrinarios contra el imperio de la ley.