lunes, 8 de octubre de 2012

Eric Hobsbawm, propaganda política o historia


Al comienzo de su carrera el historiador británico Eric Hobsbawm escribió junto con su colega Raymond Williams un panfleto en el que justificaban la invasión que la Unión Soviética había hecho de Finlandia (1939-1940). Muchos años después, Williams explicó en una entrevista que ellos no tenían mucha idea del asunto, que simplemente recibían material histórico para hacer esa tarea porque tenían cierta habilidad con el lenguaje (la anécdota ha sido mencionada en muchos diarios ingleses, basta buscar en la web: Hobsbawm soviet invasion of Finland).
Años más tarde Hobsbawm llevaría esa tarea a otra dimensión. Escribiría extensos libros de historia tendientes a justificar a la Unión Soviética. Y cuando ello no fuera posible, a minimizar sus horrores. También, a tratar de salvar algo de su legado para usarlo en otro intento.
No debe extrañar entonces que los libros de Hobsbawm tengan una muy favorable recepción en la Argentina. Son texto de estudio en las universidades, e incluso he visto que se emplean para cursos de historia complementarios del secundario, o para la tercera edad. Tras la muerte de Hobsbawm el 1 de octubre de 2012, el diario La Nación publicó cuatro artículos (de Maximiliano Tomas, Luisa Corradini, Andrés Reggiani, y Ana María Vara), con elogios que superaron con creces los dados al historiador en la propia Gran Bretaña. El dato es particularmente revelador del dominio absoluto de Hobsbawm en los medios intelectuales argentinos, si se tiene en cuenta que La Nación es –de entre todos los diarios argentinos– el más alejado de la ideología marxista de Hobsbawm. Maximiliano Tomás llegó a escribir que Hobsbawm quizá significó para la historia lo que Einstein fue para la física.
Sin ser un historiador, me permito disentir con esa afirmación. Creo que los libros de Hobsbawm están plagados de las más evidentes distorsiones históricas, todas ellas destinadas a encontrar logros que puedan adjudicarse a la Unión Soviética.

El obrero norteamericano ganaba bien gracias a Stalin

Un ejemplo notable de esa concepción propagandística de la tarea del historiador se puede ver en la nota que Hobsbawm escribió tras la caída del muro de Berlín, y la disolución de la Unión Soviética. El artículo llevaba el nostálgico título Adiós a todo aquello (“Goodbye To All That”, publicado en Marxism Today, october 1990). Entre otras cosas, allí Hobsbawm argumentaba que “…más allá de lo que Stalin pueda haberle hecho a los rusos, fue bueno para la gente común de occidente”. ¿Cómo? Pues sí nos explica Hobsbawm: resulta que gracias al miedo que inspiraba Stalin en los líderes capitalistas de occidente, ellos se convencieron de que debían mejorar el nivel de vida de la gente común, lo que resultó en mejores sueldos y seguridad social. Así es, los sueldos en Estados Unidos eran más altos gracias a Stalin.
Lo que ese argumento demuestra es mucho más que el ingenio desbordado de Hobsbawm para encontrar motivos de alabanza a la Unión Soviética, o suavizar las críticas inevitables. También demuestra un desconocimiento alarmante de la forma en la que se establecen los salarios en una economía competitiva, y diría más, muestra un desconocimiento básico de lo que es el mundo.
Los sueldos en Estados Unidos eran más altos que en la Unión Soviética por las mismas razones que hacían que ya fueran más altos que los pagados en la Rusia de los zares. El trabajo de los obreros norteamericanos era y es más productivo porque dispone de más capital (herramientas más avanzadas, etc.) y tiene una dirección empresarial con menos trabas burocráticas. Todavía hoy la productividad de trabajo en Estados Unidos (valor producido por hora trabajada), es casi el triple que el de la Federación Rusa. Las estadísticas están en la web.
Hobsbawm parece no haber sido capaz de razonar que si la causa de los mejores sueldos occidentales fuera el miedo de algunos dirigentes, entonces los sueldos debieron haber bajado en occidente cuando ese miedo dejó de tener motivo, luego de la disolución de la Unión Soviética. ¿Bajaron los sueldos occidentales porque cayó el muro de Berlín?
El argumento de Hobsbawm revela una visión del mundo en la que una camarilla de dirigentes y empresarios fija los sueldos de acuerdo a sus miedos y estrategias políticas. Esta visión corresponde más a una película de James Bond que a la realidad. Marx mismo hubiera advertido que las razones que explican los niveles de salarios tienen que buscarse en mecanismos impersonales del mercado, y no en estrategias políticas.
Esa visión irreal del mundo le impide a Hobsbawm dar alguna explicación coherente de los más importantes acontecimientos históricos. Cuando en su libro Historia del Siglo XX debe analizar el fracaso de la economía soviética, dice que Estados Unidos tuvo la ventaja de ver cómo “sus satélites” (Europa y Japón) se convertían en economías florecientes. Apunta que ello se debió a “buena suerte histórica” y a la “política” norteamericana. Obviamente hay cientos de razones por las cuales los países de Europa occidental –que no eran satélites, no en el sentido en el que lo eran Hungría o la Alemania Oriental- progresaron y que no tienen nada que ver con la suerte.
La forma más corriente con la que Hobsbawm distorsiona los hechos es –como en el caso de su intento de hacer comparables las situaciones de las dos Alemanias llamándolas a ambas “satélites”- la de insertar breves afirmaciones que se dan por evidentes, sin dar mayores razones. Es que cuando se las analiza de cerca se revela la distorsión. Hobsbawm mismo califica a muchas de esas afirmaciones como “paradójicas” o “ironías de la historia”. Así por ejemplo sostiene que la Unión Soviética salvó al mundo occidental en la segunda guerra mundial al vencer a Hitler. 
        Cualquier niño de escuela al que se deje pensar por sí solo unos minutos advertirá que Stalin se salvó a sí mismo. Mientras los Nazis atacaban a Polonia, a Francia, Holanda, y Gran Bretaña, Stalin miraba satisfecho los acontecimientos. Los partidos comunistas de occidente incluso recibieron la orden de oponerse al esfuerzo de guerra, y así lo hicieron en Francia y en Gran Bretaña. Militantes de izquierda protestaron en Londres, y el diario británico comunista Daily Worker describió a los aliados como "la máquina de guerra imperialista". La orden de apoyar la guerra contra Hitler sólo se dio cuando él decidió invadir la Unión Soviética.
Pero todavía hay más. La segunda guerra mundial comienza con la invasión alemana y soviética a Polonia. Este hecho evidente es imposible de negar, pero se menciona poco. Siempre se habla y se escribe sobre la invasión alemana…cuando del otro lado las tropas soviéticas también cañoneaban e invadían a los polacos. Hitler invadió Polonía sin importarle el ultimátum de Francia y Gran Bretaña, pero contando con un pacto con la Unión Soviética.


Soldados nazis y soviéticos celebrando con un desfile conjunto la invasión a Polonia


“Cierta habilidad con el lenguaje”

Hobsbawm es poco convincente cuando se decide a dar argumentos. Lo que sí abunda en su obra son los rótulos. Se confirmó con creces aquella referencia inicial acerca de su habilidad con el lenguaje cuando se le encargó defender la invasión a Finlandia. A las revoluciones que no son marxistas las rotula como “burguesas”. Al debate entre los defensores del capitalismo y del comunismo lo compara desdeñosamente con una guerra  religiosa. Sobre todo, usa constantemente adjetivos de catástrofe: sus libros abundan en frases sobre el hundimiento de los mercados, el desmoronamiento del capitalismo, la caída, la disolución del cemento que sostiene las instituciones. Las creencias liberales se “desploman” todo el tiempo. Si uno lee La Historia del Siglo XX, llegará a convencerse de que todo se “desmorona” constantemente en el capitalismo. Si uno observa la historia en cambio –y es historia reciente– comprobará que lo que se desmoronó fueron los regímenes comunistas.
En su esfuerzo propagandístico Hobsbawm hace poco uso de la teoría marxista, aunque emplee ciertas palabras como “clase”, “contradicciones”, etc., que dan un sabor marxista a sus libros. Pero es un sabor añadido, que no llega a los ingredientes fundamentales de la obra de Hobsbawm. Es necesario tener en cuenta que el marxismo es una teoría económica e histórica específica, no una bolsa informe en la que se pueda introducir un poco de todo, desde algunas nociones Keynesianas, hasta la anti-globalización. Es tarea del propagandista usar todo argumento que pueda tener efecto. Pero el marxismo no es eso, sino una teoría definida, que parte del concepto de plusvalía, que a su vez se basa en una explicación específica acerca del valor de cambio de las mercaderías: la teoría del valor trabajo.
Más allá de sus simpatías con la Unión Soviética, y su declarada admiración por Marx, Hobsbawm no muestra en sus libros interés alguno por las ideas propiamente marxistas. Tampoco les interesa eso a sus lectores. He leído algunos comentarios que tratan de explicar este desinterés tan típicamente marxista por las ideas de Marx señalando que esa teoría no es “cerrada”. Si con esto se quiere decir que sus conceptos fundamentales pueden aplicarse a distintos hechos, nadie lo discute. Pero si lo que se alega es que por “marxismo” puede entenderse cualquier idea más o menos opuesta al capitalismo (muchas de las cuales combatió Marx), y dejar de lado como trasto incómodo y sin valor explicativo las teorías del valor-trabajo, la plusvalía, etc. entonces se convierte al marxismo en un rótulo más.

El método de la distorsión histórica

Las distorsiones de Hobsbawm se dan en cada una de las páginas que escribió. Y siempre se ve el mismo método: son afirmaciones como al pasar, que se dan por evidentes. Abro uno de los artículos de Hobsbawm en Marxism Today: titulado Rescatado de las Cenizas, y veo un ejemplo de lo que acabo de decir. Hobsbawm escribe que en la primera mitad del siglo XX el capitalismo pareció darle la razón a los pronósticos de derrumbe que Marx pronunciara desde 1848, ya que –dice Hobsbawm “el capitalismo fue a dos guerras mundiales”.
Luego sigue enumerando otros pecados del capitalismo, pero paremos allí y pensemos un poco. No es cierto que “el capitalismo” haya ido a dos guerras. La segunda guerra mundial empezó cuando dos estados totalitarios y anti-liberales invadieron Polonia. Hobsbawm mismo dice en su Historia del Siglo XX que el Nacional-Socialismo era claramente anti-liberal. Hitler combatió el libre mercado, y embarcó a Alemania en una economía dirigida desde el Estado.

Video Neonazi tomado de YouTube que muestra claramente el carácter anti-capitalista del Nacional-Socialismo. En cambio, los historiadores que necesitan atacar el capitalismo tratan siempre de minimizar la radical oposición entre capitalismo y Nazismo. Los Neonazis dan una versión más genuina de la ideología en la que ellos creen
En Alemania, el famoso teórico filo-Marxista Werner Sombart se convirtió sin necesidad de hacer muchos cambios en sus ideas en filo-Nazi, y en su libro Héroes y Comerciantes, contrapuso el ideal comunitario y nacionalista alemán con la despreciable moralidad individualista y comercial que él identificaba con Gran Bretaña.
Hitler llamó a los británicos “almaceneros”, y durante toda la guerra sus oficinas de propaganda describieron a las potencias occidentales como “plutocracias”. Hitler mantuvo la propiedad privada, pero las empresas pasaron a ser ejecutoras del plan estatal. Y el que se oponía e intentaba elegir libremente los destinos de su propia fábrica, como lo intentó el empresario aeronáutico Hugo Junkers, terminó preso.
Pero la frase de Hobsbawm “el capitalismo fue a dos guerras” también es falsa respecto de la primera guerra mundial. Ya entonces Alemania estaba dominada por una ideología anti-liberal, y fuertemente estatista. Y antes todavía, Bismark había creado el socialismo de Estado en Alemania (en realidad el socialismo real siempre es “de Estado”).
Por último, también es evidente que la Unión Soviética fue uno de los dos Estados totalitarios que participó de la segunda guerra mundial y de la invasión que le dio inicio así que la frase “el capitalismo fue a dos guerras mundiales” es sólo una muestra de la confianza ilimitada que Hobsbawm tenía en la docilidad de sus lectores.
Se dirá que si bien estas afirmaciones distorsionan los hechos de forma evidente y fundamental, son meras frases aisladas. Pero es que ellas, repetidas en mil variantes, son las que dan contenido a la obra de Hobsbawm. En los pocos momentos en los que abandona ese “método” y se atreve a brindar algún razonamiento, falla estrepitosamente, como cuando intenta explicar los buenos sueldos en Estados Unidos y Europa occidental gracias al camarada Stalin.

“Casi sin coerción…”

El dominio de Hobsbawm sobre los académicos argentinos, incluso los que no se consideran marxistas, es notable. Hobsbawm también fue admirado en Gran Bretaña, aunque no con la cómoda unanimidad que parece reinar en Argentina. Poco tiempo después de su muerte, y luego de algunos elogios, una nota en el diario Times de Londres recordaba una de las tantas distorsiones históricas que llevan el sello de Hobsbawm. Decía él en su libro “On History” (traduzco de la cita del Times) que “por más que al final los sistemas comunistas hayan resultado frágiles, sólo usaron muy poca coerción armada, meramente nominal, para mantenerse desde 1957 a 1989”.
Como siempre, Hobsbawm recorta hábilmente sus “períodos históricos”. En 1956 la Unión Soviética invadió Hungría, y por eso le basta con empezar en 1957 para dejar ese hecho afuera. Pero de todos modos le queda adentro la invasión a Checoeslovaquia. Aquí también, como frase obvia lanzada al pasar, Hobsbawm minimiza un ejército de medio millón de soldados que invade un país, por el pecado de intentar otra versión del socialismo. Por supuesto, la frase también minimiza el muro de Berlín con sus centinelas, y la persecución de disidentes en la propia Unión Soviética. Cierto…muy poco uso de la fuerza armada, casi nominal...


Praga, 1968