viernes, 16 de agosto de 2019

Argentina y la competitividad de la pobreza


    Desfilan en los canales de televisión economistas mediáticos que aseguran que la brusca caída en la cotización del peso argentino es beneficiosa. Algunos explican que así los valores “se han sincerado”, expresión que ya pasa a repetir el público que escucha semejantes mensajes.
     Los expertos televisivos opinan que es bueno que el dólar esté a 60 pesos porque mejora la competitividad de nuestra economía; así nuestros productos pasan a ser más baratos y hay mayores chances para venderlos en el exterior. Escribí a mediados de 2015 una nota (link) en la que señalaba que a mi juicio esa evaluación era equivocada. Hoy se repite ese error con el mismo entusiasmo de siempre, así que me gustaría añadir algunas cosas.

Por qué la devaluación no nos hace más competitivos
     Si la devaluación del poder adquisitivo de una moneda fuera el método de mejorar la competitividad, entonces Argentina debería ser el país más competitivo el mundo. Leo en un diario (link) que desde su creación el peso ha perdido 13 ceros, ya que de otra manera tendríamos que hacer nuestras cuentas en miles de cuatrillones ¿Por qué entonces, luego de insistir tanto en reducir el valor de nuestra moneda no logramos ser más competivos sino menos?
     Se dirá que lo que ocurre es que el efecto benéfico de la devaluación no dura mucho porque al poco tiempo los precios y salarios aumentan con lo que el resultado neto es un mero cambio numérico, y no una mejora en la competitividad. Según esta explicación, los beneficios serían duraderos si los precios y salarios argentinos (sobre todo estos últimos) no se recuperaran, si permanecieran deprimidos luego haberse depreciado la moneda en la que están expresados.
     Ejemplo de ese “logro” -se nos dice- sería la devaluación producida durante el gobierno del presidente Eduardo Duhalde, luego del derrocamiento del presidente Fernando de la Rúa. El peso pasó a tener la cuarta parte de su valor pero por un tiempo considerable los sueldos no se recuperaron. Todavía hoy se repite como si fuera un rezo que “Remes Lenicov hizo el trabajo sucio” que permitió la recuperación argentina (Remes Lenicov era el ministro de economía de Duhalde) ¿Por qué los sueldos no subieron con la inflación? Es que en el año 2002 hubo un desempleo fenomenal y niveles récord de pobreza. La gente se daba por contenta si al menos conservaba el empleo. O sea, para que funcione el método debe haber devaluación pero también desempleo y pobreza generalizada. Quizá por eso a ese “logro” del presidente Duhalde se lo llama “trabajo sucio” pero necesario. O así se cree.
     Pero incluso la desocupación no le hubiera bastado al presidente Duhalde para contener reclamos si no hubiera tenido el dominio absoluto del Congreso. La cúpula del partido opositor era comandada por Raúl Alfonsín, en ese momento de total acuerdo con Duhalde en cuanto a la vía elegida. El Congreso votó todas las leyes económicas que le envió el gobierno. Esa unión de los dos partidos mayoritarios, o al menos de sus dirigentes, tampoco es frecuente en nuestra historia.
      Recapitulemos la receta: para que la devaluación -el “trabajo sucio”- nos haga más competitivos como nación, se necesita enorme pobreza, extrema desocupación, y un gobierno sin oposición.
     Y entonces ¿por qué las repúblicas bananeras, que reúnen todas esas condiciones, no son competitivas?
     Peor todavía, la Argentina no es aún -al menos de modo completo- una república bananera, así que no es posible mantener por mucho tiempo y de modo simultáneo las tres condiciones: pobreza, desocupación, y un gobierno unido a su oposición.

El “trabajo sucio” (e inútil)
     El método Duhaldista de recuperación económica no hubiera durado mucho tiempo. En algún momento hubieran empezado a arreciar los reclamos salariales y algunas voces se hubieran empezado a sentir en el Congreso lo que hubiera roto finalmente el dominio de los líderes de ambos partidos mayoritarios.
     Pero, aunque sea por un tiempo ¿sirvió el trabajo sucio”? El relato, lo que repiten los animadores y periodistas en televisión, es que el “trabajo sucio” de presidente Duhalde salvó al país. Cuando algunos exaltan la trayectoria del economista Roberto Lavagna, se les suele responder que quien hizo el verdadero trabajo fue Remes Lenicov. Lo cual parece asumir implícitamente que ese trabajo fue meritorio. Más todavía, en 2019 algunos parecen creer que habría que lanzar un “Trabajo Sucio 2.0”.
     Creo que esa descripción del pasado es falsa y que la receta es funesta. El trabajo no sólo fue sucio sino además inútil. Destruyó el ahorro y la seguridad jurídica. Lo que hizo competitiva por un tiempo a la Argentina, o mejor dicho a una parte de ella, fue la multiplicación del valor de los productos agrícolas, en especial la soja. La industria siguió siendo incapaz de colocar sus productos en el mundo, salvo honrosas excepciones que nada tienen que ver con los supuestos beneficios de la devaluación. Recordemos además el éxito de la comitiva presidencial destinada a conquistar el mercado de Angola.

El “atraso cambiario (traducido: tu sueldo es demasiado alto)
     Me he ocupado un poco de los hechos del pasado porque la repetición constante del relato falso sobre ellos tiene consecuencias en el presente. No aprendemos de la historia, aprendemos del relato. Los animadores, expertos, y políticos que hoy desfilan por la televisión (que ya no se distinguen mucho unos de otros) opinan acerca de cuál sería el “dólar competitivo”, y afirman a la pasada que el dólar está “retrasado”, que hay o había “retraso cambiario”.
     Lo que quieren decir, pero les cuesta afirmarlo directamente, es que el peso debería valer menos. Es obvio que lo que cambia su valor no es el dólar ni el euro, sino nuestra moneda.
     Lamentablemente, aveces un simple cambio en las palabras hace que lo horrible no parezca tan feo. Los animadores-expertos-políticos prefieren hablar como si todas las monedas del mundo hubieran subido cuando la verdad que cualquiera entiende es que la nuestra vale menos. Pero esa no es la inexactitud principal. Lo cierto es que lo que los animadores-expertos-políticos nos dicen cuando hablan ligeramente del “dólar competitivo” es que nuestros sueldos son muy altos y que si bajan nuestra economía se volverá más competitiva.
     Basta pensar un momento para advertir que si el valor de cambio del peso bajara pero todos los precios y salarios crecieran a la par, el supuesto beneficio no existiría. Y como nadie hace inversiones en la industria pensando en condiciones que a poco cambiarán, lo que se necesita es un empobrecimiento sostenido en el tiempo. Trataríamos de competir con los sueldos chinos.
     Como ese “trabajo sucio 2.0” resulta difícil de vender al público, es necesario usar eufemismos. “Atraso cambiario” suena como si habláramos de un reloj que necesita una vuelta de manecilla.
     Una de las cosas que hacen terriblemente ineficiente (e injusto) al método de mover la mancilla es que cambia todos los valores. A diferencia del mercado, opera de forma indiscriminada. Además, se pierden los ahorros, desaparece el crédito, y bajan todos los sueldos, incluso los de los trabajadores de actividades que no necesitaban ese “estímulo” para ser competitivas. La posterior recuperación salarial no sólo evapora los efectos de la pócima mágica, sino que hace confusas las señales que deberían ofrecer el sistema de precios y el del mercado laboral. Hace permanente y dramática la lucha por el salario, que se transforma en lucha política y donde los que ganan no son los que ofrecen mejores servicios y productos sino los que pueden ejercer más presión. Por ello es que movemos la manecilla de tanto en tanto y no logramos la prometida competitividad.

¿Qué datos mira el mundo?
     La devaluación de agosto de 2019 no alcanzó los niveles de la de 2002, todavía. No se produjo con ningún decreto sino porque se prevé una vuelta a los métodos ya ensayados por el anterior gobierno durante más de una década: cerrar la economía, congelar precios, renegociar compulsivamente (otro eufemismo contradictorio) las deudas internas y externas, y cuando todo eso vuelva a fallar, imprimir billetes.
     La oquedad de algunas cabezas hace que puedan creer que el resultado de su voto nada tiene que ver con la depreciación del poder adquisitivo de los billetes que tienen en el bolsillo, ni con la caída de las acciones de empresas argentinas. El peso argentino se desplomó al conocerse el alto porcentaje de argentinos que desea ver otra vez la misma obra y con el mismo elenco de actores por todos conocido. Sin embargo, algunos afirman y juran que entre una cosa y la otra no hay relación.
     Ahora bien, los inversores no suelen tener la cabeza hueca. No han estudiado el relato, ni siguen a la televisión argentina para orientarse en sus decisiones. Echemos en cambio una mirada al informe del Foro Económico Mundial acerca de la competitividad (link). A muchos alcornoques locales les resultará insólito que entre cantidad de datos y variables de ese informe no se dé relevancia a la competitividad del “dólar alto”. Extrañamente, el informe sobre competitividad computa la seguridad jurídica, la innovación empresarial, el desarrollo del mercado financiero, y hasta la educación. Eso es lo que hace competitivos a los países. En esos aspectos, los que cuentan de verdad, Argentina está bastante abajo, en el puesto 81, bien por detrás de Chile, de Brasil, o de Perú.
     Hay que resaltar sin embargo que si bien el informe de 2018 (el último disponible) nos ubica en el puesto 81 de competitividad, en el anterior que abarca el período 2013-2015 estábamos aún peor, en el puesto 104, diferencia bastante significativa (de muy malo a malo) que muchos liberales mediáticos argentinos descartarían para seguir lanzando brulotes.

¿Importa la calidad institucional?
     Los alcornoques, de los que tanto abundan, se asombrarían al ver que los países más competitivos no son los que tienen sueldos más bajos. Lo bajo o alto de los sueldos no es una causa de la competitividad sino su consecuencia ¿Es eso realmente tan difícil de entender?
     Entusiasmados por el “trabajo sucio 2.0”, muchos desdeñan el valor del respeto por la palabra dada en los contratos y la confianza que merezcan las instituciones. Que nuestro Código Civil y Comercial admita leyes retroactivas para los contratos no despierta el menor interés, ni siquiera entre los juristas (ver mi nota sobre ese problema). Peor todavía, en Argentina pasó casi desapercibido que un gobierno, de común acuerdo con la oposición, removió a los jueces de la Corte Suprema federal hasta lograr que -con una nueva composición- dijera que saquear depósitos bancarios no violaba el derecho de propiedad. A eso se lo llamó una “renovación” de la Corte (otro eufemismo repetido hasta el cansancio en TV). Luego, ya contando con esa protección tribunalicia, se expropiaron los fondos de pensión, que en otros países son uno de los pilares del crédito y el ahorro. El eufemismo elegido en este caso fue que se “unificaron” los sistemas privado y el público (léase, el segundo se apoderó del primero). Años atrás escribí un comentario en inglés sobre estos fallos. ¿Y todo eso qué tiene que ver con la competitividad? Mucho.
     Dije que como en última instancia los sueldos dependen de competitividad y no al revés, no se avanza bajando sueldos. Pero por la misma razón tampoco es cierto que sea una herramienta adecuada elevarlos artificialmente. Sin embargo, en nuestra desgraciada tierra, lo que importa es la cantidad de veces que los animadores-expertos-políticos repiten un slogan. Ni siquiera es relevante que sean contradictorios, que pontifiquen sobre las bondades de un dólar alto y de “ponerle dinero en el bolsillo a la gente”.
     Algún día eso dejará de ser creído.

martes, 30 de julio de 2019

El historiador argentino Eduardo Sartelli defiende el Gulag Soviético


     Se puede ver en YouTube un debate público acerca de la moralidad del capitalismo vs la del socialismo.
     El evento se llevó a cabo en noviembre de 2018 en el Auditorio del Centro Cultural de la Ciencia de la Ciudad de Buenos Aires y fue organizado por la Fundación para la Responsabilidad Intelectual (va el link al video más abajo).
     Argumentaron en favor de la moralidad del capitalismo Antonella Marty, Stephen Hicks y Axel Kaiser. Por la del socialismo lo hiceron Eduardo Sartelli, Rosana López Rodríguez y Fabián Harari. Los miembros este segundo panel integran un grupo denominado Razón y Revolución en el que se destacan docentes universitarios de historia. Se cuentan entre los más coherentes defensores del marxismo por lo que su presencia en el debate prometía un intercambio interesante de ideas. Es de señalar la honestidad intelectual que demuestra este grupo al rechazar varios de los slogans más falsamente atractivos de la izquierda, como la apelación a un nacionalismo anti-norteamericano. Han superado además el miedo a criticar al Peronismo; rechazan esa cautela acomodaticia y desmoralizante de casi toda la izquierda argentina. A este grupo pertenece la historiadora Marina Kabat, quien ha escrito un magnífico libro sobre el Peronismo titulado Perónleaks. Son marxistas puros y duros, como dicen los españoles. De allí proviene su desprecio por las mentiras populistas, pero también de allí provienen sus limitaciones intelectuales, como se vio ampliamente en este debate.
     Más allá del resultado -decidido por los asistentes en favor de la moralidad del capitalismo- creo necesario comentar acerca de uno de los argumentos sostenidos por Eduardo Sartelli, profesor de historia de las universidades de Buenos Aires y La Plata, en defensa del socialismo. Los panelistas de ese campo se ocuparon mayormente de exaltar un socialismo futuro pero no pudieron evitar descender en ocasiones al socialismo real. Allí es donde el profesor Sartelli procedió a justificar el Gulag soviético.
     Creo que el debate pudo haber sido mejor. Del lado capitalista hubo quizá un comienzo demasiado general del profesor Hicks, quien procuró defender el capitalismo en base a afirmaciones ciertas pero muy abstractas sobre la propiedad de cada persona sobre sí misma. El panel pro capitalista mejoró luego con referencias más concretas a momentos históricos y actuales. En el lado marxista esperaba ver algo del conocimiento y nivel intelectual mostrado por Marina Kabat en su crítica al Peronismo. No fue lo que encontré.
     El profesor Sartelli manifestó ya desde el comienzo del debate una agresividad injustificada pues empezó declarando que estaba en “territorio enemigo” y que el moderador (Iván Carrino) no era neutral. Cierto es que Carrino es liberal, o quizá más precisamente libertario, pero quien vea el video comprobará que su actuación fue impecable y equidistante. No había motivo para atacarlo incluso antes de que empezara su labor.

El Gulag, presentado como un acto de defensa del proletariado
     Sabemos que ya desde sus inicios el régimen comunista soviético creó todo un sistema de campos de trabajo forzado al que envió a millones de opositores, prisioneros de guerra, miembros de minorías étnicas, criminales comunes, y hasta simples campesinos. Llegan a contabilizarse 476 campos, casi todos ellos en las regiones más desoladas de Rusia.
     Ya en el primer segmento de su intervención el profesor Sartelli acusó a sus oponentes en el debate intelectual de “tirar datos sueltos” y criticó que se diga que Stalin mató gente, sin poner ese hecho en contexto, ni preguntarse a quiénes mató y por qué.
     Uno se pregunta qué explicación sobre contexto o motivos podría hacer cambiar la conclusión de que las matanzas ordenadas por Stalin (y antes por Lenin) son moralmente reprobables. Ese comienzo del profesor Sartelli ya hacía prever que ingresaríamos en la usual estrategia con la que la izquierda justifica sus crímenes: se argumenta que “las cosas son más complejas”, que “hay que ver el contexto”, etc. Eso se vio ampliamente confirmado hacia el final del debate con la insólita defensa que el profesor Sartelli hizo del Gulag.
     Vale la pena transcribir textualmente su justificación (va el link al video más abajo, precisamente a la parte que comento, por supuesto, es interesante ver todo el debate).
      Dice el profesor Sartelli: “Vamos al tema del Gulag. Stalin mató mucha gente ¿Quién era esa gente? Esa gente eran los kulaks ¿Qué eran los kulaks? Burgueses ¿Qué querían hacer los burgueses agrarios? Querían destruir el socialismo y masacrar obreros ¿Qué esperaban que los obreros hicieran? ¿En nombre de la libertad y del respeto de los derechos humanos, señores kulaks, asesínennos? Hay que ver el proceso completo. Ustedes toman datos sueltos y elaboran un discurso con sus prejuicios.”
     Quien crea que esta defensa del Gulag es demasiado brutal para ser real puede ver el video y escuchar al profesor Sartelli por sí mismo (ver minuto 1.55.07).


     Ni siquiera en la Federación Rusa actual se defiende al Gulag tan abiertamente. Hay monumentos a las víctimas del Gulag en Moscú y en otras ciudades rusas. Cualquier persona medianamente informada -con mayor razón un profesor de historia- sabe que entre los millones de presos en el Gulag había opositores vencidos en la guerra civil, pero sobre todo campesinos que no se resignaban a morir de hambre y escondían sacos de trigo de las requisas de los soldados. Había también miembros de minorías étnicas o de territorios dominados por el régimen: tártaros, estonios, letones, ucranianos, finlandeses, y polacos. Incluso había en el Gulag marxistas trotkistas vencidos en la interna bolchevique que llevaban en los campos la sigla KRTTD (la doble TT significaba: Terrorista Trotskysta). También gente condenada por hacer algún chiste sobre el gobierno, o denunciada por un vecino envidioso, o condenada por crímenes absurdos como el "cosmopolitismo", o simplemente gente que ni sabía por qué había sido arrestada.
     La justificación del profesor Sartelli no se sostiene ni siquiera en términos cronológicos pues el pico en la cantidad de prisioneros del Gulag se dio al comienzo de los años 50, es decir, cuando habían pasado casi treinta años del fin de la guerra civil en la que el régimen bolchevique aplastó a sus enemigos.

Los kulaks, pretexto para la violencia de la colectivización
     Para el momento en que Stalin toma el gobierno ya no quedaban en Rusia grandes propiedades agrícolas. Habían desaparecido en los primeros años del régimen bolchevique. Mucho menos se podía imaginar que hubiera propietarios rurales contrarrevolucionarios al final del gobierno de Stalin, momento en que -reitero- se alcanzó el pico de trabajadores esclavos encerrados en el Gulag. El régimen usó cínicamente la calificación de “kulak” para justificar los asesinatos y los arrestos de la campaña de colectivización forzada de la agricultura. Si un campesino se resistía a dejar su tierra y pasar a trabajar para burócratas del partido en una granja colectiva, se lo fusilaba delante de sus hijos o se lo enviaba como esclavo al Gulag.
     En verdad, el destino más frecuente de los que caían bajo el rótulo de kulaks no era el Gulag sino otro sistema paralelo de trabajo forzado (llamado de granjas "especiales") en tierras inhóspitas.
     Hasta la propia definición oficial de “kulak” decretada por el régimen comunista revela que no se trataba de asesinos contrarrevolucionarios. Según un decreto de 1929 bastaba para ser categorizado como “kulak” el caer bajo cualquiera de estas alternativas: el tener empleados, o tener un molino, o una máquina para hacer manteca, o el dar en alquiler maquinaria agrícola, o participar del comercio.

Foto de una revista comunista de la época muestra las tres categorías de campesinos: los de abajo son clasificados como kulaks. Fuente: Wikipedia.
     A esa gente ya se la exterminó décadas antes de que el número de esclavos del Gulag alcanzara su punto máximo ¿Por qué entonces el régimen lo hizo cuando ya no tenía enemigos internos?
     Ocurre que la cúpula que tomó el poder en octubre de 1917 usó un engaño para poner de su lado a los campesinos, que representaban entonces el 80 % de la población rusa. Les prometieron a los campesinos que obtendrían tierra. Documentos y cartas de los líderes soviéticos -y la propia ideología marxista- demuestran que la cúpula del partido comunista sabía desde el comienzo que en cuanto tuvieran poder suficiente les iban a quitar la tierra para implantar la colectivización del agro. Pasarían a trabajar en granjas a las órdenes del partido comunista. Era previsible que semejante engaño fuera a dar lugar a protestas y rebeliones campesinas.
     Stalin fue quien impulsó con más violencia la colectivización de la agricultura y a eso lo llamó “dekulakización”, campaña en la que -como en tantas otras- se procedió a demonizar a quien se pensaba destruir.
     Hay mucho y bueno publicado sobre el Gulag. Escribí años atrás una reseña del excelente libro de Anne Applebaum (link). Cierto es que, según recuerdo, en los años 70 un militante comunista me “explicó” que las denuncias sobre el Gulag eran un invento de un agente de la CIA llamado Solzhenitsyn. Pero ya hoy un académico no puede decir campante ante el público que el Gulag era la defensa de los obreros ante el peligro que representaban unos kulaks dispuestos a matarlos, versión de los hechos que probablemente sólo pueda encontrarse en un panfleto impreso en la época stalinista.

El Holodomor
     Stalin no sólo mató gente en el Gulag. Mató muchos más millones de personas de hambre, entre 7 y 10 millones de personas, en lo que se conoce como el Holodomor, que significa justamente “muerte por hambre”. El régimen quitó a los campesinos su alimento, incluso la semilla que necesitaban para las cosechas, y además les impidió escapar hacia las ciudades. Puso cordones de soldados para impedirlo. Un dato macabro es que Stalin mató a millones de sus compatriotas de hambre en una de las tierras más fértiles del planeta, en Ucrania.
     Pero ya antes, en 1921 bajo Lenin, el experimento bolchevique había provocado otra hambruna en la que se estima que murieron 5.000.000 de personas. También aquí hay un dato terrible: al mismo tiempo que sus compatriotas morían de hambre, el régimen leninista exportaba alimentos.


Foto de la Wikipedia.
     En la foto se ve a una niña en la hambruna de 1921. Pero recordemos que el profesor Sartelli nos enseña que no hay que caer en simplismos, que hay que “mirar el contexto”, que si alguien pregunta, la respuesta profesoral es que Stalin mató kulaks, burgueses asesinos. Eso no es cierto. No es cierto que esa niña y millones como ella fueron condenados a muerte por hambre porque los camaradas Lenin y Stalin se vieron obligados a matar kulaks, que eran gente peligrosa que quería asesinar obreros. No fueron actos de defensa del proletariado.
     Igual que con el caso del Gulag, hasta la cronología de los hechos no apoya la explicación del profesor Sartelli. El Holodomor se cometió en los años 1932-1933, cuando ya no había fuerzas dentro de la Unión Soviética que pusieran en peligro el régimen comunista.

Las grandes purgas
     No contento con eso, poco después (años 1937-1938) Stalin también mató a la vieja guardia del partido comunista, a miembros del ejército que habían luchado de su lado, a intelectuales, etc. No eran kulaks (que si lo hubieran sido, también era un crimen asesinarlos). Esa masacre se conoció como las Grandes Purgas o el Gran Terror. Se calcula que Stalin en esa oleada ordenó matar entre 680.000 y 1.200.000 personas.

Ni Lenin ni Trotsky quedan afuera
     Debo hacer una aclaración importante. A diferencia del profesor Sartelli, algunos defensores más sutiles del régimen comunista se dan cuenta de que es imposible justificar a Stalin, pero dejan afuera de los crímenes a Lenin y Trotsky. Culpemos de todo a Stalin, si no se puede salvar todo, salvemos algo. A esto se lo ha llamado “el truco de la iguana” que se desprende de una parte de su cuerpo (la cola) para en la confusión salvar el resto.
     Pero no hay duda de que la represión empezó con Lenin. Su terrible policía política, la Cheka, fue creada ya en 1917, no muchos días después de que los bolcheviques tomaran el poder y fue uno de sus instrumentos fundamentales.

Trailer de un film ruso sobre la Cheka. También está la versión completa, subtítulos en inglés.
     Lenin y Trotsky integraban el gobierno que reprimió a los marineros de Kronstadt en 1921, que paradójicamente habían sido parte de la fuerza militar que los bolcheviques usaron para derrocar al gobierno civil que había reemplazado al Zar.
     Mucho después, cuando Trotsky estaba en el exilio y ya no podía tomar parte de los crímenes, denunció la persecución que hizo Stalin de los trotskistas que habían quedado varados en la Unión Soviética. En libros y artículos, él y sus discípulos demostraron acabadamente las arbitrariedades de los juicios arreglados en los que Stalin hacía condenar a sus opositores.
     Pero lo que Trotsky no menciona es que él hizo exactamente lo mismo cuando estaba en el poder. En 1922 el régimen hizo condenar a 12 Socialistas Revolucionarios (opositores de los bolcheviques) en un juicio tan amañado como el que luego sufrieron los propios trotskistas. Una comisión de observadores occidentales, en la que había mayormente sindicalistas y comunistas de Bélgica, Gran Bretaña, y Alemania, denunció las irregularidades de esa farsa. La acusación se formuló en los términos que propuso Trotsky, como un ataque de tono político a todo el partido Socialista Revolucionario. Muy poco se ha publicado sobre esa y otras partes poco admirables de la carrera de Trotsky En la web hay una referencia breve -link- (curiosamente, hecha por un Trotskista inglés)
     Mucho más completo es el libro de Marc Jensen: A show trial under Lenin, publicado por el Instituto Internacional para la Historia Social de Amsterdam.
     El debate entre marxistas y liberales ofreció muchos otros aspectos que podrían comentarse, como la afirmación del profesor Sartelli en la que atribuyó los millones de muertos en la China comunista a una agresión capitalista. Luego, pasando de los argumentos a los epítetos, calificó a los liberales del panel -defensores de la moralidad del capitalismo- como fascistas. Para ello el académico utilizó, sin sonrojarse, el siguiente razonamiento: si los liberales creen que mi libertad termina donde comienza la de los demás, entonces mi libertad es máxima cuando extermino a los demás, y eso es el fascismo. 
     Digamos brevemente que ni el liberalismo se define por una simple regla sobre la libertad, ni el fascismo es una doctrina que proponga maximizarla.
     Cabría detenerse también en el asombro que generó el profesor Harari cuando intentó desentenderse del desastre venezolano argumentando que el actual régimen que oprime a esa nación es capitalista.
     Pero fuera de todo ello, me pareció que no se puede hablar tan ligeramente de la muerte, que la justificación del Gulag presentándolo como acto de defensa proletaria era tan vergonzosa y falsa que no podía dejarla pasar como si fuera meramente otra alucinación marxista.