martes, 27 de agosto de 2019

Elecciones 2019: Ludwig von Mises no es candidato a presidente



        Pregunté ayer a unos amigos por qué preferían que retornara el Kirchnerismo y no que continuara Cambiemos. Antes de las PASO (elecciones primarias) les había hecho la misma pregunta y me habían respondido que querían que se vaya Macri. Insistí con mi pregunta días después interrumpiendo su festejo por la victoria de los Fernández. Recordé que una elección no consiste en decidir quién se va sino fundamentalmente quién entra.
        Entonces pregunté de nuevo: concretamente ¿qué le ven de mejor a los Fernández que a Macri-Pichetto? ¿Por qué es mejor Kicillof que Vidal?
        Uno me respondió que la cuestión ya estaba saldada, que el pueblo ya se había pronunciado, que era soberano y que había que respetar su decisión. Un joven seguidor de la multimillonaria Cristina Kirchner se burlaba del fracaso de la oligarca Eugenia Vidal. Otro adherente al partido ganador añadió que quien va a gobernar es Alberto. Descartó que Cristina Kirchner pueda tener incidencia en sus decisiones, más allá de haberlo elegido a él y al resto de la lista. Fuera del nombre de Alberto, los demás integrantes de la boleta no le despertaron curiosidad. Alberto goza por ahora de la enorme ventaja de que sus seguidores lo creen ajeno el resto de su lista.
        Estas respuestas de mis amigos no aclararon del todo el misterio de sus preferencias, pero me hicieron pensar.

El 47 por ciento del pueblo...no es el pueblo
        Una de las respuestas del amigo que celebraba con el “vamos a volver” me hizo reflexionar sobre lo que entendemos por “pueblo”. En inglés people abarca a toda la población, y es una palabra plural. Un error típico de quienes aprenden inglés es decir “people is...” En inglés el pueblo no es una entidad, son muchos individuos pero no una masa uniforme que pueda ser designada como unidad. En cambio en español “pueblo” es singular. Siempre me pareció que esos diversos modos de hablar indicaban una profunda diferencia cultural. En alemán, Volk es también un ente singular. Quizá también eso sea indicativo de una confusión básica que los alemanes tardaron en superar.
        Pero más revelador todavía es que en el uso argentino, “el pueblo” no sólo es singular, sino que no abarca a todos. Suena raro que alguien se refiera a los habitantes de un lujoso barrio privado como parte “del pueblo”. Pueblo es una parte de la población (no abarca a “los ricos” ni a “los antipatria”) y por eso cuando uno quiere referirse a todos sin excepción debe decir “gente” que también es singular pero no excluye a nadie.
        Ahora bien que el 47 % de los que votaron en las PASO sea “el pueblo” ya es una exageración, incluso para los extraños modos de ver las cosas que hay en Argentina. El 47 % alcanza para ganar en primera vuelta conforme las reglas electorales vigentes (basta con el 45 %) pero todavía no hemos excluido del concepto del pueblo al 53 % de los votantes ¿o si?

El voto es una decisión individual
        Desde siempre elegir a los gobernantes ha sido una decisión que hace cada individuo. No se entra en grupo al cuarto oscuro. Por eso cuando uno pregunta por qué es mejor un candidato que otro, es extraño que la respuesta sea que ese es el candidato que quiere el pueblo.
        Y sin embargo...ya no es tan claro que la decisión sea individual. La propia simpatía por un partido o por otro tiene mucho de grupal. Las personas que tienen opiniones distintas a las de los demás en su grupo familiar o de amigos necesitan tener cierto grado de autonomía que no todos encuentran posible mantener. El calor que da compartir las mismas opiniones aveces es más atractivo que el aire refrescante de la independencia de criterio.
        Tampoco es tan raro que alguien elija un candidato porque es el que prefiere “el pueblo”, cosa que sería absurda si “el pueblo” abarcara a todos los votantes. Es incómodo y hasta doloroso que a uno lo coloquen afuera o como contrario “al pueblo”. Ese factor opera en todas las edades, pero es más fuerte entre los que más sienten la presión de los pares, los jóvenes.
        Hay una carta que, bien jugada, lo hace a uno “del pueblo” más allá de su modo de vida o fortuna: ser peronista lo coloca a uno en ese lugar codiciado. Podrá entonces estar uno equivocado, pero sus sentimientos, que son lo relevante (?) son los correctos. La periodista Silvia Mercado ha escrito que “En Argentina, se te perdona todo, menos que hables mal de Perón y el peronismo. El mote de 'gorila' es como si te dijeran 'judío' en la Alemania Nazi” (El Relato Peronista). La historiadora marxista Marina Kabat ha señalado en un excelente libro el temor de la izquierda argentina a criticar al Peronismo (Perónleaks).
        No es tan extraño entonces que alguien sostenga que elige a fulano porque lo quiere el pueblo, que ya sabemos no es todo el mundo, sino que puede ser el 47 %, o incluso menos. Sin embargo esto es altamente peligroso; degrada la democracia porque sustituye la reflexión de cada uno, que además es una responsabilidad. Si uno comete un error, no lo sufrirá solo. Elegir un gobierno es elegir para todo el país. En eso se diferencia de la elección de un cuadro de fútbol. Es una responsabilidad como ciudadano.
        Y eso nos lleva a otra respuesta extraña.

Ah no sé, a mí me iba mejor
        Una señora inmigrante me contó una vez que su padre permaneció toda la vida como simpatizante del nazismo, incluso después de terminada la guerra en la que murieron personas de todas las naciones, incluyendo millones de alemanes. Su motivo era el siguiente: el hombre tenía una granja y había contraído una deuda con un banco judío. El gobierno de Adolf Hitler resolvió que no era necesario que la pagara. El hombre permaneció toda su vida -murió en Argentina- leal al nazismo.
        Hitler habrá hecho otras cosas, no lo sé. No me consta, a mí me iba mejor.
        Hay en eso una grave confusión. Cierto que el voto es una decisión individual, pero no puede (no debe) estar basada únicamente en la conveniencia individual. Si un demagogo promete “poner plata en el bolsillo” (del votante, no del candidato), o un puesto en la municipalidad, eso no marca el argumento final que se necesita para decidir el voto.
        Escucho aveces decir que de esa responsabilidad y reflexión está exenta la persona que se encuentra en la pobreza; que no se pude culpar a la persona que decide su voto porque le prometieron un subsidio, o un empleo en un municipio. Sin embargo, asumir que ser pobre lo hace a uno irresponsable es la forma segura de degradar tanto a los pobres como a la democracia.
        Además se habla como si Argentina fuera una república del siglo XIX, sin asistencia estatal para los más pobres. Desde hace décadas Argentina tiene un extensísimo conglomerado de sistemas de asistencia social, cada vez más grande e indiscriminado, y que algunos afirman se realimenta a sí mismo, creando más pobres que atender cada año. Se pagan millones de jubilaciones sin aportes, planes sociales cuyo número es difícil de saber, asignación por hijos, transporte para estudiantes, energía aún hoy parcialmente subsidiada para toda la población y además con tarifas sociales para los que tienen menos recursos, absorción por el Estado de créditos impagos, y un larguísimo etcétera.
        Días antes de la elección PASO, el gobierno de la Provincia de Santa Cruz pasó a planta permanente a todos sus empleados contratados. Sin embargo, incluso antes de hacerlo tuvo que pedir fondos para pagar los sueldos. Ganó las elecciones.
         Ninguno de mis amigos mencionó las tarifas de luz y gas como motivo para su elección. O ese factor no fue relevante, o sí lo fue pero cuesta reconocerlo. El deseo de buena parte de la población no es que se mejore o se extienda el sistema de tarifa energética social; se quieren tarifas subsidiadas para todos y todas (y a la vez pagar menos impuestos). Argentina brinda “gratuitamente” a todos los habitantes beneficios que países desarrollados sólo brindan a los que demuestran no poder pagarlos. Eso, a pesar de que Argentina no tiene los recursos de un país desarrollado ¿Habrá una conexión entre esas dos cosas?
        “Hay muchos que la están pasando mal”. Cierto y eso no empezó ayer. Argentina lidera desde hace más de medio siglo el selecto grupo de países en vías de subdesarrollo. La mayoría de los países progresa, otros siempre fueron pobres y no mejoran. Pero hay muy pocos países que hayan despreciado sus grandes logros iniciales para emprender el camino cuesta abajo con tanta persistencia como Argentina. No basta entonces con decir que hay pobres para elegir un candidato, hay que explicar por qué habrá de gobernar mejor que los otros.

En la tierra de la demagogia, la mayoría nunca se equivoca
        Uno de los problemas más evidentes de esta elección PASO es que se tomaron como una pregunta acerca del apoyo o rechazo al gobierno. Por momentos pareció olvidarse que una elección, como su nombre ya lo indica, consiste en elegir, no simplemente en rechazar. Ese modo de presentar las cosas no fue del todo inocente.
        Derrotado por ahora, el gobierno ha empezado a adoptar por sí mismo las propuestas que se supone contiene el mensaje de las urnas. Pero como el mensaje es de rechazo, y como la principal estrategia de casi todos los partidos ha sido no exponer su programa, la dirección a tomar dista mucho de ser clara. Cierto, la izquierda ha tenido la sinceridad de hacer sus propuestas, pero eso explica también los pocos votos que obtuvo.
        En estos días tanto políticos oficialistas como varios periodistas han hecho actos de contrición, se han declarado arrepentidos, y han prometido cabizbajos no volver a desconocer el mensaje de las urnas, sea lo que sea que signifique.
        Un amigo que apoya al Kirchnerismo me ha apuntado que el pueblo, o el 47 % o el 45 %, es soberano en su elección. Esa es una regla constitucional que nadie discute. Si el candidato elegido es un perro, habrá que aprender a ladrar (mientras no muerda nuestros derechos constitucionales). Pero ya otra cosa es decir que la mayoría sea infalible, eso es confundir una regla de organización política con un precepto moral. Para dar dos ejemplos extremos: los alemanes que votaron a Hitler cometieron el error de sus vidas, y los venezolanos que votaron a Hugo Chávez también.
        Todos conocemos personas necias, tercas, o crédulas, y ninguna de ellas se transforma en sabia al entrar a un cuarto oscuro. Por eso, si bien es comprensible, resulta triste que un político no pueda decirle a los ciudadanos que están equivocados. Menos entendible es que lo tengan que hacer los periodistas.
        Hasta las PASO, se debatieron más las encuestas que los proyectos. Los periodistas parecen haber aceptado que no les está permitido interrumpir una letanía de críticas con la pregunta ¿y cuál es su solución a ese problema?

Las omisiones de los libertarios mediáticos
        Si se quiere una muestra de las confusiones reinantes, tenemos el éxito que tuvieron entre los seguidores del kirchnerismo las feroces críticas que un grupo de economistas libertarios hizo al gobierno. Los adjetivos despectivos hacia “los políticos”, las predicciones de un colapso, y sobre todo un video que mostraba al gobierno nacional hundiéndose como el Titanic fueron celebrados tanto o más por los kirchneristas que por el reducido grupo que adhiere a las ideas del anarco-capitalismo.
        Embelesados con las imágenes del naufragio, esos televidentes parecieron no comprender que lo que esos economistas criticaban al gobierno era no haber hecho reformas a las que ellos, kirchneristas, se hubieran opuesto hasta en las calles. Gozaban la crítica feroz pero omitían analizar la solución propuesta. También es cierto que en sus arengas contra el gobierno, los economistas no siempre eran cuidadosos en dejar aclarado que la otra alternativa mayoritaria era peor.
        Se ha debatido si el estilo desdeñoso de Espert o el desenfado de economistas como Milei o Boggiano, de gran presencia en los medios, son el mejor método para hacer popular el liberalismo (ni que hablar del anarco-capitalismo). Evidentemente, por ahora los adjetivos de “Evita amarilla” y los gritos no han servido de mucho.
        Lo grave es que, en la tierra de la demagogia, los libertarios mediáticos fueron muy cautos en confrontar los mitos económicos populares. Buena parte de la población sigue creyendo en las falacias del mercantilismo y en una de sus derivaciones más absurdas, que la depreciación monetaria es una herramienta para lograr competitividad (link a mi nota sobre este tema).
       Peor todavía, por ese camino incluso lanzaron sus propios mitos populistas. Javier Milei sigue afirmando sin movérsele un pelo de su abundante cabellera que es posible hacer un ajuste de cuentas fiscales simplemente eliminando los gastos de “la corporación política” por lo que no sería necesario que el esfuerzo recayera “sobre la gente”. Mientras la izquierda grita “qué la crisis la paguen los ricos”, los libertarios declaman “que la crisis la paguen los políticos”.
        Con honrosas excepciones entre las que se destacan Roberto Cachanosky e Iván Carrino, muchos de los que debieron haberse dedicado a refutar las falacias dominantes no se atrevieron ser francos y advertir que buena parte de su público es el que reclama más subsidios pero menos impuestos. En la tierra de la demagogia, los libertarios debieron haber aclarado siempre que no estaban de acuerdo con muchos de los que celebraban sus ocurrencias.
        Tampoco pusieron empeño en rebatir los arraigados relatos sobre nuestro pasado reciente, herramienta principal para dominar el presente, como lo sabía George Orwell. No quisieron, no supieron, o no pudieron desmentir la leyenda de salvador de la patria de la que todavía goza el economista Roberto Lavagna. No explicaron que el gobierno Kirchnerista no renegoció la deuda sino que la liquidó compulsivamente con la ley cerrojo. No debatieron las dudosas ventajas del “trabajo sucio” Duhaldista, y por eso sigue siendo visto como una solución. Al convertirse en figuras televisivas, probablemente les resultó difícil a estos economistas decirle a su público: y ustedes qué aplauden si con ustedes estoy todavía más en desacuerdo.
        Luego de las PASO, guiados siempre por el supremo principio que prohíbe enfadar al público, los libertarios mediáticos adjudicaron sus consecuencias a Macri, no a la elección de la mayoría. No se atrevieron a decirle al público que el 47 % se pegó (nos pegó) un tiro en el pie. Tuvo que hacerlo el economista K Alvarez Agis, quien en un lapsus de sinceridad ante Novaresio dijo que luego de esa elección pasamos a tener un dólar a precio de pánico (no le preguntaron pánico a qué).
        Los libertarios terminaron divididos hasta llegar al átomo, y parecieron no tener en cuenta que entre los candidatos a la elección no está Ludwig von Mises, gran economista muerto en 1973 al que todos ellos admiran. Hay que elegir entre lo que hay. Y la próxima vez, aclararlo mejor. Quizá todavía hay tiempo, pero no mucho.

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