miércoles, 25 de septiembre de 2019

Corea del Centro y el efecto Monty Python


     Sucedió en el mes de julio 2019, pero dos meses después pasó a ser un hecho olvidado. El Banco Central de la República Argentina compró 800 millones de dólares para evitar que bajara el dólar (link a nota del diario Clarín)
     Pocos días después, el mismo banco debió vender cantidades mucho mayores de dólares para contener el derrumbe del peso.
     Es natural que los economistas kirchneristas-peronistas que opinan en TV no mencionen que el peso presionaba a la suba en julio, y que expliquen el derrumbe posterior por los mismos factores que ya estaban presentes en julio. En el medio, justo en el día que cambió de tendencia, se produjo la victoria de su partido en las elecciones primarias (PASO). Quitar relevancia económica a ese hecho ha sido una tarea difícil que los economistas peronistas han asumido. Lo extraño es que cuentan con la ayuda inestimable de los economistas liberales y libertarios que también frecuentan los canales de televisión.
     Usaré los términos liberal y libertario sin mayor precisión ya que explicar sus diferencias demandaría un artículo aparte (alguien definió a los libertarios como zurdos que aprendieron economía). Más allá de la ironía, y fuera de algunas excepciones entre las que se destaca Martín Tetaz, los economistas con acceso a los medios masivos adjudican los problemas que enfrenta Argentina a los factores que ya existían antes de la victoria de Alberto y Cristina Fernández. La acumulación de deuda interna (Leliqs y otros bonos), la enorme deuda externa, las altas tasas de interés (que siempre mencionan en términos nominales), y la caída de la producción, son sus temas favoritos, al que añaden un rubro convenientemente indefinido al que denominan “los gastos de la política”.
     Lo que juntos, kirchneristas y libertarios, omiten explicar es cómo, si todo eso ya era conocido antes de las elecciones, el peso, las acciones y los bonos cayeron justo luego de ellas. Ahora bien, el efecto de las PASO había sido previsto mejor que nadie por un conocido economista que no cuenta con acceso fluido a los medios masivos.
     Días antes de las elecciones Domingo Cavallo había escrito en su blog que si las PASO daban la victoria a los Fernández se iba a producir un descalabro económico y que -aquí está la clave- no podía descartarse que el público culpara al gobierno de Mauricio Macri por ese derrumbe (link).
     Es entendible que los votantes que eligieron dar el poder a quienes ya lo ejercieron por 12 años se engañaran a sí mismos y quitaran toda responsabilidad a su voto en la general depreciación que comenzó luego de que se conoció el resultado de las PASO. Es incluso entendible que intenten apuntalar ese engaño los economistas que apoyan al bando victorioso. Lo intrigante es que lo hagan los economistas liberales y libertarios que -como nunca antes- frecuentan la televisión y la radio.
     Creo que hay tres factores. Uno obvio, que es el deseo de no enfadar al 47 % que votó por los Fernández, ya que -después de todo- es parte de su audiencia. En segundo lugar, está el deseo de mostrarse imparciales, ciudadanos de Corea del Centro, y si son liberales, enfatizar su crítica al gobierno de Macri. En tercer lugar hay un factor que denominaré el “efecto Monty Python”.

No enfadar a la audiencia. El cliente siempre tiene razón
     No es fácil decirle a buena parte de la audiencia que es culpable de la debacle que ocurrió luego de la elección. Mejor concentrar el foco en otros hechos, que también tienen valor explicativo, pero que es absurdo pretender que bruscamente se hicieran presentes el día de la victoria del binomio Fernández. El cuidado extremo en no decir nada que pueda desagradarle al público se observa incluso en los temas que los liberales y libertarios mediáticos eligen analizar. Prefieren golpear a los gastos suntuarios que hacen candidatos, legisladores, etc. Roberto Cachanosky ha mostrado este exceso en ya célebres apariciones en TV. Es un castigo justo a quienes debieran dar el ejemplo, pero que obviamente se refiere a una gota de agua si se los compara con los gastos en subsidios energéticos, al transporte, empleo público desbordado, planes sociales, y jubilaciones sin aportes, todos temas más espinosos que pueden despertar alguna incomodidad en parte de la audiencia. Las tasas de interés son otro de los temas favoritos que los liberales comparten con los economistas intervencionistas, y para mayor efecto las mencionan siempre en términos nominales.
     Cuando no es posible limitarse a los asados de los candidatos o a los gastos de los senadores, los economistas mediáticos eligen términos ambivalentes como los “gastos de la política”. Siempre dejan la duda de si allí también incluyen, no sólo a lo que cobra cada político, sino al aparato clientelar miles de veces más oneroso, conformado por planes, nombramientos innecesarios en el Estado, subsidios, etc. Mientras la izquierda grita “que la crisis la paguen los ricos”, los libertarios compiten en ridiculez y declaman “que la crisis la paguen los políticos”.

Corea del Centro
     Es correcto no deformar el análisis para favorecer un bando. Otra cosa es deformarlo por temor a ser acusado de parcial. Es decir, concentrar la crítica en el lado con el que podría sospecharse alguna afinidad, como modo de ganar el codiciado pasaporte de Corea del Centro.
     Se ha llamado “Corea del Centro” a esa postura que intenta (o pretende) una equidistancia entre bandos opuestos. Eso puede muy fácilmente convertirse en una excusa para la falta de equilibrio. Doy un ejemplo burdo: critiqué en una nota a un historiador que intentó justificar el Gulag Soviético alegando que fue un acto de defensa del proletariado (link). En privado, un allegado me respondió que para ser justo, también debería criticar las injusticias que comete un país capitalista como Arabia Saudita. Fuera de que ese país no es un ejemplo de capitalismo, la objeción es desencaminada ¿Quién diría que un libro sobre el Holocausto es parcial pues no menciona crímenes cometidos en otros lugares? Bueno, quizá exista gente que lo exija.
     En discusiones acerca de la dictadura de Maduro en Venezuela, siempre hay un reclamo para que -en aras de la imparcialidad- se reconozca que la oposición también ha cometido errores. Como si entre los errores y los horrores hubiera equivalencia.
     Un problema que tiene la búsqueda poco cuidadosa de un pasaporte de Corea del Centro es que tiende a instalar el “todo es igual, nada es mejor”. Afirmar que todos los políticos son iguales es una forma bastante efectiva de esconder en el montón a los peores.
     Todos los días se ve el lamentable espectáculo de economistas peronistas y libertarios unidos en el esfuerzo descomunal de quitar relevancia al resultado de las PASO, o mejor dicho, no dar peso en su explicación al temor que allí nació de un regreso al poder de casi todos los que gobernaron Argentina durante doce años. Silenciar ese dato y machacar con circunstancias que ya operaban antes de las PASO es deformar el análisis. No debería ser confundido con la imparcialidad.

El efecto Monty Python
     Hay una escena en la película La Vida de Brian que debe gran parte de su efecto humorístico al hecho de que nos recuerda cosas ridículas que hemos visto en la realidad. La historia se desarrolla en la antigua Galilea, donde varios grupos de judíos luchan contra la dominación romana. Sin embargo, se detestan todavía más entre ellos por ser competidores en la misma causa.

     La lucha enconada entre pequeños partidos de izquierda es la primera imagen que se le aparece a uno. El propio Marx dedicó páginas y páginas a pelearse con otros socialistas, llegando al ataque personal. Creo que muchos libertarios mediáticos sufren del mismo mal.
     El Presidente Macri y su equipo, con todos sus errores, está más cerca de una política liberal que el kirchnerismo. Los nuevos aliados del Kirchnerismo como Pino Solanas o Victoria Donda. refuerzan todavía más la distancia de esa fuerza con algo que pueda parecerse a ideas liberales. El PRO está ideológicamente mucho más cerca del liberalismo. Empero, no ha seguido un derrotero muy claro en tal sentido, en parte porque no tiene mayoría parlamentaria, en parte por presión de sus aliados, y quizá en parte por falta de convicción. Que Cristina Kirchner o el propio Alberto Fernández no inspiren esperanzas entre los libertarios los coloca -paradójicamente- en una mejor situación ante ellos que la de Macri y sus aliados. Ideológicamente los Fernández son un caso perdido y quizá se piense que ni vale ocuparse mucho de ellos (garrafal error, por supuesto).
     No es raro ver en los libertarios que desfilan por TV una sonrisa de satisfecha superioridad cuando enumeran las dificultades y errores de Cambiemos. Una actitud que jamás va uno a encontrar en un economista como Domingo Cavallo, que desde afuera del gobierno, demonizado, y con poco acceso a los medios siempre ha tratado de aportar ideas de forma constructiva; jamás se ha regodeado con los tumbos y caídas de la coalición gobernante.
     Los que sucumben al efecto Monty Python se vuelven parciales del modo más ridículo. Igual que en la película, están tan furiosos con el gobierno que no les queda mucho tiempo para ocuparse de los romanos, digo, de los Fernández.

¿Qué ha hecho Cambiemos por nosotros?
     Quitó la protección que tenían sindicalistas corruptos. Bien -dirá un opinador libertario- pero aparte de quitar esa protección ¿Qué ha hecho Cambiemos por nosotros? Corrigió el rumbo de la política exterior argentina. Oh eso, pero aparte de levantar la protección a sindicalistas y enderezar la política exterior ¿Qué hizo Cambiemos por nosotros?
     Combatió el narcotráfico en lugar de financiarse en él. Y recuperó en parte las atrasadas tarífas energéticas. Y mejoró los ferrocarriles, incluyendo el de cargas. Sí, sí, pero fuera de levantar la protección a sindicalistas, enderezar la política exterior, combatir el narcotráfico, actualizar en parte las tarifas, y emprenderla con los ferrocarriles ¿Qué ha hecho Cambiemos por nosotros?
     En la película es gracioso. En la vida real es lastimoso.





miércoles, 11 de septiembre de 2019

Roberto Gargarella, el derecho a luchar contra el derecho


     Muchos deben recordar los desmanes ocurridos en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires en el año 2004. Se debatía la reforma del Código de Convivencia, que entre otras cosas prohibía el ejercicio de la prostitución en la cercanía de escuelas e iglesias. La medida propuesta despertó la furia de prostitutas y travestis que, con el apoyo de grupos de izquierda y vendedores ambulantes atacó con palos y piedras la Legislatura, incendió parte del edificio y destrozó el automóvil de uno de los legisladores (Links a notas sobre los sucesos en La Nación, en Clarín)
     La televisión mostró una escena grotesca. Un grupo de fornidos travestis derribó un poste de alumbrado y lo usó como ariete para romper una de las puertas de acceso a la Legislatura mientras desde adentro se defendían con chorros de agua. También hubo cortes de calles en otros puntos de la ciudad. La policía arrestó a 24 personas, de las que quedaron detenidas 15. De inmediato hubo pronunciamientos para reclamar su libertad, con actuación de músicos, Madres de Plaza de Mayo, una autodenominada Universidad Trashumante, el CELS, y el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Buenos Aires Roberto Gargarella.
     El diario Página 12 cubrió el panel de los críticos a la actuación judicial (link). Transcribo de la nota:
Otro de los panelistas del día, el profesor Roberto Gargarella, se refirió al rol de la Justicia. “Tiene muchas posibilidades de respuesta frente al conflicto social: puede mediar, conciliar, preguntarle al poder político por el modo en que ha abandonado la protección de ciertos derechos. La opción penal es la última, pero en la Argentina los jueces han dado una respuesta patoteril.”
     No creo que sea posible encontrar otro país del mundo en que un profesor de derecho se escandalice por que se lleve a juicio a quienes prenden fuego a una legislatura. Sin embargo, el profesor Gargarella pasa habitualmente por un académico razonable, ajeno a los extremos de -por ejemplo- el profesor Eugenio Zaffaroni. Creo que es una percepción errónea. Las consecuencias de las teorías zaffaronianas se hacen más evidentes por su exposición pública, pero ya estaban claras en sus libros. El profesor Gargarella no ha tenido esa notoriedad, pero casos como el de la Legislatura permiten hacer una evaluación más realista de sus teorías. Con estilos diferentes, uno en el Derecho Penal y el otro en el Constitucional, ambos académicos critican duramente las leyes que cada uno se encarga de enseñar. Eso es entendible, aunque quizá no es del todo sano que los futuros abogados y jueces aprendan a desdeñar el sistema jurídico que habrán de aplicar.
     Pero más allá de eso, lo insólito es que Zaffaroni añade a esa crítica el deber de los jueces de “contener” la aplicación efectiva de leyes que él considera inútiles e injustas. De modo similar, Gargarella complementa su rechazo del sistema capitalista con una exhortación a los jueces a defender a quienes lo combaten en las calles. Ambos luchan contra el sistema desde adentro del sistema, lo que es bastante más cómodo que cortar calles y quizá más efectivo. En todo caso, una cosa complementa a la otra.
     El caso de la Legislatura muestra ese desprecio altanero por la ley, no sólo en los manifestantes, sino en la crítica del académico a la actuación de la justicia. Después de todo, los detenidos no fueron secuestrados, fueron llevados ante la jueza competente, tenían sus abogados defensores, y su caso fue elevado a juicio. Según la reseña del diario fueron imputados de los delitos de coacción agravada y privación ilegítima de la libertad -esto último porque, según creo recordar, tuvieron secuestrado por un corto tiempo a uno de los legisladores. No es el caso de la lucha de un pueblo como el venezolano por recuperar su libertad. Fue un ataque salvaje ante una limitación enteramente razonable al ejercicio de la prostitución y la venta callejera, normales en todo el mundo. Y lo hicieron cuando el cuerpo democráticamente elegido estaba discutiendo un proyecto.
     Pero no, el profesor Gargarella sostiene que la jueza competente tuvo una actitud patoteril, injusto adjetivo que -de ser cierto conforme la versión del diario Página 12-, desmiente el carácter moderado y racional que se atribuye al catedrático. Según el diario, argumentó que había muchas posibilidades ante el “conflicto social” (nuevo nombre del delito), tales como mediar, o preguntarle al poder político por el modo en que ha abandonado la protección de ciertos derechos.
     La jueza competente no podía hacer eso.
     A pesar de la errónea impresión que puede quedar tras el paso por la Facultad de Derecho, los jueces no están habilitados para desobedecer la ley. La jueza interviniente no podía decir, no me gusta aplicar el Código Penal y acabo de leer un artículo académico muy interesante que me convence que es mejor interrogar al poder político. Es elemental que un juez no puede mediar en una causa por coacción agravada y privación ilegal de la libertad. El Derecho no es tan absurdo y por eso prevé que un juez que deja de aplicar deliberadamente la ley comete a su vez un delito que se llama prevaricato.

La protesta social: el caso Maldonado, Milagro Sala, los escraches
     En un reportaje reciente (link al video en YouTube) Gargarella afirmó que la protesta social ha sido un instrumento extra-institucional para frenar las políticas de Macri, quien en su opinión tiene una concepción antigua del crecimiento económico.
     Se sumó al coro de críticos por la acción del gobierno en el caso Maldonado. En una entrevista televisiva (link al video en YouTube) Gargarella sostuvo que con independencia del resultado de la investigación que todavía estaba en curso (!) el caso Maldonado era comparable al del asesinato de Mariano Ferreyra por parte de una patota sindical. Afirmó que había responsabilidad estatal por no haber adiestrado correctamente a la gendarmería, pero no creyó necesario precisar qué parte de esa supuesta falta de adiestramiento tenía algo que ver con la muerte de Maldonado. Dijo que la ministra Bullrich debía asumir responsabilidad por lo ocurrido (con independencia de qué fuera lo ocurrido).
     Uno puede fácilmente creer que es razonable compartir los conceptos del profesor Gargarella cuando los formula en forma abstracta y ambivalente, pero cae en la cuenta de su sentido real cuando comprueba que se refiere al caso Maldonado como un intento del gobierno de “silenciar grupos críticos”. Traducido al español: Grupos críticos son personas cortando una ruta. Silenciarlos significa, impedir que lo hagan.
     Sobre el juzgamiento de Milagro Sala, Gargarella admitió que cometió delitos, pero a la vez criticó su detención. En su opinión, la Corte rechazó que Sala tuviera fueros por ser parlamentaria del Parlasur por “un cálculo político” (nota del 6/12/2017 en su blog).
     Algo que sí distingue al profesor Gargarella del profesor Zaffaroni es que el segundo ha escrito manuales y tratados generales sobre su especialidad. Gargarella en cambio ha centrado su interés en un tema bastante exótico, como es el de la justificación que daría la Constitución para violar la ley. En su libro El derecho a la Protesta. El primer derecho Gargarella criticó a su colega constitucionalista Gregorio Badeni, quien había escrito un artículo contra los escraches. Creo que no se necesita un posgrado en Derecho para entender que los escraches son una práctica deleznable. Pues no, Gargarella escribe que sostener que el derecho a protestar termina cuando se ataca el de otra persona es un argumento vacío (ver ps. 65-67).
     En su crítica a Badeni, y de modo no especificado al “discurso jurídico”, Gargarella los acusa de traicionar los derechos que se supone deberían defender (¿el derecho a escrachar?) cuando ellos colisionan con el bien común, el bienestar general, o nociones afines. Por mi parte creo que Badeni tiene razón y que Gargarella no comprende que los escraches vulneran sobre todo el derecho del individuo que es atacado, no simplemente el bienestar general. Son ataques cobardes que buscan hacer que la vida privada de una persona y su familia se convierta en un infierno.
     La estrategia de Gargarella en su crítica a Badeni -y en todos sus demás debates- es afirmar que la persona con la que disiente es simplista y ha dado argumentos huecos. Gargarella reclama a su oponente elevar el debate, dar fundamentos más sólidos -lo que implícitamente asume que él sí lo hace. Escribe Gargarella que cuando Badeni sostiene que las protestas deben hacerse respetando las reglamentaciones vigentes, usa un “enunciado vacío” (p. 66). Así, con su constante reclamo por elevar el nivel, Gargarella consigue dar la impresión de que su análisis es más profundo, cuando en realidad no eleva nada. Esa estrategia es universal en la obra de Gargarella.
     El argumento sobre los límites de cada derecho le parece vacío a Gargarella porque según él los juristas y jueces que lo enuncian deberían además “...justificar cuál es el derecho que va a perder más, cuánto va a perder y por qué razones” (Carta Abierta sobre la Intolerancia, p. 21). No tendría que ser necesario explicarle a un profesor que esa tarea de fijar los límites de cada derecho es la función principal de la ley, no del juez ni del catedrático. Ya en 1789, luego de la revolución francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre decía en su artículo 4 (destaco su última parte):
La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el disfrute de los mismos derechos. Estos límites solo pueden ser determinados por la ley.
     Es cierto que no todo puede determinarse previamente en leyes. Pero es un error garrafal pensar que los derechos le llegan al jurista, al juez, o al miembro de una comunidad, como entidades abstractas, recién nacidas sin relación de unas con otras, y que entonces hay que empezar a debatir (en los tribunales o en las calles) cuál de esos derechos ilimitados debe prevalecer en cada caso. El juez de un estado moderno no juzga con una revista de filosofía política en la mano, sino con un libro de leyes. En ese error sobre la vida del derecho cae el profesor Gargarella.
     Está bien ampliar la participación ciudadana, pero no intentar esconder bajo ese nombre a los piquetes. Además, hacer leyes, y sobre todo un código civil o uno penal, es una tarea muy ardua. Nunca se trata de elegir A o B como en los plebiscitos, sino que que hay toda una gama de alternativas que ponderar. También hay que armonizar partes diversas para que el todo funcione. A eso se suma que la Argentina no es el ágora de la antigua Grecia en la que los ciudadanos se juntaban por horas a discutir asuntos de estado. Hoy hay millones de habitantes que intentan disfrutar de sus vidas en paz, y no tienen en sus planes debatir sobre el problema de la prescripción extintiva de la acción penal en el concurso ideal de delitos al llegar a casa. Cuando se votan plebiscitos las alternativas deben necesariamente limitarse; generalmente hay que elegir entre dos. Ningún país ha diseñado leyes fundamentales de ese modo.

¿Qué es el derecho a peticionar a las autoridades?
     Entre las posibilidades que el profesor Gargarella analiza para mejorar el debate público y la participación ciudadana, está la de que los manifestantes de menos recursos utilicen para montarlas lugares que se consideren “foros públicos” como aeropuertos, estaciones de tren, y shopping centers (El derecho a la Protesta p. 83). Cierto es que Gargarella admite que ese derecho puede ser reglamentado. Pero es muy difícil que una reglamentación así sea efectiva, y menos que sea justa. Si se legisla, por ejemplo, que la protesta en shopping center no debe causarle pérdidas o alejar su clientela, o que no puede ser obligado a soportar -digamos- más de una protesta en su interior por mes, o si se dispone que la protesta en un aeropuerto se puede hacer pero sin impedir el acceso de los pasajeros, etc., lo que se obtendrá son pleitos fenomenales y una catarata de piquetes. Que ya hay bastantes.

La teoría del “foro público”, cuando deja de ser un tema ameno de la academia

     Aveces mirar la historia ayuda a entender las instituciones. El derecho de peticionar a las autoridades previsto en el art. 14 de la Constitución Argentina y en otras del mundo tiene su origen en un suceso real ocurrido en Inglaterra en 1688. Siete obispos hicieron una petición por escrito al rey James II. Empezaban por decir que la suya era una humilde petición. El rey no sólo la rechazó sino que la consideró una insolencia y los metió presos. Fueron conducidos a prisión en una barcaza por el río Támesis. Si mi memoria no me falla, en alguno de los tomos de la Historia de Inglaterra, Lord Macaulay cuenta que el pueblo de Londres se congregó a las orillas del río para saludar a los ancianos obispos como héroes. Esa y otras arbitrariedades contra las libertades previstas en la Carta Magna de 1215 provocaron que James II fuera derrocado por Guillermo de Orange. Se sentó el principio de que el rey no debía castigar a los habitantes que hicieran peticiones a las autoridades. De allí pasó a la Constitución Norteamericana, y luego a muchas otras del mundo.
     Nada de eso tiene que ver con los piquetes, los cortes de rutas, o las ocupaciones de aeropuertos que el profesor Gargarella intenta asentar en el derecho a peticionar que admite la Constitución. Esas tácticas no promueven el diálogo, son extorsiones. Al final del libro de Gargarella Carta abierta sobre la intolerancia. Apuntes sobre derecho y protesta se reproduce un debate en un Club Socialista. Uno de los asistentes tuvo el sentido común de señalarle al profesor Gargarella que con esas acciones no se promueve el diálogo o la participación sino “imponerse por su mera capacidad de crear un gran problema de orden público, en la circulación o en la provisión de bienes básicos”. Dio el ejemplo de un conflicto en el Hospital Garrahan en el que sectores “hacen uso de una situación específica del control de ciertos recursos y que entonces procuran logros...es algo que se plantea en términos de puras relaciones de fuerza”. Gargarella respodió que algunos sectores merecen más protección que otros, pero no aclaró quiénes serían los encargados de decidir sobre ese orden de méritos. La respuesta más reveladora sin embargo la da el propio Gargarella en otra parte del libro.
     Admite el profesor que muchos le han señalado que los piqueteros tienen frecuente acceso a la televisión y radio (además de abundante apoyo en diarios como Página 12, o en las universidades) por lo que no se justifica que aleguen que necesitan cortar calles para “visibilizar” su protesta. Ante esto Gargarella retruca que lo esencial no es el “mero” acceso a los medios, sino asegurar que sus reclamos sean satisfechos (p. 26 y 31-32). En lenguaje llano esto quiere decir que el remanido debate y la participación están muy bien como figuras retóricas, pero lo que importa es conseguir lo reclamado. Al sujeto que intenta cruzar un piquete se lo persuade con un palo en la cabeza.

La cuestión ideológica
     Tal como en el caso del profesor Zaffaroni, las enseñanzas del profesor Gargarella se asientan en su discrepancia con las bases mismas de la sociedad en la que ambos viven. Eso no está tan mal. Pero ha querido la mala suerte de la Argentina que la enseñanza del Código Penal haya estado a cargo de quien lo mira como un instrumento cruel e inútil. Que la enseñanza del Código Civil derogado en los últimos días del gobierno Kirchnerista haya estado por tantos años a cargo de gente que despreciaba sus principios liberales. Y que la Constitución sea explicada por quien rechaza buena parte de sus premisas. Encargar la venta de carne a los vegetarianos suele dar malos resultados.
     El profesor Zaffaroni se ocupó de divulgar en Argentina las ideas de Michael Foucault, despiadado crítico de las sociedades occidentales y admirador de la revolución del Ayotallah Khomeini (ver mi nota).
     Por su parte, el profesor Gargarella se declara admirador del marxismo analítico del filósofo Gerald Cohen (link Gargarella, Roberto: Marxismo analítico, el marxismo claro). Cohen (1941-2009) dictó clases de filosofía política en Oxford y vale aclarar que su propuesta no es la socialdemocracia, a la que considera una “evasión”. Cohen opina que hay que abolir la propiedad privada (ver su artículo, Libertad, Justicia y Capitalismo, en la antología Por una vuelta al Socialismo, con Introducción de Queralt y Gargarella).
     A su lado, Grabois es un moderado.
     El marxismo de Cohen tiene la particularidad de que decide ignorar todos los avances que hizo la ciencia económica desde Marx hasta nuestros días. En las obras de Cohen no se va a encontrar nada sobre el revolucionario cambio de ideas en la teoría del valor que impulsó el economista Carl Menger y que forma la base de la ciencia económica desde hace ya casi un siglo. Cohen no se da por enterado de las críticas de Eugen Bohm-Bawerk a las contradicciones marxistas, nada dice del debate sobre el cálculo económico en un régimen socialista, en el que participaron los economistas más importantes del siglo XX. Cohen decide además pasar olímpicamente por alto hasta los propios aportes de autores marxistas como Lenin, Trotsky, y otros chabones más o menos conocidos fuera de Oxford.
     Se puede entender que Marx no previera que la teoría económica iba a cambiar radicalmente luego de su muerte. Pero Cohen discurre como lo haría un astrónomo que intercambiara papers con dos o tres de sus colegas acerca de las trayectorias planetarias de Ptolomeo, y descartara por irrelevante todo lo que cambió desde Copérnico.
     Pero si la cerrazón ante la teoría ya es grave, es peor que Cohen no se haga cargo de los experimentos marxistas. Tampoco lo hace Gargarella. Se puede entender (hasta cierto punto) que Marx no se diera cuenta de que la dictadura del proletariado iba a terminar siempre en la dictadura de una camarilla. Tuvo la suerte de que todo eso ocurrió luego de su muerte. Pero Cohen no dice nada de la Unión Soviética, de China, de Corea del Norte, de Cuba, experimentos con seres humanos que ocurrieron mientras él daba clase.
     No estamos hablando de la metafísica de la lechuga, sin consecuencias reales. Desconfiaría yo mucho de un médico al que se le han muerto todos los pacientes e insiste en aplicar la misma medicina. Pensaría que es insólito que ni siquiera se molestara en intentar explicar el fracaso de sus experimentos y despreciara lo aprendido desde Pasteur.

martes, 3 de septiembre de 2019

Diferencias entre Winston Churchill y Roberto Cachanosky



        Me decepcionó la explicación de Roberto Cachanosky acerca de la derrota del gobierno en las PASO (link a su nota). En brevísimo resumen, su conclusión es que la culpa es del gobierno mismo. Que un economista prestigioso como él yerre tanto en la evaluación de lo ocurrido me pareció preocupante. Creo que descartar la responsabilidad que tiene cada votante no es posible si se quiere tener alguna esperanza en el sistema democrático. La noción de que el votante es una ameba sin relevancia moral es más propia del materialismo dialéctico que del liberalismo. Tampoco creo que sea sano o posible descartar la parte que les ha cabido a los comunicadores y economistas que han tenido amplia llegada a los medios masivos en estos años.
        Cachanosky señaló correctamente en el pasado las fallas del kirchnerismo, pero él -como otros- quizá creyó que era un asunto cerrado, que el “crecer con lo nuestro” de Aldo Ferrer, el “trabajo sucio” Duhaldista, y la renegociación forzada de la deuda (extraño oximoron) eran dislates en los que no volvería a creer el pueblo argentino. Mucho menos que casi la mitad del electorado creyera secundario que se persigan periodistas, se arreglen las estadísticas, y se adoctrine desde los medios del Estado.
        Luego de las PASO Cachanosky -como tantos otros- pareció advertir que no era así. Que quizá hubiera sido necesario insistir en los obvio. Entrevistado en TV luego de las elecciones PASO, Cachanosky señaló que si el equipo y las propuestas del candidato Fernández fueran confiables, el resultado de las elecciones no hubiera coincidido con el derrumbe simultáneo del peso, de las acciones y de los bonos argentinos. Parecerá que es una obviedad, pero millones de personas se empeñan en afirmar, como quien esconde la mano luego de tirar una piedra, que entre su voto y ese derrumbe no hay relación alguna.
        Por eso, en mi nota anterior, incluí a Cachanosky junto a Iván Carrino entre los economistas que se animan a decirle al público cosas que no le gusta escuchar. La lista es más larga por cierto, en ella están también, entre otros, Martín Tetaz y Germán Fermo. Con menos llegada a la TV, pero con mayor precisión que nadie, están también las notas de Domingo Cavallo (link a su blog).
        El 1 de septiembre Cachanosky publicó la nota Infobae en la afirma que Cambiemos terminó siendo Continuemos, y que debe asumir la culpa de la vuelta del Kirchnerismo. Discrepo.

Todo es igual nada es mejor
        La más eficaz de las armas para la degradación moral es negar que existan diferencias. Los propagandistas del socialismo del siglo XXI disparan con esa arma todo el tiempo. Hace mucho publiqué una nota en la que refutaba el argumento con el que Alejandro Dolina intentaba demostrar que no hay diferencia entre hacer proselitismo desde un canal privado y hacerlo desde el que pertenece al Estado (link). En otra nota señalé la idéntica estrategia usada por la periodista Gisela Marziotta (hoy candidata a vicejefa de gobierno de CABA por el Kirchnerismo) quien sostuvo que no había razón para rasgarnos las vestiduras viendo lo que pasa en Venezuela cuando en Argentina tenemos una presa política que es Milagro Sala (link). Los votantes del dúo Fernández insisten en que, si acaso los Kirchner robaron, Macri también. Las diferencias se liman y entonces Vidal es una “Evita Amarilla”, Cambiemos es Continuemos. Slogans ocurrentes y pegadizos, pero falsos.
        Javier Milei, Miguel Boggiano, y hasta el mismo Cachanosky, se han acostumbrado a pegarle a “los políticos”, sin distinciones. Es más fácil, pero es falso.
        Incluso en lo económico, que no es lo fuerte del gobierno, no es lo mismo tener que importar gas que volver a exportarlo en menos de cuatro años. No es lo mismo haber quedado atrás de Paraguay como exportadores de carne, que haber pasado del puesto 15 al puesto 6 en el mundo. No es lo mismo tener caminos y vías abandonados que funcionando. No da igual que en el informe sobre la competitividad de los países elaborado por el Foro Económico Mundial hayamos subido 23 puntos (link). Todavía estamos abajo, pero no todo “se igual” como diría Minguito.
        Ludwig von Mises escribió que las caídas en los ciclos económicos no se producen tanto por la falta de inversión como por inducir la mala inversión. Cuando el intervencionismo pone sus planes por encima de las señales del mercado, favorece inversiones que pasarán a ser improductivas cuando esos planes ya no sean sostenibles o cuando los gobernantes cambien de idea. Ocurre entonces que el capital ya está puesto en máquinas y habilidades que no es posible transformar en otra cosa más útil. Argentina tiene eso de una manera gigantesca. Una vez que se destinó dinero a una ensambladora de televisores en Tierra del Fuego, ya hay capital físico y hasta personal formado que no puede transformarse en una procesadora de arándanos en Entre Ríos. Cambiar todo eso implica pérdidas, da lugar a resistencia de los que las sufren, y lleva tiempo.

El liberalismo no es sólo económico
        Pero si los logros de Cambiemos son pobres y tardíos en los números, no se puede decir lo mismo de lo institucional. Cambió realmente un sistema que ya no respetaba ni las instituciones de la república ni la opinión disidente. Economistas liberales han olvidado que el liberalismo es una filosofía política integral que abarca mucho más que el libre comercio. Por primera vez en décadas se vio que dirigentes sindicales que se hicieron multimillonarios con la extorsión perdieron su protección. A pesar de haber colonizado tantos tribunales en los últimos 14 años de poder peronista, a pesar de las dificultades y las chicanas, empezaron a revelarse asociaciones ilícitas de funcionarios. No hubo más intentos de apoderarse de medios periodísticos. Quien desdeñe todo eso como meros “buenos modales” no entiende lo que es el liberalismo.

El gradualismo
        Es probable que a Macri le haya faltado claridad y convicción. Pero sus críticos parecen olvidar que no es Mauricio Iº Emperador de Argentina. Ni él ni María Eugenia Vidal tuvieron mayoría en el Congreso y ambos saben que hay cientos de abogados y jueces debidamente preparados que esperan ansiosos que el gobierno cometa la más mínima falla procedimental para infligirles una costosa derrota en los tribunales. Sorprende ver a tantos economistas razonar como si el gobierno estuviera en el misma situación que la de ellos cuando conversan con un par de colegas acerca de todo lo que habría que hacer.
        Hubo errores, cierto. Pero también creo que Macri hizo de la necesidad una virtud. Si tenía un Congreso en contra -incluyendo aveces a sus aliados- si los representantes de la oposición no sólo le votaban en contra sino que lideraban piquetes en las calles, haría de esa limitación una política, el gradualismo. Macri parece ser un hombre tan enemigo de la confrontación que hasta intentó hacer simpático el mote de “gato” (aplicado a las prostitutas caras) insulto grosero que le dirigió la oposición.
        También pesa la experiencia del pasado. La última vez que un hombre decente se puso frente a las cámaras y explicó franca y honestamente a la población que era necesario hacer reformas, fue atacado tanto por la oposición Peronista como por la cúpula del partido Radical -radicalmente opuesta al presidente. Ricardo López Murphy cayó en pocos días, y su presidente, también un hombre honesto, fue objeto de burlas vergonzosas por parte de la más rastrera de las alimañas que pululan en TV. Buena parte del país festejó la desfachatez, buena parte de los legisladores aplaudió el default que pronto supieron conseguir.
        Y sin embargo, hace poco Ricardo Cachanosky escribió un artículo en el que afirma, ya en el título (link), que el mayor error del presidente de la Rúa fue no haber respaldado a su ministro López Murphy. En el tablero de dibujo eso es cierto. En el sistema constitucional que no da poderes imperiales al presidente eso es adjudicar mal las responsabilidades. Si su propio partido no lo apoyaba, si necesitaba sus votos en el Congreso para aprobar el presupuesto, de la Rúa estaba acorralado. El papel de Alfonsín en esos días deberá alguna vez ser analizado. Lo cierto es que el último intento de ser directo y afrontar reformas necesarias terminó con la victoria de los partidos que se oponían a ella. Siguió el default, el saqueo de los ahorros, y la licuación de las deudas. Nada de eso fueron accidentes sino la política de los que impulsaron el golpe de finales de 2001.
        Cachanosky tiene la decencia de la que otros carecen, y reconoce que de la Rúa no fue culpable de todo lo que hicieron los que lo echaron del poder. Sin embargo, en el artículo en que califica a Cambiemos como Continuemos, cree justo adjudicar a Macri el retorno del Kirchnerismo.

No hay liberalismo sin responsabilidad individual
       Lo digo: los que se tienen que hacer cargo de la vuelta del Kirchnerismo (si ocurre, cosa que no es sano dar por hecha), son los que lo votan.
        Sé que decir eso suena extraño, insultante, inadmisible, en la tierra de la demagogia. Sin embargo, la noción de que los individuos son responsables de sus actos es parte fundamental del liberalismo. Para el materialismo dialéctico, todo se explica por fuerzas económicas e intereses irresistibles que no dejan papel relevante al individuo. La responsabilidad moral es vista en ese esquema como un prejuicio burgués sepultado por la ciencia. Si una persona roba por sí misma, o si vota para dar el poder a una banda para que robe a su nombre y reparta parte del saqueo, eso se deberá a múltiples factores sociales, económicos, políticos...nunca a la responsabilidad moral del individuo! ¡Eso es no es científico!
        El liberalismo no desconoce la incidencia enorme de factores sociales. Lo que no puede hacer -sin dejar de ser liberal- es aceptar que individuo sea una ameba a la que no se puede adjudicar responsabilidad por sus decisiones. Y justamente, el relato que ahora consumen con gusto millones de argentinos es que su voto no tiene nada que ver con el derrumbe inmediatamente subsiguiente del peso, de las acciones de empresas argentinas, y de la confianza que inspiran los bonos de la deuda nacional. Como el individuo no es jamás responsable de nada, como todo se explica por factores colectivos, es evidente que allí hay una casualidad, una mera coincidencia entre el resultado de las PASO y esa reacción de los mercados.
        Miro hoy un reportaje a Javier Milei y Diego Giacomini y veo que insisten en corroborar ese relato. Se congratulan de haber pronosticado el derrumbe, proponen que el Emperador -deben asumir que hay uno en Argentina- elimine el Banco Central, y no dan importancia al resultado de las PASO. Todo con tal de no cometer el pecado de asignar relevancia a las decisiones que tomó en esa elección cada individuo.

¿No habrán omitido algo los liberales mediáticos?
        Nunca antes los liberales recibieron tanta atención en los medios. Los más populares son en verdad libertarios, propagandistas del anarco-liberalismo, y no liberales clásicos. No quiere eso decir que el público acepte sus ideas ni siquiera por un segundo. Sin embargo el televidente disfruta de una de las críticas más radicales al presente gobierno y de los videos que anuncian un naufragio. Un regocijo que tiene algún parentesco con el que muchos espectadores experimentaban al ver a Marcelo Tinelli burlarse de de la Rúa.
        Furiosos con el gobierno, los libertarios han sido muy cautelosos en confrontar los mitos económicos populares. Poco o nada sobre los supuestos logros históricos de Perón, sobre la competitividad que habría logrado la política de Duhalde, sobre la destrucción ya provocada por el matrimonio Kirchner. Nada que sea comparable a su constante prédica contra el gobierno de Macri, quien se resiste a adoptar el Manifiesto Libertario de Murray Rothbard por decreto de necesidad y urgencia.
         Rothbard fue un economista norteamericano. Curiosamente (o quizá no) en algún momento sus ideas se acercaron mucho a las de la nueva izquierda. Su Manifiesto Libertario contiene una crítica devastadora a la política norteamericana, a la que responsabiliza de casi todos los males del mundo. Dice muy poco sobre las responsabilidades de otros. En el mismo error caen Milei y Giacomini.
        Al culpar a Macri del derrumbe post PASO, no sólo eximen de responsabilidad al votante -que es parte de su público-, sino que se eximen a sí mismos de no haber sido precisos al señalar las alternativas reales. Desgraciadamente, lo mismo hace Cachanosky en su artículo. En la explicación de que Macri va por mal camino, debieron haber aclarado siempre, siempre, para que lo entendiera hasta el último alcornoque consumidor de relato, que no había que dar un volantazo e ir a la mano contraria. Faltó avisar que por allí viene un camión de frente.

Winston Churchill y el Diablo
        Nadie dice que no se critique a Macri o a Vidal.
        Pero veamos. Durante la Segunda Guerra Mundial, algunos criticaron a Winston Churchill por aceptar la alianza con la Unión Sovietica para derrotar a Hitler. Churchill había sido uno de los enemigos más duros del gobierno bolchevique, e incluso se opuso sin éxito a que Gran Bretaña le diera reconocimiento diplomático. Ante esto, Churchill respondió -en una frase famosa-: Si Hitler invadiera el infierno, yo haría en el Parlamento alguna referencia favorable al Diablo.
        Churchill aclaró que no retiraba ni una palabra de lo que había dicho sobre la Unión Soviética. Seguía siendo cierto que Stalin era tanto o más asesino que Hitler. Pero quien intentaba invadir Gran Bretaña, y ya había logrado invadir casi toda Europa, era Hitler. No podía Churchill seguir con su discurso contra los bolcheviques para desentenderse de ese peligro y de las opciones realmente disponibles para enfrentarlo.
        Se dirá que Cachanosky no es un estadista y que mucho menos lo es Milei. Pero ellos tampoco pueden desentenderse del camión que viene de frente. Si creían que Macri es el demonio, debieron acordarse del gesto de Churchill.
        De la Rúa no era el demonio, y nadie dijo una palabra a su favor. El mismo día que murió, un periodista tuvo la impudicia de llamarlo inútil en TV. El mejor gesto humano debió venir de afuera y de una cantante, de Shakira. Más que dólares, lo escaso en esta tierra es la decencia. Todavía hay tiempo para enmendarse, pero no mucho.