sábado, 31 de diciembre de 2011

Películas de una vida: Barry Lyndon y Beau Brummel



Viejo y pobre, Beau Brummel recibe la visita de su primer amor


Acabo de ver Beau Brummel, una película de 1924 con la actuación de John Barrymore y Mary Astor. La película es muda, pero tiene una muy buena música, muy diferente a la pianola que algunos creen necesaria para todo film mudo. Que la película sea muda, que los diálogos sean mediante carteles con texto, le da algo que las películas con sonido no tienen. Por supuesto que no tengo nada contra las películas sonoras. Cómo podría desear nunca haber escuchado la hermosa voz de Margaret Sullavan (en The Good Fairy) o la voz rasposa y maravillosa de Barbara Stanwyck (en The Great Man’s Lady), y (para no mencionar sólo atrices) la voz de George Brent, el galán más gentil en la historia de Hollywood (en Baby Face).

Sin embargo, las películas mudas tienen algo que también tienen los libros. Algo menos que a la vez es más. La mente viaja más libre con menos lastre. Fíjense en los recuerdos que tenemos de paisajes en los libros, o de personajes. Si me preguntan de qué color era el cabello de Tess o de Eustacia Vye sabré responder que negro, una melena oscura que describía con admiración –con toda la razón del mundo- Thomas Hardy en sus novelas Tess of the Ubervilles y El retorno del nativo. Pero si me preguntan de qué color eran sus vestidos, o si el respaldo de la silla en la que sentaban estas bellezas era bajo o alto, no sabré responder. No estaba dicho en la novela, y esos detalles no eran necesarios. Las descripciones y los recuerdos de Tess o de Eustacia se refieren a otras cosas, menos definidas que el color de un vestido, pero seguramente más importantes. A menudo sucede que una pintura es más bella con menos detalles que con más.

En una película esa abstracción es imposible. Está todo a la vista. Sin embargo, en el cine mudo el sonido queda para la imaginación. O mejor dicho, para esa zona brumosa que se parece tanto a los sueños y a los recuerdos de la niñez.
Pero volvamos a Beau Brummel. Es una película de una vida, desde la juventud hasta la muerte. En eso se parece a Barry Lyndon, dirigida por Stanley Kubrick en 1975. Ambas también se parecen en el hecho de que la vida que transcurre ante nuestros ojos no es la de un gran hombre. Beau Brummel es menos irónica que Barry Lyndon,  pero ambas consiguen mostrar esa cosa grandiosa que tiene la vida, incluso la vida de un hombre que dista de ser admirable.
Apreciar Beau Brummel es más difícil porque nos lleva a una época del cine más lejana y distinta que Barry Lyndon. Pero por eso mismo la aventura de intentarlo es más fascinante para la mente y para el corazón. De entrada hay que tirar el lastre de todo lo que tenemos incorporado en cuanto a cine: los actores lucen diferentes, las escenas son distintas, el ritmo no es el que vemos en el cine de estos días. Por ejemplo: los hombres usan maquillaje. Creo que eso viene de una tradición muy antigua. Viene del teatro, en el que los gestos debían poder ser apreciados incluso por los que estaban sentados en las últimas filas. El cine hace que la cámara se pueda acercar a centímetros del rostro de los personajes. El pequeño movimiento de boca, la mirada significativa, la ceja arqueada, les llega también a los de la última fila del cine. El teatro no permitía ese truco, y el maquillaje debió ser una solución necesaria. A mí no me molesta, es parte de la aventura de adentrarse en un mundo estético distinto.
Más profundo todavía, más difícil para nuestras mentes modernas, es entrar a un mundo que tenía menos cinismo. La devoción y el honor eran palabras que no sonaban a hueco. El cariño de Mortimer, el viejo criado y amigo del Beau Brummel, no necesitaba ser lavado con ácido crítico. Al final de su vida, el criado ayuda con dinero a su señor empobrecido. Eso era simplemente parte del amor que no necesita ser justificado. También vemos con sorpresa que el abrazo entre un hombre pobre y una niña rica no necesitaba de una perorata sobre la injusticia social. Era un abrazo entre dos personas que se quieren, no un símbolo político.

Todo eso es extraño e incluso chocante a los ojos del espectador moderno. Sin embargo, quien logre sumergirse por un momento en ese mundo distinto, creo que disfrutará mucho, y aprenderá mucho.
En algunas escenas se ve al Beau Brummel arreglándose el pelo y la ropa luego de alguna derrota. No creo que eso deba verse como si él pusiera en igual lugar a su corbata y a su amada. Un hombre bello, como una mujer hermosa, puede consolarse un poco de sus desgracias con su imagen en el espejo. Es una debilidad humana, pero no de las peores.
Barry Lyndon es más cercano a nosotros, y es por supuesto más cínico que Beau Brummel. El Beau, incluso en su pobreza y desgracia, era consciente de principios morales de los que Barry Lyndon parece no haber tenido noticia. Se parecen sin embargo en el hecho de que ambos se convierten en seductores expertos luego de un desengaño amoroso de juventud. Y así sucede en verdad a menudo en la vida de hombres y mujeres.
Barry Lyndon logra mostrar la grandeza que existe incluso en una vida más sórdida que la del Beau. Lo consigue en gran parte con la belleza de la imagen y la música. Es una película en la que cada escena parece un cuadro. La música hace que una conversación en una pobre cabaña entre un hombre y una mujer que nunca se verán de nuevo se revele como lo que es: un gran momento de la vida.

Aquí y allá están las observaciones sarcásticas de Thackeray, el autor de la novela en la que se basa Barry Lyndon, que ya era un adelantado a su época en cuanto a pesimismo se refiere. Esas frases irónicas parecen pedir disculpas por la grandeza de Barry Lyndon.
En Beau Brummel no se ve la necesidad de pedir disculpas. La belleza es también efímera, unos momentos en una vida. Pero no pide disculpas. Por eso, de entre estas dos maravillas, es la que prefiero.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Thomas Kuhn y los paradigmas




Desde hace algunos años encuentro referencias a Thomas Kuhn y a los cambios de paradigmas en notas sobre asuntos legales, y hasta en artículos de diarios. 
     Así por ejemplo, los profesores les enseñan a sus alumnos en la carrera de derecho sobre el nuevo paradigma que se ha impuesto en el derecho a la reparación por accidentes. O un profesor comenta en una revista jurídica un fallo de la Corte Suprema y afirma que impone un nuevo paradigma sobre la forma en que se deben juzgar los casos sobre discriminación. O un periodista nos habla del cambio de paradigma en la lectura de libros. Y así con muchos otros temas.

     Dicho rápidamente, lo que se quiere decir con esas frases es que hay una nueva concepción que se ha vuelto dominante entre las personas que enseñan o escriben sobre un tema, y que las viejas ideas ya ni se mencionan. Claro que eso se podría decir sencillamente de ese modo, sin necesidad de citar a Thomas Kuhn y sus paradigmas. Pero la cita de los paradigmas hace que la mera mención de un cambio de ideas se relacione con toda una teoría acerca de la forma en la que evoluciona la ciencia. Esa supuesta relación, según trataré de mostrarlo, es equivocada.

     Veamos ¿qué es lo que dijo Thomas Kuhn y qué aplicación tiene a los cambios de ideas? No voy a repetir los datos sobre su vida y obra, que se pueden leer siguiendo los link. Pero sí creo necesario decir dos cosas

1 que según el propio Kuhn su teoría de los paradigmas no se aplica a las ciencias sociales
2 que, además, incluso en las ciencias naturales en las que según Kuhn sí hay paradigmas, su teoría es bastante cuestionable. Y no lo digo yo, lo intentaré demostrar con un ejemplo que da Albert Einstein.

Las ciencias sociales no tienen paradigmas
En el prólogo de su libro más conocido “La estructura de las revoluciones científicas” de 1962, Kuhn dice que siendo él un físico, asistió a discusiones entre científicos sociales y le sorprendió que no llegaran ponerse de acuerdo en cuestiones siquiera mínimas. Le pareció que había una diferencia con los físicos, químicos, biólogos, etc. y que los científicos sociales no tenían un método común que todos aceptaban, algunos problemas fundamentales que todos intentaban solucionar, y conceptos que tenían igual significado para todos. A esta comunidad de ideas y aspiraciones Kuhn la llamó “paradigma”.

El encuentro con lo distinto, con quienes carecían de paradigmas en las ciencias sociales, llevó a Kuhn a indagar acerca de la forma en la que progresan las ciencias naturales, sobre todo la física, que era su profesión. Kuhn creyó que el progreso no era gradual, sino que se daba a través de revoluciones científicas en las que un nuevo paradigma reemplazaba a otro. El ejemplo clásico de este cambio es el paso de la física de Newton a la de Einstein.

Kuhn pensó que su esquema de revoluciones se aplicaba a las ciencias naturales, y todos sus ejemplos se refieren a la física, química, biología, y ciencias similares. No es correcto entonces vincular su teoría del cambio de paradigmas con los cambios de opiniones en las ciencias sociales, y menos en el Derecho. Que hay un paradigma significa que hay un método científico que todos comparten, que hay una forma de colectar datos, de áreas de exploración, de conceptos comunes, etc. Las ciencias sociales no tienen nada de eso, no tienen estrictamente paradigmas, y por lo mismo no tienen revoluciones –en el sentido de Kuhn- en el que uno reemplaza a otro.
En libros posteriores al famoso La Estructura de las Revoluciones Científicas, Kuhn dejó abierta la pregunta acerca de si algunas ciencias sociales no estaban adquiriendo al menos una parte de un paradigma. Él no tenía una respuesta, y no ingresó en la cuestión.
A consecuencia de lo dicho, creo que no es correcto referirse a los cambios en las ciencias sociales como cambios de paradigma, al menos sin aclarar que uno está usando esa palabra erudita para referirse solamente a un cambio en las ideas en boga, es decir, a algo totalmente distinto a lo que describió Thomas Kuhn.

Peor en el Derecho
Si ya es impreciso referirse a los cambios de paradigma en las ciencias sociales, mucho peor es hacerlo en el Derecho. Allí los cambios se refieren a la vida de las personas. A cómo pueden casarse, criar a sus hijos, ganar su salario, y gastarlo. Los cambios en las leyes que rigen esos asuntos no deben ser presentados como si fueran parecidos a los cambios en la forma en la que los químicos llevan a cabo sus investigaciones, o los nuevos temas que captan la atención de los biólogos. A menos que un pueblo se vuelva totalmente indiferente a su propio destino (y creo que una parte del argentino no se ha resignado a eso) nunca verá los cambios en las leyes que rigen su vida del mismo modo que contempla los cambios en las técnicas de laboratorio
Además, lo que los profesores de derecho describen como un nuevo paradigma consiste frecuentemente en la repetición de las teorías en boga en los años 30 del siglo XX. En Argentina, tan parecida a un parque jurásico de las ideologías, casi todo lo que se escribió en esa época se desempolva todos los años y se presenta de nuevo como “la última tendencia”.

Coqueteando con el relativismo
En las ciencias naturales, que es el campo en el que Kuhn creyó encontrar cambios revolucionarios de paradigmas (porque por empezar hay paradigmas), su explicación del avance científico es bastante descorazonadora.
La teoría de Kuhn está muy cerca del relativismo epistemológico, y hasta se podría decir que es su más reciente expresión. ¿Qué quiere decir esto? El relativismo epistemológico consiste en creer que el conocimiento objetivo no sólo es difícil, sino imposible. Los pensamientos verdaderos no corrigen a los equivocados, porque en realidad no hay ni verdad ni error. La llamada verdad es sólo una idea que se impuso a otras por casualidad, y generalmente por la fuerza.
En seguida se ve que ese relativismo coincide con las convicciones (o más bien falta de convicciones) que se han terminado por imponer entre millones de argentinos. Es la excusa perfecta para mirar indiferente y con una sonrisa de superioridad al debate entre la verdad y la mentira. Y encogerse de hombros cuando la verdad es pisoteada...si no existe la verdad, nada se pierde. Una mentira triunfó sobre otra.
El propio Kuhn escribió que su explicación de los avances en la ciencia se parece bastante a la descripción que Orwell hizo de la historia bajo un régimen totalitario: la escriben y enseñan los que ganan. Pero comparar los avances en biología con la propagación de mentiras por un régimen dictatorial es un poquito inexacto. Demostrando su gusto por las frases más sorprendentes que precisas, Kuhn llegó a escribir que una teoría superada como la que ponía a la tierra como el centro del universo era tan científica como la copernicana, o la newtoniana, o la de Einstein. Lo que él quiere decir es que todas se basaban en los conocimientos disponibles en su época, pero así y todo resulta difícil justificar que para decir eso sea necesario escribir –como confusamente hace Kuhn- que todas las teorías son igualmente científicas.
¿Quizo o no Kuhn decir que lo cambios en la ciencia se explicaban igual que los cambios de actitud impulsados por la propaganda Nazi? Kuhn dejó esta pregunta –como todas las demás que no cerraban en su teoría- sin responder. Dijo que si bien los cambios científicos tienen algo de similar con la descripción de Orwell, no es tan así. Y allí dejó el asunto.
Hay un concepto en la teoría de Kuhn que se adapta perfectamente a las ideas (o indiferencia ante las ideas) de quienes niegan que exista la verdad. Kuhn escribió que cuando un paradigma reemplaza a otro, los cambios son inconmensurables. Esto quiere decir que no tienen una medida, patrón, o criterio de verdad que sea común a ambos, y por eso no se pueden comparar. Lo único que uno puede decir es que uno reemplazó al otro. El nuevo paradigma no se impone porque arroje más luz, sino porque el anterior muere. Los científicos no lo mencionan más, su interés se vuelca hacia otro lado.
Se ve entonces por qué en Argentina Kuhn es tan popular entre quienes explican (o dejan de explicar) los cambios en el derecho. El supuesto cambio de "paradigmas" describe exactamente cómo un grupo de profesores difunde alguna visión política del derecho (o mejor dicho: reedita la visión de los años 30), y suprime toda referencia a otras distintas. Los autores anteriores no se prohiben, simplemente se deja de citarlos y se evita toda referencia a sus ideas. No se necesita dar órdenes expresas en ese sentido, los seguidores de las teorías que de este modo se hacen dominantes tienen un olfato potentemente desarrollado para  advertir lo que les gusta o desagrada a sus amos (incluso lo advierten antes que ellos mismos).

¿Qué dijo Albert Einstein sobre esto?
Einstein nunca confrontó las teorías de Kuhn. Murió mucho antes de que fueran escritas. Sin embargo, Einstein nos dejó una descripción del avance científico que es totalmente diferente de la de Kuhn. Lo hizo a través de una comparación muy bella, en el libro que se llama, La física, aventura del pensamiento (escrito en colaboración con el físico polaco Leopold Infeld). Hay un página web con el libro (la descripción a que me refiero está en el capítulo 3, sección 4). Tiempo atrás incluso se lo vendía en kioscos en una colección sobre divulgación científica.
Leí este librito hace más de quince años, pero siempre que escucho gente decir que todo es relativo, que la verdad es del más fuerte, y otras justificaciones de la indiferencia, me acuerdo de la comparación de Einstein. La haré ahora tal como quedó en mi memoria, pero recomiendo todo el libro a quien quiera tener una visión breve pero clara y precisa sobre la física moderna.
Einstein dice que avanzar en la ciencia es como subir una montaña. Subimos un poco y vemos un valle desde más alto. Vemos sus contornos más claramente que desde abajo, y aprendemos mucho. Pero luego subimos más, y vemos que más allá de valle hay un lago que no se veía desde el suelo, y ni siquiera desde una elevación moderada. Subimos más y vemos dos nuevos valles, y más montañas a lo lejos. Sin embargo, el primer valle sigue estando allí. No era una ilusión, y los contornos que vimos eran exactos. Pero ahora comprendemos que eran parte de un paisaje más amplio que vemos desde más arriba.
Se advierte enseguida que la descripción de Einstein es completamente diferente al reemplazo de paradigmas que propone Kuhn. El primer valle sigue estando allí. Sin descartar que se descubran y se corrijan errores en las ciencias, lo esencial no es eso, sino incorporar nuevos conocimientos y situar los ya adquiridos en un marco más amplio. Las leyes físicas de Newton no son falsas, sino que luego aprendimos que se aplican a las velocidades y masas corrientes. Einstein no invalidó la física de su tiempo, sino que puso sus leyes en un contexto más amplio, para abarcar valles y montañas que hasta entonces no se habían visto.
Mucho menos se puede decir que los nuevos descubrimientos sean inconmensurables y que no se puedan poner en relación con los anteriores, como afirma Kuhn. No me gusta el argumento de autoridad, pero si de física hablamos el nombre de Eisntein significa algo. Y la de Einstein no es la visión descorazonadora de Kuhn.

domingo, 4 de diciembre de 2011

La ilusión de las políticas de Estado Nota II

En la nota anterior escribí que no estaba de acuerdo con el entusiasmo que se ve en los políticos argentinos por pactar políticas de Estado. Se supone que el problema fundamental de la Argentina es que no nos hemos puesto de acuerdo en una serie de políticas que compartan todos los partidos. La idea ya está tan establecida que mi crítica puede haber sorprendido.
Por cierto, la ilusión viene de lejos: fue uno de los tantos caminos intentados por el gobierno encabezado por Raúl Alfonsín. Se buscó que distintos grupos de interés llegaran a acuerdos a través de lo que se llamó “la concertación” (¿se acuerdan?). En realidad la ilusión venía desde más lejos: una de las tantas juntas militares ya había intentado un “Gran Acuerdo Nacional” (GAN). Más atrás todavía, tuvimos a la CGT y la CGE intentando acordar medidas, con el Estado en el medio como árbitro de un match de box (Estado que también recibía y daba golpes). Cambiando el estilo, los nombres, pero no lo esencial de la idea, ahora se habla de un Pacto de Gobernabilidad.
Dije en la nota anterior que una cosa son las leyes y otra las políticas. Las leyes permanentes son parte del ideario con el que nació la Argentina en el siglo XIX. Eso lo lograron nuestros antepasados, y así tuvimos la Constitución, el Código Civil, etc. Más allá de las reformas que siguieron, algunas buenas, otras malas, sobre esas reglas permanentes hubo acuerdo.
En cambio, la búsqueda de políticas compartidas por todos los partidos tiene un origen histórico más reciente. Surgió como un requisito para la planificación económica intentada por los gobiernos socialistas europeos en los años 30, que luego fue adoptada por otros partidos, y que se extendió al resto del mundo. Todos (o casi todos) querían planificar la economía. Sin embargo, los planes de cada partido, y hasta de cada sindicato y asociación de empresarios, eran distintos. 
Pero cambiar de plan cada vez que sube un nuevo gobierno conduce al caos. De allí la ocurrencia de evitarlo con “políticas de Estado”, no de cada partido o sector. La inutilidad de esa idea ya se ha advertido en casi todas las naciones, pero sigue vigente en ese Parque Jurásico de las idelologías que es la Argentina

La solución consistente en que un partido imponga estas políticas por la fuerza a todos los demás sin importar los resultados electorales horroriza a casi todos los partidos democráticos, y quizá también a la mayoría del electorado argentino que conserva algún interés por la política. La otra forma de lograr que el plan continúe luego de las elecciones es que los partidos, y hasta todos los sectores nacionales, lleguen a un acuerdo sobre cuál debe ser el plan.
Sobre metas atractivas y más bien vagas hay acuerdo inmediato, firmas, apretones de manos, documentos, etc. Se pacta que todos acuerdan que sería lindo tener pleno empleo, que sería muy bueno que la educación fuera de calidad, y que sería apropiado bajar el número de homicidios y robos.
Eso no es plan, por supuesto, sino una forma de obtener la atención de los diarios por dos días (quizá tres, si no hay ningún certamen deportivo importante). El plan verdadero no puede determinar que se promueven todas las industrias, sino que debe elegir cuáles en cada lugar y región. Debe asignar prioridades. Debe además elegir si las necesidades de los hospitales se ponen por encima de las de la industria energética, y dentro de los hospitales debe decidir cuánto han de mejorar los salarios de las enfermeras, y hasta dónde está atrasada la tecnología que requiere renovación, etc. Todas estas demandas compiten entre sí, no ya mediante acuerdos individuales (cuánto destina cada persona para obtener estos bienes y servicios) sino mediante acuerdos colectivos.
Que se llegue a un plan general consensuado (y que no cambie por muchos años, más allá de las elecciones !!!) es imposible. Muchos se engañan pensando que es fácil lograr acuerdos porque su experiencia ha sido únicamente la de planes sectoriales. Por ejemplo, es posible que obreros y empresarios del aluminio se pongan de acuerdo con un ministro en que es conveniente prohibir la importación de aluminio. Es probable que los pobladores de las regiones que dependen de la minería estén de acuerdo con un programa para que un banco nacional otorgue créditos a la minería. Hasta es posible que toda la población esté de acuerdo en “mejorar los hospitales”, sin mayores especificaciones. Pero ya es más difícil que haya acuerdo acerca de si el aluminio que necesita la industria minera deben estar exento de la prohibición de importación, y acerca de si los salarios del sector de salud deben mejorar antes que el de los maestros.
Cuando los acuerdos no llegan, cuando muchos sectores (o todos) se sienten postergados en sus demandas, cuando a pesar de las promesas el plan cambia, el público se empieza a impacientar y no ve con malos ojos la otra forma de tener un plan: que un líder providencial lo imponga a la fuerza, sin que importe la oposición, y por supuesto, sin que importe el recambio democrático. La gente pide resultados y no palabras, y siempre hay un líder más fuerte que los otros que se los promete. Sólo tienen que darle poderes extraordinarios para vencer la resistencia de quienes no entienden lo que el país necesita.
Todos encolumnados detrás del líder, más allá de “banderías”, más allá de los escrúpulos. Todo sea por conseguir un plan que esta vez funcione.
Lo que no se advierte es que la alternativa entre plan colectivo consensuado y plan colectivo autoritario es falsa. También está el gobierno de las leyes, que no dicen si la industria metalúrgica cordobesa debe recibir más fondos que la industria química bonaerense, sino que permite que esas cosas las decida cada uno de los que compran productos metalúrgicos o químicos. El resultado es la suma de las decisiones individuales. Cada cual decide cómo gasta lo que le pertenece, y no cómo el gobierno debe gastar lo que le pertenece a los demás. Para lo primero bastan las leyes y sobre ellas puede haber acuerdos. Para lo segundo se pueden intentar concertaciones, pactos, y planes. Cuando ellos fallan la gente reclama un líder que no tenga demasiados miramientos y que esté dispuesto a romper algunos huevos para hacer la tortilla.
Muchos creen que el primer sistema es caótico, que si nadie está al comando para decir hacia dónde ir no hay sistema alguno. Sin embargo, véase lo que pasa con las industrias más dinámicas del mundo. Nadie le dice a Apple o Microsoft cuál debe ser su estrategia. No hay una concertación para decidir que una tiene un mercado, y la otra otro distinto. Nadie les ordenó a los primeros inversores de Nokia (algunos eran jubilados finlandeses) que pusieran su dinero allí. Ningún ministro decidió apoderarse de sus ahorros y darle un crédito a Nokia. Ninguna regulación determinó que los procesadores Intel adoptaran una tecnología y los fabricados por Motorola otra distinta (y ambos tuvieron éxito, aunque uno más que el otro). Ningún ministerio planifica cuándo es el momento para lanzar un sistema operativo de 32 bits o de 64 bits. No hubo un informe multisectorial e interministerial que lo decidiera. Nadie dice que sea obligatorio adoptar un formato de archivo, como mp3 o pdf. Los formatos se imponen porque mucha gente decide que le sirven. ¿Es eso un caos que impide el progreso? No, es la industria más creativa del mundo. 
Cierto que el sub-sector de los sitios web tuvo su mini-crisis hace algunos años, en las que muchas dot com fueron a la quiebra. Pero esa industria se recuperó rápidamente, y sin ayuda. Muy distinto a la mega-crisis iniciada en el sector hiper intervenido de los créditos inmobiliarios, que no se recupera a pesar de la ayuda.


Aunque parezca ir (verdaderamente) contra la corriente lo diré una vez más: para el progreso, con tener leyes claras y permanentes, imparcialmente interpretadas, basta y sobra.

martes, 15 de noviembre de 2011

Confusiones argentinas: las políticas de Estado

Es frecuente escuchar que los periodistas y los políticos declamen sobre la necesidad de que en Argentina tengamos “políticas de Estado”. Creo que ese deseo revela una gran confusión.

Se supone que debe haber metas y planes destinados a lograrlas que trasciendan las sucesivas elecciones. Por eso se dice “políticas de Estado”, y no de cada gobierno o de cada partido. Justamente por eso, recientemente algunos dirigentes de diversos partidos han pensado que la forma de lograr la permanencia de algunas políticas básicas se debería lograr a través de la firma de un compromiso de gobernabilidad y políticas públicas (link a nota en La Nación, en Clarín, y al texto del acuerdo). 

Entre otras cosas agradables, los firmantes convinieron una agenda común que incluye “educación masiva de calidad”, “desarrollo productivo”, y “pleno empleo”. Sorprende que se crea necesario firmar pactos sobre eso, como si alguien hubiera sugerido metas alternativas tales como “educación minoritaria y de mala calidad”, “estancamiento productivo” y “desempleo”. Claro que muchas veces la ineptitud ha llevado a esos resultados negativos. Pero no perdamos la perspectiva, eso jamás ha sido meta de partido alguno.

Los firmantes se comprometieron además a respetar la división de poderes y a no dictar leyes retroactivas. Y entonces uno se pregunta: ¿hay que firmar un documento para decir que hay que respetar la Constitución? Habrá luego que redactar otro pacto para comprometerse a respetar el pacto en el que se comprometieron a respetar la Constitución, y así al infinito. ¿No basta con las leyes?


¿Por qué se habla de políticas y no de leyes?
Y aquí uno descubre la importancia de la otra palabra en la repetida frase “políticas de Estado”. Se habla de políticas no de leyes y se verá (creo) que son cosas muy distintas. Claro que todavía muchas personas siguen apegadas (yo entre ellos) a la noción con la que nació Argentina en el siglo XIX, y con la que se hizo grande: la de “reglas claras y permanentes”.

La diferencia entre reglas y políticas tendrá que ser tema de otra nota. Algo adelanté en la que escribí sobre Dworkin (link). Es clarificadora la siguiente imagen: las reglas son como los carteles de tránsito, que nos dicen cuáles son las direcciones posibles, pero no a dónde ir. Las políticas en cambio eligen un camino entre los muchos que quedan abiertos según las leyes, y descartan otros. No porque sean ilegales, sino porque no se los considera convenientes.

Se ve que las reglas (o leyes) son propias de las ideas liberales clásicas. La ley organiza la libertad, pero no le dice a cada ciudadano o cada empresa cómo tiene que usarla. En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) se lee que son derechos inalienables “la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad”. Algunos se burlan sin razón de la frase, y advierten con algo de sorna que no se reconoce el derecho a la felicidad, sino a buscarla. Pero justamente allí reside la claridad conceptual de la frase. Las leyes, reglas generales e igualitarias, no pueden asegurar la felicidad. Y menos deben tratar de usar la fuerza del Estado para decir hacia dónde debe buscarla cada uno. Basta y sobra con que aseguren que cada cual la busque a su modo sin impedir que otros usen la misma libertad. De esa forma sigue siendo cierto que los derechos de cada uno terminan donde empiezan los de los demás.

Con las políticas entramos en otro mundo. Aquí hablamos de tomar rumbos, no ya individuales sino colectivos. Pero ¿si hay rumbos distintos que también respetan la ley, con qué derecho el Estado habría impedir que algunos los sigan? ¿Y si no los impide con la fuerza, entonces cómo?

Aparece la idea de los pactos o compromisos de políticas. Se asume piadosamente que no es la fuerza del Estado sino el compromiso (en verdad, la firma puesta por algunos líderes partidarios) lo que asegura que esas políticas y no otras serán las que se habrán de seguir.


Origen histórico del problema
En la concepción del gobierno que predominó en el siglo XIX el cambio de políticas no era tan dañino. Ni los gobernantes ni los gobernados pensaban que fuera función del Estado elegir las direcciones de la economía y la cultura. Con el cambio ideológico de los años 30 y 40 del siglo XX los Estados pasan a dirigir la economía y a veces emprenden políticas culturales, promoviendo un cierto tipo de arte y no otro.

Incluso en los Estados Unidos el New Deal (traducido: “el nuevo acuerdo”) les dice a los granjeros cuánto trigo producir, y les paga por quemar el exceso. En Alemania Hitler emprende los planes cuatrienales, y Stalin los quinquenales. Lo mismo hace Perón en Argentina.

En Gran Bretaña, el intelectual laborista Harold Laski se dio cuenta de que las nuevas doctrinas intervencionistas (que él mismo sostenía) creaban un problema que antes no existía: ¿dónde queda mi plan económico y cultural si pierdo la próxima elección y el próximo gobierno toma otro rumbo? Laski demandó que la oposición se comprometiera a mantener las políticas adoptadas por el gobierno laborista. Claro que esto contradice el sistema democrático, pero también es cierto que sin ese compromiso de poco vale adoptar políticas, y se cae en el cambio constante que desde entonces ha preocupado a tantos dirigentes.

Ese es el origen histórico y filosófico de la demanda por “políticas de Estado” que duren más allá de las elecciones…para lo cual deberían se adoptadas por todos los partidos. Cómo se hace para que esto no convierta en irrelevante el recambio democrático es un problema enorme del que pocos se ocupan. Yo creo que hay una contradicción fundamental entre el gobierno democrático y las llamadas políticas de Estado.

Fuera de que la firma de compromisos generales por algunos dirigentes es una base precaria para asegurar la continuidad de políticas, tenemos el problema (todavía más grave) de la coerción. Hay que preguntarse, ¿es legítimo (o siquiera constitucional) usarla para imponer un rumbo que todos deben seguir? Stalin, Roosevelt, Hitler, Mussolini, Laski, y Perón (con sus diferencias) coincidían en dar una respuesta afirmativa. Otros tienen dudas.Yo pienso que no es legítimo.

En los Estados Unidos, el profesor Cass Sunstein, asesor de Obama en materia regulatoria, ha sugerido en un libro eludir el problema con la técnica que él llama “nudge” (empujoncito o codazo) que no sería coerción, pero tampoco plena libertad. Creo que es una salida falsa. Un pisotón de elefante es suave si se lo compara con el empujoncito del Estado.

También es una salida falsa la firma de compromisos. Por fuerza se tienen que limitar a obviedades que nadie discute y a delegar todo a equipos de expertos. La razón fue explicada magníficamente por Frederick Hayek en su libro “Camino de Servidumbre”. En Argentina ni siquiera se debate sobre estos temas.



Argentina no es España

Una de las razones del entusiasmo por las “políticas de Estado” en la Argentina fue la búsqueda de un modelo europeo al momento de restaurarse la democracia luego de la derrota de Malvinas. Algunos adoptaron como ejemplo a imitar la transición democrática española, y en particular el Pacto de la Moncloa. Desde entonces muchos políticos locales creen que tienen que dejar su firma en algún pacto para así pasar a la historia.

No se advirtió que había diferencias esenciales. El país y el momento histórico son distintos. Los españoles tuvieron el Pacto de la Moncloa como paso hacia su Constitución definitiva. Ellos no tenían Constitución. El pacto contenía desde medidas económicas como el freno al incremento de la masa monetaria, y límites a los aumentos de salarios (políticas que pocos han imitado en Argentina), hasta el reconocimiento del derecho de reunión. Empeñarse en imitar ese pacto cuando ya se tiene, como en Argentina, una Constitución, es tanto como ensayar un ademán ritual sin saber para qué sirve.



Mi opinión

La solución no es otro pacto, otro compromiso, otro gran acuerdo nacional. Argentina abandonó hace ya más de medio siglo el ideal con el que nació, de la ley uniforme, clara, y estable. Cuando digo ley estable no digo inmutable, pero sí que no afecte derechos adquiridos, lo que (si bien se piensa en el requisito) es una freno fuerte y saludable a los experimentos legislativos. Sin eso tendremos que seguir viendo cómo se firman y se rompen pactos de tanto en tanto, y (según propone Sunstein) viviendo a los codazos y empujones.






martes, 18 de octubre de 2011

La falsificación del pasado en la Argentina. Primera nota

El Día de la Soberanía (...del puerto de Buenos Aires sobre el interior)

El 20 de noviembre la Argentina va a festejar el Día de la Soberanía, establecido por ley 20.770 en 1974. En términos históricos el festejo es relativamente reciente: hasta 1974 no se lo había considerado una gesta nacional.

La fecha se eligió para celebrar la batalla de la Vuelta de Obligado, entre una flota anglo-francesa que intentaba ingresar al Río Paraná y tropas enviadas por el gobernador Juan Manuel de Rosas que intentaron impedirles el paso. El festejo es paradójico, pues las fuerzas argentinas fueron derrotadas, murieron casi 10 argentinos por cada una de las bajas del enemigo (250 muertos contra 26), que además consiguió su propósito de ingresar al Río Paraná hacia su destino. Ver nota en la Wikipedia

Sin embargo, en vista de la resistencia ofrecida, las naves inglesas, francesas (y por supuesto, de cualquier otra nación) comprendieron que era muy riesgoso ingresar a los ríos argentinos sin el permiso del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, general Rosas.

Cabe preguntarse ¿a dónde iban esas naves inglesas y francesas? Ingresaron al Paraná y navegaron hacia el norte. Sí ya lo sabemos, el río conduce al norte, no al sur. Pero ¿cuál era su rumbo? ¿Cuál era su puerto de destino? Es revelador que en cientos de páginas web sobre la batalla de la Vuelta de Obligado y el Día de la Soberanía este dato no esté presente.
Los barcos ingleses y franceses intentaban llegar a la provincia de Corrientes, que desde hacía años estaba en rebelión contra Rosas. ¿Para qué querían llegar allí, y porqué Rosas se oponía a que navegaran hasta Corrientes? Busquen alguna explicación a estas obvias preguntas en las cientos de páginas que celebran la derrota de la Vuelta de Obligado y no la van a encontrar, o la van a ver muy oculta bajo párrafos y párrafos sobre la soberanía. Por excepción se puede encontrar alguna página web que no elude las preguntas obvias.

Felipe Pigna, conocido creador de mitos sobre la historia, escribe en una nota en Clarín titulada La primera batalla por la soberanía (¿olvidó la guerra de la independencia?) que la batalla se libró para defender la soberanía nacional. El artículo en la Wikipedia sobre la batalla sigue las líneas de Pigna.

Pacho O’Donnell escribe en La Nación que la batalla frustró la invasión del Río de la Plata (?)  y recuerda que también venían navíos mercantes "relamiéndose por el botín esperado". Absurdo, ¿qué botín podían encontrar en Corrientes? Los barcos venían con manufacturas que eran indispensables en el norte.


Pigna dice que los ingleses también estaban interesados en el algodón de Paraguay. Por supuesto, y además todo el norte quería vender sus productos sin pedirle permiso a Rosas. Pero eso no era un botín sino comercio.

Rosas no quería que los que se oponían a su dominio pudieran comerciar con el exterior. Recordemos que en el año 1845 se importaban hasta las cosas más elementales. Si una provincia no podía comerciar con el exterior, volvía a la edad de piedra. Si cortaba el acceso por el río hacia los puertos interiores, Rosas ahogaba a los rebeldes hundiéndolos en la miseria.

Por supuesto que Rosas, que al ser derrotado años después se refugió en Inglaterra, no tenía ningún problema en comerciar él mismo con los ingleses y los franceses Ver el artículo sobre libre navegación de los ríos en la Wikipedia, bastante más informativo sobre la política de Rosas que el referido solamente a la batalla. Lo que no quería era que otros lo hicieran sin su permiso. Todo pasaba por Buenos Aires, la Reina del Plata, que abría y cerraba la puerta de acceso al país a su gusto (al gusto de Rosas para ser precisos). Los que estuvieran más al norte en el río debían rendirse ante el dueño de la puerta o no tenían acceso al exterior. Buenos Aires usaba el río como si fuera suyo.

Por eso es que es cierto que (en lo que le importaba a Rosas) la derrota de la Vuelta de Obligado fue una victoria. Porque logró demostrar que era muy difícil y costoso salir del interior o llegar a él por los ríos sin el permiso de Rosas. El paso del río se le impidió a los barcos no porque fueran extranjeros, sino porque iban a puertos rebeldes. Por eso es que el dato del destino de esos barcos no se menciona o se minimiza en los cientos de páginas web que celebran la victoria. Los barcos ingresaron al Río Paraná luego de la batalla ¿Con destino a dónde? Página en blanco…no haga preguntas incómodas.
La campaña para convertir a Rosas en héroe de la lucha contra una imaginaria invasión extranjera es ridícula. ¡Qué hubieran dicho los correntinos de entonces si hubieran sabido que muchos años después se iba a celebrar en toda Argentina, y también en su provincia, la lucha de un hombre que pretendió doblegarlos cerrando el río! Un río que es de toda la Argentina (y del Paraguay y Brasil, claro), y no del mandamás de la provincia de Buenos Aires.

La lección histórica fue perfectamente comprendida por los grandes hombres que redactaron nuestra Constitución. Quedó grabada en el artículo 26, que dice:

La navegación de los ríos interiores de la Nación es libre para todas las banderas, con sujeción únicamente a los reglamentos que dicte la autoridad nacional.

Para todas las banderas dice. Pocas o ninguna nación del mundo debe tener un artículo semejante. Es que fue un problema propio de la historia argentina, producto de la geografía que favorece a Buenos Aires, y de su abuso por un tirano. Fue la dura lección aprendida al ver que Rosas sentado en Buenos Aires podía sumir al interior en la miseria controlando la entrada y salida por el río.

Los reglamentos que menciona el artículo son los destinados a la seguridad de la navegación, pero no pueden ser usados para favorecer a unos y arruinar a otros. Previendo que algún avivado de los que sobran en Argentina podría querer hacer nula a fuerza de reglamentos la libertad garantizada en el art. 26, el 28 advierte que:

Los principios, garantías y derechos reconocidos en los anteriores artículos, no podrán ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio.

Ahora bien, haga la prueba de encontrar si alguno de los tantos historiadores y comentaristas que celebran la Batalla de Obligado da una pista que relacione este hecho histórico nada menos que con la Constitución Nacional y se encontrará con otro silencio y otra página en blanco. Libre comercio y libre navegación son ideas contra las que el establishment intelectual lucha desde hace más de medio siglo.

El primero de sus silencios (recordemos) consiste no decir dónde iban los barcos por el Paraná, y para qué. O pretender que se trataba de una invasión. El segundo de los silencios consiste en ocultar la lección que este hecho histórico dejó, y que se puede leer en la misma Constitución Argentina. Pero ¿quién lee hoy la Constitución?


domingo, 25 de septiembre de 2011

Mitos sobre el derecho anglosajón

El derecho anglosajón se presenta muchas veces como un ejemplo del derecho hecho por los jueces. En la campaña permanente que libra ya hace más de medio siglo la mayoría de los juristas argentinos por aumentar el espacio de discrecionalidad judicial, el derecho anglosajón es sumamente útil. Se tiene un ejemplo real (?) de un derecho que cambia según cambian las decisiones de los jueces.
El problema de ese ejemplo es que es aproximadamente cierto sólo si nos referimos a la Inglaterra medieval. A partir del ascenso del sistema parlamentario a fines de la Edad Media, el derecho inglés evolucionó básicamente a través de las decisiones legislativas. Uno de los más reconocidos historiadores del derecho inglés, Frederick Maitland, señala que los últimos añadidos que terminaron de dar su forma definitiva al common law ocurrieron durante el reinado de Charles II, es decir, el siglo XVII (ver Maitland and Montague: A Sketch of English Legal History p. 132-133). De allí en más los cambios importantes se produjeron por acción del Parlamento. Parte de esos cambios consistieron en remediar algunas de las deficiencias del common law, tal como lo habían desarrollado los jueces medioevales (misma obra, ps. 141-5, 153, 158).
Por eso digo: la habitual leyenda de los jueces ingleses creando derecho en cada una de sus sentencias es casi verdadera…si uno se refiere a la edad media. Es una visión casi correcta si nos referimos a un sistema en el que todo el poder está concentrado en el rey y sus jueces. Y digo sus jueces, porque en ese tiempo –supuesto modelo para el siglo XXI- los jueces eran designados y removidos libremente por el rey. Incluso se conservan instrucciones escritas enviadas por los reyes a su jueces, indicándoles cómo querían que resolvieran este caso o aquél otro. Todavía en el siglo XVII, cuando ya el poder real empezaba a tener límites en el Parlamento, un juez que se atrevió a decidir casos en contra de la voluntad del rey fue despedido y enviado a su casa. Fue el famoso juez Coke (ver Maitland: Constitucional History of England, p. 271).


El juez creador, imagen inexacta incluso para la Edad Media
Pero, ¿por qué dije que esa descripción del juez diariamente creando derecho desde su tribunal es casi cierta si nos referimos a la Edad Media? Es que –si somos exactos- incluso es falsa para la Edad Media. Hay acuerdo entre los historiadores en que los jueces medioevales jamás pretendieron que ellos creaban derecho. Simplemente reconocían derechos preexistentes.
Empecemos por aclarar que hasta el mismo nombre “derecho anglosajón” introduce una inexactitud. El common law empieza cuando termina el reinado de los anglosajones. Cuando en 1066 los normandos derrotan a los anglosajones en la batalla de Hastings, Inglaterra pasa a tener reyes normandos. La mayoría de ellos no siquiera habla inglés, sino francés. Vienen de Normandía, en el oeste de Francia, y muchos de ellos viven allí. Para dar un ejemplo, Ricardo Corazón de León pasó sólo algunos pocos días de su vida en Inglaterra. Pero él era rey de Inglaterra, y eran sus jueces, así como los de reyes normandos posteriores, los que desarrollaron el common law. En verdad, en vez de derecho anglosajón habría que hablar de “derecho normando”.
Esa inexactitud es gruesa, pero si se la compara con las demás que se han tejido sobre el derecho anglosajón, no tiene tantas consecuencias.
El embuste más grave consiste en tomar una descripción parcialmente cierta para el medioevo y presentarla como válida para el derecho inglés de su época de apogeo. La verdad es que el entusiasmo por aumentar el espacio de discrecionalidad de los jueces tuvo su comienzo recién en las primeras décadas del siglo XX, y recién se hizo idea dominante luego de 1930. Este fue un cambio de rumbo fundamental, inspirado básicamente por los doctrinarios que –con gran sentido publicitario- se llamaron a sí mismos “realistas”.


Sin embargo, hasta ese entonces la historia del derecho anglosajón (o normando) había sido una larga lucha contra la discrecionalidad judicial. El más famoso de los constitucionalistas ingleses, A. V. Dicey, escribió en su libro The Law of the Constitution (publicado a fines del siglo XIX) que el recelo y el desagrado por la discrecionalidad es una de las características fundamentales del pueblo inglés, y que ella dio forma a sus instituciones y su derecho.
Ya en el siglo XX, en los años 30, algunos juristas americanos empezaron a re-escribir el pasado para acomodarlo a sus propuestas para el futuro. Como dijera Orwell, quien domina el pasado, domina el futuro. La imagen falsa que hoy tenemos acerca del derecho anglosajón proviene de esos años. Por supuesto, la nueva versión histórica no era desinteresada sino que era parte de nuevas doctrinas que intentaban cambiar (o para ser exactos: revertir) la tendencia contraria a la discrecionalidad propia del derecho anglosajón clásico.


Un ejemplo sobre la firmeza del common law
Veamos un ejemplo concreto que muestra la falsedad de la visión de la permanente adaptación del derecho a través de las decisiones de los jueces ingleses. Según los precedentes medievales que formaron el common law, el incumplimiento contractual daba lugar a una acción por daños y perjuicios. No existía la posibilidad de reclamar la ejecución forzada del contrato. Y los jueces no tenían manera de cambiar esa regla. Intentarlo hubiera sido considerado una falta gravísima del juez. Hacia fines de la edad media, se buscó un remedio a este problema creando una jurisdicción paralela en la Cancillería inglesa, que sí admitía la ejecución forzada ante el incumplimiento contractual. Los jueces del common law siguieron sin embargo aplicando el derecho, imperfecto y todo, tal como verdaderamente era: sólo dando acción por daños y perjuicios. Esto recién cambió con las grandes reformas –de origen legislativo- que se hicieron a fines del siglo XIX.
Obsérvese que si fuera cierto que los jueces iban adaptando el derecho a las necesidades cambiantes, hubieran bastado algunos leading case admitiendo la ejecución forzada de los contratos ante el incumplimiento, y asunto arreglado. Pero no fue así, y la razón es que la fijeza del derecho inglés clásico daba respuesta a la mayor de todas las necesidades que atiende el derecho: la necesidad de que los derechos sean seguros, y no dependientes de la buena o mala ocurrencia de un juez.


El derecho verdadero y el espíritu independiente
Los hombres de espíritu independiente quieren tener la tranquilidad de saber que si disfrutan de su casa es porque les pertenece en derecho, y no porque un juez tuvo una visión favorable a sus intereses. Si pueden dar sus opiniones libremente, es porque ese ha sido el derecho inmemorial de sus antepasados, y no porque alguna Corte haya decidido otorgárselos.
Los ingleses sabían que imperfecciones como la que existió largo tiempo ante el incumplimiento contractual no son tan graves, y además tienen arreglo. Sabían que mucho más grave –mucho más humillante para un hombre independiente- es pasar a vivir en una tierra en la que el derecho es lo que dice el juez.
En todo lo anterior me he referido al derecho inglés clásico, no al presente. En nuestros días el derecho inglés se ha reformado, y sigue siendo reformando, en imitación del modelo continental europeo. En lo básico, las instituciones inglesas actuales se parecen cada día más a las francesas y alemanas. Este es el fruto de una larga lucha de sus doctrinarios contra las ideas fundamentales del derecho inglés. Para muestra señalo el comentario despectivo –sólo en un pie de página- que hace un doctrinario inglés del siglo XX, Joseph Raz, al más grande constitucionalista clásico de su país, A.V. Dicey (artículo de Raz: The rule of law and its virtue, en su libro The Authority of Law).
Dicey fue profesor en Oxford, y su libro sobre las instituciones inglesas, editado y reeditado cantidad de veces, fue admirado por generaciones de juristas ingleses (Raz se queja de que los tenía "encantados"). Hace años que ese libro se dejó de publicar en el Reino Unido (se lo ha hecho en los Estados Unidos). Es todo un resumen del cambio operado en las últimas décadas por los doctrinarios ingleses.
Pero la web ha cambiado las cosas. Los documentos y las obras fundamentales sobre el derecho anglosajón clásico están disponibles para todo el que lea inglés. Desde la Carta Magna, hasta la historia del common law de Hale (libro original del siglo XVII), incluyendo las magnificas obras de Dicey y de Maitland, están en la web. La web hace que reescribir la historia no sea tan fácil.


Nota: las citas a páginas las he hecho de las versiones impresas que tengo en mi biblioteca. Las versiones en pdf a las que he puesto un link pueden tener alguna diferencia en la paginación.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El mayo francés de 1968: la imaginación y el poder

El lema del mayo Francés "la imaginación al poder" resume en una frase uno de los grandes errores del siglo XX



El año 1968 tuvo dos grandes finales: el final violento de la "Primavera de Praga", y el final insípido del mayo Francés (van links a la Wikipedia).  El intento de los checoeslovacos por obtener un poco de libertad fue vencido cuando su país fue invadido por entre 200.000 y 600.000 soldados (las estimaciones varían)  rusos, búlgaros, polacos y húngaros.  La protesta de los estudiantes franceses, a los que se unieron luego algunos sindicatos, fue vencida al mes siguiente de comenzar. El presidente de Gaulle llamó a elecciones para el mes de junio, y el pueblo francés votó masivamente en apoyo de su gobierno.


"La imaginación al poder" escribían en las paredes los estudiantes parisinos. Siempre he pensado que es una injusticia que el mundo recuerde más el Mayo Francés que la Primavera de Praga. Pero además me sorprende que el error colosal del lema más famoso de los estudiantes parisinos no haya sido advertido.


Por supuesto, no tengo nada contra la imaginación. Pero me pregunto ¿por qué "al poder"? Si necesito poder es porque quiero usarlo para imponer las cosas que yo imagino a otras personas. Pero esas personas quizá imaginan cosas distintas. No necesito adquirir poder político, no necesito la posibilidad de mandar a otros, para imaginar yo mismo: no necesito el aparato del gobierno para pintar cuadros abstractos o figurativos, o para no pintar. Pero necesito poder para decidir qué se habrá de pintar y qué no. Si hablamos de poder, se entiende, hablamos de poder sobre la vida de otras personas. Decidir quién gana y quien pierde, y cuánto pierde; quién obtiene el subsidio y quién no. El poder sirve para imponer cosas: sean leyes que gobiernan a todos, u órdenes concretas para que se haga algo que me parece bien, o que se deje de hacer lo que no me place. Imagino cosas, no sólo para mí propia vida, sino para la vida de los demás. Y si no les gusta...bueno, para eso precisamente quería tener el poder.


El lema del Mayo Francés "la imaginación al poder" resume en una breve frase uno de los grandes errores del siglo XX: el haberse dejado a un lado la preocupación por los peligros del poder. Por varios siglos la tarea de los políticos y de los pensadores, desde Montesquieu y Locke hasta Jefferson y Lord Macaulay fue la de limitar el poder. La experiencia sangrienta de siglos les había mostrado los peligros del poder ilimitado: poder para imponer lo que yo imagine a los demás. Si los protestantes franceses no siguen la religión de su Rey Sol, pues se los persigue y se los expulsa. Si un político se atreve a imaginar cosas distintas al rey, se lo encarcela. Por eso, el problema principal de los siglos que precedieron al XX era ponerle el cascabel al gato. Poner límites a la voluntad de quienes ejercen el poder. Ponerle barreras: elecciones periódicas, división del legislativo, el ejecutivo, y el judicial. No permitirle dictar leyes retroactivas, no permitirle apoderarse de bienes de los habitantes sin pagar por ellos, obligarlo a soportar la crítica de la prensa sin chistar, y mil otras formas de obtener lo mismo: sujetar el poder de quienes quieren imaginar cómo debe ser la vida de otros.


El siglo XX pareció creer que el poder no encerraba peligros, sino solamente oportunidades. Palancas de fuerza que se podían mover para que grupos de inspirada imaginación decidieran que millones de personas tenían que vivir de una manera u otra. Poder para tener la oportunidad para ejercer esa imaginación: la imaginación de Mussolini y sus seguidores de una Italia unida y fuerte en la que la lucha de clases fuera superada a través del diálogo de las corporaciones fascistas. Se imaginó al pueblo italiano otra vez unido con las firmeza de las fascies de los lictores  romanos. Poderosa imagen de la imaginación de los líderes, que la nación siguió. Algunos por voluntad propia, otros a los palos.


Tenemos también en el siglo XX la imaginación de Adolf Hitler, forjada en su juventud de privaciones, en la que -según cuenta en su libro Mi Lucha- a veces prefería asistir a una ópera de Wagner antes que comprar alimento para su mesa. Los Nazis imaginaron una alemania de campesinos y obreros arios -fuertes y decididos- que compartían una misma forma de ver el mundo (Weltanshauung en alemán). En la película Kabaret hay una escena que nos da una idea bastante clara de la emoción que esa visión de la vida en común presentaba. Una vez en el poder, los Nazis dieron rienda suelta a su imaginación.





Unos años después, en Camboya, Pol Pot y su ejército de soldados adolescentes imaginaron también una comunidad rural pura, alejada de la podredumbre que -según su visión del mundo- crecía al abrigo de las ciudades. Link al artículo correspondiente en la Wikipedia. También Pol Pot buscó que lo que él imaginaba se cumpliera a través del ejercicio del poder. Si el campesino es honesto y solidario, obliguemos a todos a dejar las ciudades. Si el dinero corrompe, decretemos la abolición del dinero. Ordenemos que nuestra visión se haga realidad. Incluso se les ordenó a los pacientes de los hospitales que caminaran hacia el campo. Pol Pot imaginaba cómo debía ser la vida de millones de camboyanos, y ahora tenía el poder. Si bien sus soldados eran en su mayoría adolescentes violentos armados con ametralladoras chinas, tanto Pol Pot como sus asesores eran intelectuales que habían estudiado en París. Ningún otro grupo revolucionario había tenido una educación tan elevada (por desgracia, sólo la wikipedia en inglés tiene datos sobre la educacion de los asesores de Pol Pot). Evidentemente en París nadie se ocupó de enseñar a esos asesores que seguir los dictados de la imaginación desde el poder puede ser desastroso.


Quizá se tomaron en serio eso que afirmaba un graffiti parisino: "Un solo week-end no revolucionario es infinitamente más sangriento que un mes de revolución permanente". Se calcula que un cuarto de la población camboyana murió en el experimento.


De paso hay que decir que ni los estudiantes parisinos ni los asesores de Pol Pot han imaginado cosas demasiado originales. Por ejemplo: la comunidad de campesinos sonrientes (a la fuerza), es una constante en la ensoñaciones que necesitan del poder para realizarse. Tampoco hay demasiado uso de la imaginación en las pintadas que aparecieron en las paredes de las universidades parisinas:  
"Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar."
"¡Viva la comunicación! ¡Abajo la telecomunicación!"
"Camaradas: proscribamos los aplausos, el espectáculo está en todas partes".


En muchos graffiti hay un definido estilo adolescente que no le sienta a sujetos a los que ya les crece la barba:
"Decreto el estado de felicidad permanente."
"Mis deseos son la realidad."


Otro de los inmerecidamente famosos slogans del 68 francés fue "Sean realistas: pidan lo imposible". Pedir lo imposible es tonto. Incluso hay cierta deshonestidad en pedir lo que uno sabe que es imposible. Pero lo peor empieza cuando ya no se pide solamente, sino que se exige lo imposible. Sin poder se pueden pedir absurdidades, lo que ya es lamentable. Con poder ya se puede empezar a exigirlas, y ese es el anuncio de la tragedia.

domingo, 4 de septiembre de 2011

¿Somos los argentinos demasiado individualistas, o muy poco individualistas?

Cuando la gente ve el caos del tránsito, con autos en doble fila, o detenidos sobre la senda peatonal (y no antes de ella), o la basura en las veredas, suele decir: los argentinos somos demasiado individualistas, no nos preocupamos por los otros, no somos solidarios.
Sin embargo, cuando les preguntan sobre las virtudes de los argentinos, muchos suelen responder: somos más solidarios, no tan individualistas como los norteamericanos y europeos, que andan cada uno por su lado. Somos más familieros, acá siempre alguien te va a dar una mano.
Si sumamos estas dos respuestas corrientes sobre nuestros defectos y virtudes el resultado parecería ser que si bien los argentinos somos más solidarios que otros pueblos, deberíamos ser más solidarios todavía. Que si bien somos menos individualistas que ellos, deberíamos ser menos todavía.
Por mi parte creo que las respuestas muestran que en Argentina falta incluso el concepto de qué significa ser individualista.
Se ha terminado por identificar el individualismo con el salvajismo, con acomodarse en la cola, con avanzar contra los peatones al girar en el cruce de calles (y si no corren por su vida, a insultarlos). Pero veamos un poco ¿qué significa ser individualista?
La propia palabra nos dice que significa pensar y actuar como individuo, no como miembro de un grupo o una masa de gente. Quiere decir que no voy a comprar la música que escuchan todos mis amigos, sin decidir primero si a mí (a este individuo que soy yo) me gusta. No voy a sostener una opinión porque es la de los miembros de mi familia, sino a pensar por mí mismo. No voy a creer que un hecho es verdadero porque lo dicen todos, sino que voy a tratar de llegar a mi propia conclusión independientemente.
Mucha gente rechaza el verdadero individualismo porque cree que es una forma de arrogancia. No, no es arrogancia, pero sí es cierto que el individualismo requiere tener respeto por uno mismo. Vale que yo me tome el trabajo, con responsabilidad y esmero, de llegar a conclusiones por mí mismo. Eso no consiste en decidir a la veleta lo primero que me cae bien, sino en pensar detenidamente y actuar justamente. Cuando uno dice demasiado a menudo ¡qué sé yo!, cuando uno dice sobre todo lo valioso y noble: ¡a mí qué me importa! uno en verdad dice ¡a mí no me importo!
El individualismo no es más fácil, sino más difícil, porque requiere asumir la propia responsabilidad sobre lo que uno piensa y sobre lo que hace.
Veamos una de las tantas costumbres aberrantes que se han desarrollado en estos años en los que nos hemos olvidado del concepto mismo de individualismo. Me refiero a esos padres que agraden a la maestra cuando sus hijos sacan malas notas o se portan mal


 (link a notas sobre la agresión a docentes: a un hombre, y otra a una mujer)
Lo que se ve allí no es individualismo sino, al contrario, una actitud tribal en su vesión más primitiva. Quien piense como individuo tratará de evaluar por sí mismo si su hijo estudió lo suficiente, si faltó muchos días, dará una mirada a sus cuadernos, etc.
En cambio, quien piense como miembro de un grupo no necesita hacer eso: lo que cae mal en mi familia está mal, y si lo hace una maestra que no es pariente mía, le pego y la insulto. No me importa si ella tiene razón. La voy a atacar incluso sabiendo que el pibe ha vagueado delante mío por meses. La razón no me importa, ni en esto ni en ningún otro asunto. Lo que importa es si la maestra forma parte del grupo al que yo pertenezco. El nene es mi hijo…lo demás se puede ir al…
La verdad es que buena parte de las cosas malas que vemos se deben a la pérdida de la capacidad de obrar como individuos. Los extranjeros se asombran por esa aparente contradicción que ven acá, entre el argentino que lo recibe con abrazos y besos en Ezeiza, y que al volver del aeropuerto les tira el auto a los peatones, arroja basura en la plaza en la que juegan nenes, e insulta al que le pide que corra su auto que tapa el garage. Esa bestia no es individualista: actúa según el grupo al que pertenezca el que se le cruza: besos y afecto para adentro, basura e insultos hacia fuera.
Para peor, el relativismo moral –que hace años se enseña y se aprende en Argentina- ha hecho que el grupo en base al cual muchos deciden sus actitudes sea cada vez más chico. Sin apego a principios morales, lo que queda es ser leal al grupo. No exageremos, no es que la familia y la barra de amigos sean tan decisivos para los argentinos, sino más bien que no hay otra cosa en la cual basar las decisiones.
Los niños y los adolescentes suelen ser los más dependientes de la opinión de los otros. Primero de lo que dicen mamá y papá, luego (cada vez más precozmente) de lo que dicen los demás de la barra. Madurar debería significar aprender ser independiente. No a cambiar de barra y pasarse a otra más canchera, sino a no depender de ninguna. Esto no significa perder los afectos, sino hacer que el afecto sea puro, y no mezclado con la dependencia y la manipulación.
Ser independiente no significa explotar a otros, sino al contrario, no depender de los demás. Quien se dedica a explotar otras personas debe pasarse horas y años presionándolas, manipulándolas, previendo lo que harán y dejarán de hacer. La persona independiente rechaza todas esas actividades con disgusto.
A muchos se les ocurre que la solución es ampliar el grupo: ya no depender sólo de la familia o la barra, sino decidir en base al barrio, en base a la nación. Si es del barrio bien, si no que se corra de mi camino. O quizá: si es argentino es mi amigo, si es extranjero es mi enemigo. Creo que esa no es la salida, sino recuperar el individualismo verdadero. Y para hacerlo debemos recuperar el concepto mismo. Hasta eso hemos perdido.