viernes, 16 de agosto de 2019

Argentina y la competitividad de la pobreza


    Desfilan en los canales de televisión economistas mediáticos que aseguran que la brusca caída en la cotización del peso argentino es beneficiosa. Algunos explican que así los valores “se han sincerado”, expresión que ya pasa a repetir el público que escucha semejantes mensajes.
     Los expertos televisivos opinan que es bueno que el dólar esté a 60 pesos porque mejora la competitividad de nuestra economía; así nuestros productos pasan a ser más baratos y hay mayores chances para venderlos en el exterior. Escribí a mediados de 2015 una nota (link) en la que señalaba que a mi juicio esa evaluación era equivocada. Hoy se repite ese error con el mismo entusiasmo de siempre, así que me gustaría añadir algunas cosas.

Por qué la devaluación no nos hace más competitivos
     Si la devaluación del poder adquisitivo de una moneda fuera el método de mejorar la competitividad, entonces Argentina debería ser el país más competitivo el mundo. Leo en un diario (link) que desde su creación el peso ha perdido 13 ceros, ya que de otra manera tendríamos que hacer nuestras cuentas en miles de cuatrillones ¿Por qué entonces, luego de insistir tanto en reducir el valor de nuestra moneda no logramos ser más competivos sino menos?
     Se dirá que lo que ocurre es que el efecto benéfico de la devaluación no dura mucho porque al poco tiempo los precios y salarios aumentan con lo que el resultado neto es un mero cambio numérico, y no una mejora en la competitividad. Según esta explicación, los beneficios serían duraderos si los precios y salarios argentinos (sobre todo estos últimos) no se recuperaran, si permanecieran deprimidos luego haberse depreciado la moneda en la que están expresados.
     Ejemplo de ese “logro” -se nos dice- sería la devaluación producida durante el gobierno del presidente Eduardo Duhalde, luego del derrocamiento del presidente Fernando de la Rúa. El peso pasó a tener la cuarta parte de su valor pero por un tiempo considerable los sueldos no se recuperaron. Todavía hoy se repite como si fuera un rezo que “Remes Lenicov hizo el trabajo sucio” que permitió la recuperación argentina (Remes Lenicov era el ministro de economía de Duhalde) ¿Por qué los sueldos no subieron con la inflación? Es que en el año 2002 hubo un desempleo fenomenal y niveles récord de pobreza. La gente se daba por contenta si al menos conservaba el empleo. O sea, para que funcione el método debe haber devaluación pero también desempleo y pobreza generalizada. Quizá por eso a ese “logro” del presidente Duhalde se lo llama “trabajo sucio” pero necesario. O así se cree.
     Pero incluso la desocupación no le hubiera bastado al presidente Duhalde para contener reclamos si no hubiera tenido el dominio absoluto del Congreso. La cúpula del partido opositor era comandada por Raúl Alfonsín, en ese momento de total acuerdo con Duhalde en cuanto a la vía elegida. El Congreso votó todas las leyes económicas que le envió el gobierno. Esa unión de los dos partidos mayoritarios, o al menos de sus dirigentes, tampoco es frecuente en nuestra historia.
      Recapitulemos la receta: para que la devaluación -el “trabajo sucio”- nos haga más competitivos como nación, se necesita enorme pobreza, extrema desocupación, y un gobierno sin oposición.
     Y entonces ¿por qué las repúblicas bananeras, que reúnen todas esas condiciones, no son competitivas?
     Peor todavía, la Argentina no es aún -al menos de modo completo- una república bananera, así que no es posible mantener por mucho tiempo y de modo simultáneo las tres condiciones: pobreza, desocupación, y un gobierno unido a su oposición.

El “trabajo sucio” (e inútil)
     El método Duhaldista de recuperación económica no hubiera durado mucho tiempo. En algún momento hubieran empezado a arreciar los reclamos salariales y algunas voces se hubieran empezado a sentir en el Congreso lo que hubiera roto finalmente el dominio de los líderes de ambos partidos mayoritarios.
     Pero, aunque sea por un tiempo ¿sirvió el trabajo sucio”? El relato, lo que repiten los animadores y periodistas en televisión, es que el “trabajo sucio” de presidente Duhalde salvó al país. Cuando algunos exaltan la trayectoria del economista Roberto Lavagna, se les suele responder que quien hizo el verdadero trabajo fue Remes Lenicov. Lo cual parece asumir implícitamente que ese trabajo fue meritorio. Más todavía, en 2019 algunos parecen creer que habría que lanzar un “Trabajo Sucio 2.0”.
     Creo que esa descripción del pasado es falsa y que la receta es funesta. El trabajo no sólo fue sucio sino además inútil. Destruyó el ahorro y la seguridad jurídica. Lo que hizo competitiva por un tiempo a la Argentina, o mejor dicho a una parte de ella, fue la multiplicación del valor de los productos agrícolas, en especial la soja. La industria siguió siendo incapaz de colocar sus productos en el mundo, salvo honrosas excepciones que nada tienen que ver con los supuestos beneficios de la devaluación. Recordemos además el éxito de la comitiva presidencial destinada a conquistar el mercado de Angola.

El “atraso cambiario (traducido: tu sueldo es demasiado alto)
     Me he ocupado un poco de los hechos del pasado porque la repetición constante del relato falso sobre ellos tiene consecuencias en el presente. No aprendemos de la historia, aprendemos del relato. Los animadores, expertos, y políticos que hoy desfilan por la televisión (que ya no se distinguen mucho unos de otros) opinan acerca de cuál sería el “dólar competitivo”, y afirman a la pasada que el dólar está “retrasado”, que hay o había “retraso cambiario”.
     Lo que quieren decir, pero les cuesta afirmarlo directamente, es que el peso debería valer menos. Es obvio que lo que cambia su valor no es el dólar ni el euro, sino nuestra moneda.
     Lamentablemente, aveces un simple cambio en las palabras hace que lo horrible no parezca tan feo. Los animadores-expertos-políticos prefieren hablar como si todas las monedas del mundo hubieran subido cuando la verdad que cualquiera entiende es que la nuestra vale menos. Pero esa no es la inexactitud principal. Lo cierto es que lo que los animadores-expertos-políticos nos dicen cuando hablan ligeramente del “dólar competitivo” es que nuestros sueldos son muy altos y que si bajan nuestra economía se volverá más competitiva.
     Basta pensar un momento para advertir que si el valor de cambio del peso bajara pero todos los precios y salarios crecieran a la par, el supuesto beneficio no existiría. Y como nadie hace inversiones en la industria pensando en condiciones que a poco cambiarán, lo que se necesita es un empobrecimiento sostenido en el tiempo. Trataríamos de competir con los sueldos chinos.
     Como ese “trabajo sucio 2.0” resulta difícil de vender al público, es necesario usar eufemismos. “Atraso cambiario” suena como si habláramos de un reloj que necesita una vuelta de manecilla.
     Una de las cosas que hacen terriblemente ineficiente (e injusto) al método de mover la mancilla es que cambia todos los valores. A diferencia del mercado, opera de forma indiscriminada. Además, se pierden los ahorros, desaparece el crédito, y bajan todos los sueldos, incluso los de los trabajadores de actividades que no necesitaban ese “estímulo” para ser competitivas. La posterior recuperación salarial no sólo evapora los efectos de la pócima mágica, sino que hace confusas las señales que deberían ofrecer el sistema de precios y el del mercado laboral. Hace permanente y dramática la lucha por el salario, que se transforma en lucha política y donde los que ganan no son los que ofrecen mejores servicios y productos sino los que pueden ejercer más presión. Por ello es que movemos la manecilla de tanto en tanto y no logramos la prometida competitividad.

¿Qué datos mira el mundo?
     La devaluación de agosto de 2019 no alcanzó los niveles de la de 2002, todavía. No se produjo con ningún decreto sino porque se prevé una vuelta a los métodos ya ensayados por el anterior gobierno durante más de una década: cerrar la economía, congelar precios, renegociar compulsivamente (otro eufemismo contradictorio) las deudas internas y externas, y cuando todo eso vuelva a fallar, imprimir billetes.
     La oquedad de algunas cabezas hace que puedan creer que el resultado de su voto nada tiene que ver con la depreciación del poder adquisitivo de los billetes que tienen en el bolsillo, ni con la caída de las acciones de empresas argentinas. El peso argentino se desplomó al conocerse el alto porcentaje de argentinos que desea ver otra vez la misma obra y con el mismo elenco de actores por todos conocido. Sin embargo, algunos afirman y juran que entre una cosa y la otra no hay relación.
     Ahora bien, los inversores no suelen tener la cabeza hueca. No han estudiado el relato, ni siguen a la televisión argentina para orientarse en sus decisiones. Echemos en cambio una mirada al informe del Foro Económico Mundial acerca de la competitividad (link). A muchos alcornoques locales les resultará insólito que entre cantidad de datos y variables de ese informe no se dé relevancia a la competitividad del “dólar alto”. Extrañamente, el informe sobre competitividad computa la seguridad jurídica, la innovación empresarial, el desarrollo del mercado financiero, y hasta la educación. Eso es lo que hace competitivos a los países. En esos aspectos, los que cuentan de verdad, Argentina está bastante abajo, en el puesto 81, bien por detrás de Chile, de Brasil, o de Perú.
     Hay que resaltar sin embargo que si bien el informe de 2018 (el último disponible) nos ubica en el puesto 81 de competitividad, en el anterior que abarca el período 2013-2015 estábamos aún peor, en el puesto 104, diferencia bastante significativa (de muy malo a malo) que muchos liberales mediáticos argentinos descartarían para seguir lanzando brulotes.

¿Importa la calidad institucional?
     Los alcornoques, de los que tanto abundan, se asombrarían al ver que los países más competitivos no son los que tienen sueldos más bajos. Lo bajo o alto de los sueldos no es una causa de la competitividad sino su consecuencia ¿Es eso realmente tan difícil de entender?
     Entusiasmados por el “trabajo sucio 2.0”, muchos desdeñan el valor del respeto por la palabra dada en los contratos y la confianza que merezcan las instituciones. Que nuestro Código Civil y Comercial admita leyes retroactivas para los contratos no despierta el menor interés, ni siquiera entre los juristas (ver mi nota sobre ese problema). Peor todavía, en Argentina pasó casi desapercibido que un gobierno, de común acuerdo con la oposición, removió a los jueces de la Corte Suprema federal hasta lograr que -con una nueva composición- dijera que saquear depósitos bancarios no violaba el derecho de propiedad. A eso se lo llamó una “renovación” de la Corte (otro eufemismo repetido hasta el cansancio en TV). Luego, ya contando con esa protección tribunalicia, se expropiaron los fondos de pensión, que en otros países son uno de los pilares del crédito y el ahorro. El eufemismo elegido en este caso fue que se “unificaron” los sistemas privado y el público (léase, el segundo se apoderó del primero). Años atrás escribí un comentario en inglés sobre estos fallos. ¿Y todo eso qué tiene que ver con la competitividad? Mucho.
     Dije que como en última instancia los sueldos dependen de competitividad y no al revés, no se avanza bajando sueldos. Pero por la misma razón tampoco es cierto que sea una herramienta adecuada elevarlos artificialmente. Sin embargo, en nuestra desgraciada tierra, lo que importa es la cantidad de veces que los animadores-expertos-políticos repiten un slogan. Ni siquiera es relevante que sean contradictorios, que pontifiquen sobre las bondades de un dólar alto y de “ponerle dinero en el bolsillo a la gente”.
     Algún día eso dejará de ser creído.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias por su mensaje. Creo que la confusión sobre este asunto debió haber sido explicada con toda claridad por los tantos liberales que han desfilado por TV en estos años. Al no haberlo hecho, la confusión persiste y vuelve con fuerza

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