domingo, 26 de julio de 2020

Roberto Gargarella: cambiar la parte orgánica de la Constitución Argentina


Publiqué en el diario El Federal una nota (link) sobre las propuestas de cambios al sistema de representación política que Roberto Gargarella viene impulsando ya hace varios años. Querría ahora complementar lo que allí expuse.
     Desde sus notas en los diarios La Nación y Clarín, entrevistas y clases online, Gargarella critica el sistema representativo que diseña nuestra Constitución. En un reciente artículo incluso sostiene que es un sistema para la impunidad y que ofrece opciones extorsivas a los votantes (La Nación del 3/7/2020, también en Clarín 5/9/2019). Semejante denuncia, lanzada por uno de los académicos con mayor presencia en medios de circulación masiva, y que pasa por moderado, merece un examen detallado.
     En una nota anterior de este mismo blog (link) me ocupé de las opiniones que Gargarella ha formulado sobre la llamada protesta social. Este fue el tema al que dedicó su libro “El Derecho a la Protesta. El Primer Derecho” (Editorial Ad-Hoc 2005). Desde hace algún tiempo, y sin abandonar su prédica en favor de ese método de lucha política, ha añadido las asambleas ciudadanas que, como las protestas, es una forma de saltar por sobre la representación política para que el pueblo exprese directamente su voluntad (o más exactamente, para que la expresen los que concurran a las marchas y asambleas).
     Gargarella critica la Constitución Argentina y otras similares porque a su juicio las reformas que incorporaron derechos sociales y económicos en su primera parte debieron al mismo tiempo haber reformado la parte orgánica, es decir, la que regula las instituciones, el Congreso, la Presidencia, y el Poder Judicial, sus facultades y límites. Esta parte esencial de la Constitución es su “sala de máquinas” (como la llama Gargarella), y es la que en su opinión falta reformar (ver su libro “La Sala de Máquinas de la Constitución” Ed. Katz; disertación en Parlamento de Uruguay YouTube, notas en La Nación del 4/10/2018 y 11/4/2019, Asimismo Clarín 29/11/2019).
     Creo que las ideas que expone Gargarella son una distracción inútil que saca de foco (deja en la oscuridad) a los verdaderos problemas. Lo que es peor, contribuyen (quizá sin intención) a perpetuar confusiones que han causado enorme daño al país.
     Analizaré cinco errores en su análisis, empezando por el más obvio y siguiendo con los más oscuros, que quizá por ello son los más peligrosos.

Primer error: el problema no es el sistema representativo
     En su diagnóstico Gargarella afirma que la misma impunidad que se observa en Argentina se da también en los países que tienen sistemas similares al nuestro. Explica “No es por azar que la tríada de los males mencionados -abusos de poder, corrupción, impunidad- aparezca, recurrentemente, en contextos y países diversos, reunidos básicamente por una similar estructura institucional.(La Nación, 3/7/2020)
     Eso no es cierto, Argentina tiene una Constitución y un sistema representativo que no difieren demasiado del de otros países de la región y del mundo que, sin embargo, no tienen ni por asomo los niveles de corrupción que ha padecido Argentina en años recientes. Ciertamente, pueden encontrarse malos ejemplos incluso en países que tienen décadas de gobiernos decentes. Pero pocos han tenido el espectáculo de docenas de políticos (más sus contadores, choferes, y jardineros) devenidos millonarios en el poder.
     Y ni siquiera es necesario pensar en otros países de constituciones similares para advertir que lo que dice Gargarella no es cierto. No hubo tal corrupción (nada que pueda compararse) durante los gobiernos de Illia o Alfonsín, cuando regía esencialmente la misma constitución.

Segundo error: La élite vs el pueblo
     Un error menos obvio, pero repetido a lo largo de la historia, es el que reinstala Gargarella al contraponer al pueblo y a una supuesta “élite política”. Copiando el tipo de argumento más frecuente entre los populistas, no distingue entre partidos ni ideologías. Con el rótulo de “élite política” quedan en la misma bolsa Menem, Carrió, Kirchner, Macri, Frederic y Bullrich, como si sus ideas y conductas fueran similares, o en todo caso, irrelevantes.
     Debería ser obvio que tampoco “el pueblo” o “los ciudadanos” tienen las mismas ideas políticas. Votan de modo distinto, apoyan soluciones en las que algunos creen y otros no. Obviar esas diferencias para separar a dirigentes y pueblo es una de las estrategias lamentables que usaron y siguen usando los enemigos del sistema republicano.
     El ejemplo más cercano es la protesta contra “la política” del año 2001. En términos similares a los de Gargarella, Juan Pablo Feinmann, filósofo oficial del Kirchnerismo, sostenía por ese entonces que el pueblo “denuncia que la 'política representativa' ha devenido 'oligarquía política' traicionando el mandato democrático que se le ha confiado. El pasaje que la clase política realiza de la ´representación' a su sustantivación olilgárquica ocurre cuando deja de representar al pueblo y consagra a representarse a sí misma y a sus grupos financieros” (Filosofía de la Asamblea Popular. En la obra colectiva ¿Qué son las Asambleas Populares? Ed. Peña Lillo 2002).
     En la misma obra, Miguel Bonnasso proclamaba el fracaso de la democracia representativa, tal como ahora lo hace Gargarella, y anunciaba el propósito de “avanzar desde una democracia representativa a una democracia participativa. Porque la democracia representativa ha fracasado en América Latina”.
     Paradójicamente, o no tanto, ese proceso terminó dando el poder a un veterano político, Eduardo Duhalde, que había perdido las últimas elecciones pero que tenía el apoyo de muchos otros políticos profesionales.
         
La objeción no es nueva ni es justa
     La crítica a la democracia “formal” y “burguesa” tiene una larga y penosa historia. Socialistas y fascistas se mofaron por décadas de los procedimientos parlamentarios a los que declararon perimidos, en crisis terminal, irreversible. El profesor Gargarella, que en su obra “Marxismo Analítico, el Marxismo claro” ha profesado su amor platónico por el Marxismo, seguramente conoce esa historia y esos antecedentes doctrinarios.
     Ya en 1917 Lenin colocaba una guardia militar para impedir que funcionara la Asamblea Constitucional, democráticamente elegida en elección en la que su partido había participado sin obtener la mayoría que deseaba. La excusa para cerrar ese cuerpo en el que eran minoría fue dar “todo el poder a los soviets”, es decir a asambleas de soldados y trabajadores que se suponía eran más representativos. La Constitución Soviética de 1918 incluso garantizaba la luz y la calefacción para las reuniones de esos comités populares. Ciertamente, todo el poder terminó en manos de Lenin, al que Rosa Luxemburgo describió como un nuevo Zar.
     A socialistas, marxistas, y fascistas, se sumaron en Argentina los nacionalistas, con José María Rosa arremetiendo contra “El fetiche de la Constitución”.
     Menciono la admiración de Gargarella por el Marxismo porque creo que la honestidad intelectual requiere saber dónde está cada uno parado y adonde quiere ir. Cierto es que los llamados “fellow travellers” (compañeros del camino hacia el socialismo) siempre se han desentendido de los resultados reales de sus ideas. Que han sido mal aplicadas, que no era el momento, que tomó las riendas el líder equivocado. Sin embargo, creo que cuando hablamos de experimentos con personas, con naciones enteras, con millones de seres humanos, no es suficiente anunciar que la próxima vez será distinto.

Tercer error: corrupción y terapias alternativas
     Las terapias que propone Gargarella ante la impunidad son tan borrosas como su descripción de los hechos. Sugiere hacer política “desde afuera y abajo”, lo que quizá quiera decir: desde afuera de las instituciones representativas que él ha declarado irreversiblemente en crisis. El primero de los remedios alternativos que lo entusiasmaron fue la protesta social, a la que dedicó su libro “El Derecho a la Protesta. El Primer Derecho” (Ed. Ad-Hoc 2005). Me he ocupado de ese remedio en otra nota (link).
     Más recientemente, desde sus trabajos académicos y sus columnas en los diarios La Nación y Clarín, se ha mostrado favorable a las asambleas populares, que también son instrumentos que pasan por encima de los partidos y del sistema de representación.
     Ahora bien, no conozco casos de países que hayan luchado contra la corrupción con plebiscitos y debates en asambleas ciudadanas. Tampoco da ejemplos de ello Gargarella. Es que una cosa es discutir aborto o Brexit. La corrupción, en cambio, no es una postura política a debatir y votar a favor o en contra. La corrupción hay que investigarla y juzgarla, tareas que no se adaptan a una asamblea popular.

Cuarto error: Asambleas para los reclamos incondicionales
     Llegamos ahora al que creo es el motivo de peso por el que Gargarella impulsa cauces alternativos a la representación política.
     Más allá de recomendarla como terapia alternativa contra la corrupción, señala que es necesario rehacer la “sala de máquinas” de la Constitución (como le gusta llamar a la parte orgánica o institucional) para que los derechos económicos y sociales (salud, educación, vivienda, etc.) sean efectivos. Con debates en asambleas populares, plebiscitos, e iniciativas legislativas ciudadanas se podría obligar a las élites gobernantes a convertir en realidad esos derechos.
     En una entrevista de abril de 2018 Gargarella expresó su discrepancia con la concepción económica del gobierno de Mauricio Macri, que calificó de anticuada, y señaló que se la pudo contener a través de la resistencia social (en YouTube: Roberto Gargarella el gradualismo es resultado de la resistencia social). Por esa misma época publicó en La Nación su nota “Derechos incondicionales que están por encima de los planes económicos” (12/2/2018 link) en la que afirmó “Les guste o no, los economistas deben aprender que, en un sentido fuerte, los derechos no dependen de los planes económicos, sino a la inversa. La admisibilidad o no de un cierto plan económico depende de su capacidad para asegurar el respeto de los derechos constitucionalmente consagrados”.
     Se entiende entonces que a través del reclamo por vías de participación ciudadana alternativas podría torcerse el rumbo o incluso hacer descarrilar un plan económico, sin que sea necesario esperar a la próxima elección. De ese modo una nueva “sala de máquinas” de la Constitución daría armas al pueblo para que hacer que las élites, hasta ahora morosas, brinden a todos vivienda, educación, salud, etc.
     Y eso es “incondicional”. Eso quiere decir que al reclamar su vivienda el ciudadano puede desentenderse del buen o mal plan económico y que al demandar un mejor servicio de salud no necesita reflexionar a quién él dio el poder en las últimas elecciones. Es un modo efectivo de herir de muerte a una república.
     Ya al enumerar los derechos clásicos la Constitución aclara que su uso debe ser “conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio” (art. 14). El art. 14 bis tampoco dice que todo habitante tiene derecho incondicional a que el gobierno le otorgue una vivienda. Además, si fuera cierto que hay derechos incondicionales a esas prestaciones, sería contradictorio que fueran materia de debate en asambleas de ciudadanos. Lo incondicional no necesita ser debatido ni votado.
     El Estado argentino es hoy un gran aparato dedicado a la asistencia social y transferencia de recursos. Ni con impuestos similares a los de Suecia alcanza, por lo que ya hace años el Estado recurre al crédito interno y externo, y cuando el crédito se vuelve descrédito, a la emisión monetaria, con resultados bien conocidos. Instalar en ese marco más armas, desde la “protesta social” a las asambleas ciudadanas, con el fin de que sirvan en la lucha distributiva, no es seguramente la mejor de las tareas a las que se puede dedicar un jurista.

Quinto error: la objeción identitaria
     Ya vimos los logros que Gargarella espera de los modos de participación que saltan por encima de la representación: menos impunidad y más prestaciones del Estado. También vimos que el académico estima que esos métodos son indispensables ya que la “élite gobernante” ha dejado de representar al “pueblo”.
     Pero Gargarella añade algo grave: que esa crisis de representatividad es irreversible, no algo transitorio ni limitado a la Argentina. Esa afirmación necesita alguna explicación, que Gargarella ofrece del siguiente modo: cuando nuestra Constitución y otras similares fueron escritas en el siglo XIX, nuestras sociedades eran “básicamente homogéneas” y entonces era razonable pensar que todos podían ser representados a través del voto. Hoy en cambio, escribe Gargarella en La Nación, “las sociedades multiculturales y ultraheterogéneas de la actualidad (en las que la propia identidad de cada uno es múltiple, ya que ninguno es "solo" "obrero", "mujer", "empresario" o "ecologista"), el sueño de la 'representación plena' perdió base y sentido” (ya citado diario del 3/7/2020).
     Creo que olvida las diferencias que había a mediados del siglo XIX y a principios del siglo XX ¿Acaso no había diferencias culturales y sociales enormes entre un trabajador de Mataderos, una coya jujeña, un empresario de la capital, un mensú misionero, o un inmigrante que apenas balbuceaba el castellano? Unos jamás habían salido de su pueblo ni leído un diario, otros ojeaban las revistas que llegaban de París, unos conservaban la herencia indígena, otros su recuerdo de Nápoles o Cracovia ¿Había entonces menos diferencias entre ser hombre y ser mujer? Creo que es al revés, entonces había más diferencias que ahora.
     Pero además ¿por qué sería un obstáculo para la representación democrática que las personas tenga distinto sexo, ingreso, u ocupación?
     La explicación del Gargarella es quizá un reflejo local de la teoría de la interseccionalidad y la ideología identitaria, en boga sobre todo en la izquierda universitaria norteamericana.
El término y la teoría de la interseccionalidad fueron impulsados por la académica feminista norteamericana Kimberlé Williams Crenshaw. A diferencia de los socialistas clásicos que se contentaban con la lucha entre proletarios y capitalistas, la ideología identitaria sostiene que hay una matriz de dominación y privilegio que no es igual según la raza, el sexo, la clase social, las preferencias sexuales, etc. De allí se deduce, por ejemplo, que no puede ser igual la lucha del feminismo blanco que la del feminismo negro, lo que se complica todavía más por el hecho de que, como señala Gargarella, cada persona tiene distintas “identidades” y entonces encaja de modo distinto en una intersección de los casilleros de la “matriz de opresión” en los que la teoría interseccional divide a la gente.
     Más allá de lo discutible de esa teoría, si lo que intenta Gargarella es usar la interseccionalidad y la ideología identitaria para su explicación de la obsolescencia constitucional, lo hace mal. La izquierda académica no afirma que ahora la “matriz de opresión patriarcal y racista” sea mayor que hace cien años. Carece de sentido alegar que la representación política constitucional se diseñó así porque las distinciones sociales, raciales o de género eran menos marcadas hace un siglo atrás (?).
     En la Navidad de 2017 el diario Infobae entrevistó a Gargarella. Allí sostuvo -como lo hace el marxismo- que “el derecho reproduce y refleja posiciones de desigualdad de clase, de raza y de género”. Pero en ese caso, también lo hacía antes, por lo que el argumento sería que tanto ahora como cuando las constituciones fueron escritas, las distintas identidades de raza, género, preferencia sexual, ingreso, etc. hacían y hacen ilusoria la representación política republicana. Creo que sería un argumento equivocado, pero al menos sería uno coherente.
     No me resigno a ver cómo, otra vez, la Argentina parece condenada a ilusionarse con versiones locales de teorías absurdas. Y lo peor, condenada a creer que son razonables.

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