lunes, 9 de julio de 2012

Corrupción en Argentina: el árbol y el bosque

A no escandalizarse por lo que voy a decir: ninguno de los grandes problemas argentinos se origina en la corrupción. Ni la constante inflación a la que recurren nuestros gobiernos, ni la decadencia de la educación primaria, secundaria, y universitaria, ni la falta de ahorro, ni los puertos y vías obsoletos, ni el auge de la delincuencia. Ninguno de esos problemas se origina en la corrupción de nuestros gobernantes. Por esa razón, si bien es útil que los diarios y la televisión denuncien los hechos de corrupción, pienso que corremos el riesgo de engañarnos creyendo que la solución a nuestros grandes problemas consiste en destituir a cuatro funcionarios (o a cuatro docenas, da lo mismo). Enjuiciarlos, embargarlos, enviarlos a la cárcel. Y seguir igual que antes, o peor.
La constante denuncia de la corrupción es necesaria, pero ni por asomo es suficiente. Muchos de los grandes desastres argentinos se deben a la acción de gente honradamente inepta. Para dar un ejemplo, piense el lector: ¿la decadencia de la educación se debe a corrupción, o a causas mucho más profundas?
Pero no sólo ocurre que la denuncia sobre la corrupción reemplaza al análisis de las causas de nuestros males, sino que la corrupción misma tampoco se analiza. Hay denuncia, pero falta pensar y debatir por qué ocurre.
 Hace mucho tiempo que los diarios argentinos tienen noticias sobre corrupción. Incluso la televisión ha mostrado actos de corrupción filmados por cámaras ocultas. Por supuesto, esa tarea es importante. Sin embargo, falta el análisis de las razones por las que la corrupción ha pasado a ser parte de la vida cotidiana en Argentina. Con la corrupción pasa algo similar a lo que ocurre con la inflación. Todos los días nos decimos unos a otros que tal precio ha subido, y leemos acerca de los aumentos del mes anterior, o de los nuevos aumentos que vienen. Nos sorprendemos al recordar cuánto costaba medio kilo de pan o un viaje en taxi un año atrás, y nos escandalizamos si recordamos cuánto costaban hace tres años.
Hay periodistas y políticos que han hecho carrera con denuncias de corrupción, y no está mal que lo hagan. Sin embargo, al igual que con la inflación, poco se escucha o se lee acerca de las causas por las que la corrupción persiste y avanza, tanto que por momentos parece la dueña y señora de la Argentina.
La corrupción no explica todos los males. Pero además, la corrupción misma necesita una explicación. Creo que hay dos razones fundamentales que la hacen crecer, y que si no las vemos, si no actuamos sobre ellas, corremos el riesgo de ver el árbol, y no el bosque. O mejor dicho, de ver el árbol y no entender que tiene raíces muy profundas en la sociedad argentina.

Ideologías justificadoras
La corrupción se facilita cuando, como ocurre en Argentina, la ideología dominante tiende a ver todo en términos de procesos colectivos, a explicar cada acto como parte de fuerzas sociales. La iniciativa y la responsabilidad moral de cada persona se diluye en un mar de consideraciones sociológicas, bien o mal aprendidas de cientos de libracos y libritos que nos explican todo en términos de estructuras económicas, movimientos de “masas”, y evolución social. Que por supuesto, siempre es “inevitable”, determinada históricamente por fuerzas “inexorables” que van más allá de cualquier individuo. En esa concepción, preocuparse por los actos de un sujeto determinado revela una estrechez de miras, una obsesión pequeño-burguesa.
Incluso hay una suerte de nihilismo superficial que descree de todo, que explica cada desastre en conspiraciones internacionales irresistibles, y que se encoge de hombros con una sonrisa amarga. Pero esa es también una sonrisa de superioridad, de alguien que se da por vencido de entrada porque “sabe” lo que los ilusos ignoran: que nada tiene solución.
Recuerdo haber visto a un adolescente argentino en un viaje de placer, con excelente ropa, entre las que estaba su remera, negra y con la letra de una canción de un grupo de rock. El título de la canción estaba destacado en su espalda, y decía: Ya no creo en nada. Al verlo no pude evitar preguntarme ¿Ya? ¿Ya a los 15 o 16 años no creés en nada? ¿Y vas así tan contento y piola como si declararas que te gusta el helado de chocolate?
Mil veces he visto gente que se entera de hechos de corrupción, o incluso de pura maldad estúpida, y que reacciona con una sonrisita de resignada superioridad. Como en el tango, su gesto declara que todo es igual, nada es mejor.
Un gran estadista inglés, Lord Macaulay, escribió en alguno de los cinco tomos de su Historia de Inglaterra que un pueblo de cínicos (como el que había en su país durante la restauración de los Estuardo) es presa fácil para los autoritarios. Quizá lo mismo se aplique a la Argentina.
Recuerdo sobre esto las palabras de un testigo que se negaba a ir a un tribunal, no por miedo, sino porque –según él me explicaba- de antemano no creía en la justicia. Y el sujeto (no creo apropiado designarlo con la palabra “hombre”) no lo decía con desesperación, sino con una satisfecha sonrisa de superioridad.
En países europeos o en los Estados Unidos, esa forma de ver las cosas es a veces la pose de algunos artistas e intelectuales, pero repugna a la enorme mayoría de la población. En esos países, una sola de las docenas de tropelías que jalonan la carrera de tantos de nuestros políticos significaría el fin de su carrera. En Argentina, en cambio, la mayoría se encoje de hombros, dice que todos son iguales, sonríe como aquel testigo…y los vuelve a votar.
Roban pero hacen obra, roban pero reparten, roban pero dan puestos. La facilidad con la que tantos argentinos justifican la corrupción gubernamental es parte de su hábito general de justificar actos desvergonzados en la vida corriente. Un sujeto estaciona su auto tapando una bajada para discapacitados…y reacciona airado si alguien se lo hace notar, porque ¿acaso se ve cerca algún discapacitado que necesite usar la bajada en los pocos minutos que a él le lleva hacer un trámite? Además hay otras infracciones peores que no se sancionan ¿Acaso no es peor la acción de un político que roba millones? Todas estas justificaciones son parte del clima de la Argentina. 
           Dado que trabajo en los tribunales, no corresponde que comente casos de corrupción abiertos. Sin embargo, basta con señalar ejemplos de la vida cotidiana. Años atrás leí en un diario de la ciudad de La Plata que un abogado estacionó su automóvil antireglamentariamente, tapando la bajada para discapacitados. Dos agentes de tránsito intentaron imponerle una multa. El abogado comenzó una discusión, y pronto se acercaron otros abogados, que atacaron a los agentes con golpes de puño y patadas. Los agentes debieron huir ¡¡¡Esto ocurrió en la cuadra en la que se encuentra el edificio de la Suprema Corte y los tribunales civiles de la Provincia de Buenos Aires !!! 
           Evidentemente, los abogados atacantes consideraron irrelevante que su colega estuviera cometiendo una infracción. Defendieron a uno de los suyos sin tener en cuenta otra cosa que la afinidad, diría tribal, con el infractor. El incidente es un ejemplo entre tantos otros que muestran la regresión de buena parte de la población argentina hacia un sistema de valores tribal, en el que la que no hay principios morales objetivos, sino solamente la lealtad a un grupo. Y en la lucha contra otros grupos tribales vale todo, porque nada -ningún principio moral- está por encima de la tribu. Esa forma de entender la vida ha quedado plasmada en el dicho del General Perón: al enemigo ni justicia (Link a la entrevista en la que Perón hace esa afirmación).
La facilidad para aceptar la corrupción de los funcionarios es meramente una parte de la facilidad argentina para aceptar la inmoralidad en la vida cotidiana. En otros países, el nihilismo del avant-garde no ha penetrado en la gente corriente, que sigue creyendo que uno es responsable por lo que uno hace. Lo que en Gran Bretaña o Suecia está reservado para algunos profesores y literatos, es en Argentina la filosofía que exponen orgullosos los taxistas.
Recuerdo la clase magistral de un taxista de la ciudad de La Plata. Poco después de subir a su auto, escuché cómo el conductor le gritaba una guarangada a una chica que tomaba un helado en la vereda. Le dije que lo que había hecho estaba muy mal, y le recordé que él era un hombre grande, que la chica podía ser su hija. El conductor respondió con toda la gama de justificaciones común en Argentina.
1) Enfocarse en un detalle irrelevante, diciendo que la chica tenía por lo menos tantos y tantos años, que no podía ser su hija.
2) Elevar su postura moral con una pirueta intelectual bastante corriente: decir que él por lo menos es sincero, y que hay mucha gente que piensa lo mismo que él gritó, pero no lo dice. De esta manera la desfachatez se convierte en una virtud.
3) Llevar todo al terreno de las consecuencias extremas: ¿acaso la chica se iba a morir porque le gritaran en la calle?
4) Recurrir a una de las tantas frases hechas en las que se ha acuñado el relativismo moral: el conductor declaró que “hay muchas formas diferentes de honrar la vida”.
El argentino acostumbrado a usar esas trampas mentales en su propia vida, las aplica con toda naturalidad al momento de pensar en las acciones de los políticos que él lleva al poder año tras año.
Por eso dije que la corrupción gubernamental es sólo parte de la corrupción cotidiana. Y ella no se limita a la coima de unos pocos pesos, o a la de millones de pesos, sino que tiene sus raíces en el desprecio de toda regla, en el gusto (de supuesto vuelo intelectual ver Link a uno de sus tantos sofismas) por igualar lo bueno y lo malo, en el aprendizaje (desde la más temprana infancia) de un rosario de frases hechas para justificar cualquier cosa. En todos lados se cuecen habas,  hecha la ley hecha la trampa, nadie es dueño de la verdad, todo depende del cristal con que se mira, la historia la escriben los que ganan, cada cual tira para su lado.
El corrupto consumado no miente simplemente, sino que además niega que la verdad exista. Todo son opiniones. El chanta consumado no solo falta a los principios morales, sino que además niega que esos principios existan.
Sea tiburón del afano o mojarrita de la chantada, el corrupto necesita de algo que lo justifique ante sus propios ojos. Necesita de algo, alguna ideología o conjunto de mitos que le diga antes de ir a dormir que él no es un proyecto frustrado de ser humano. En la Argentina tenemos ese tipo de “filosofía”, y lo peor es que ella impregna la vida de todas las capas sociales: desde el hombre que repite con sorna frases hechas para el descreimiento, hasta el intelectual que justifica el atropello como parte necesaria del irresistible progreso social.

Hecha la ley hecha la trampa
El otro factor que explica por qué hay tanta corrupción en Argentina es que nuestro sistema legal y político brinda infinidad de oportunidades para que ella ocurra. Casi todo en Argentina depende de la autorización de algún funcionario, en la mirada benevolente de algún superior, en el crédito “blando” aprobado en alguna Subsecretaría, en el subsidio que tanto se da como se quita. Más que de la ley general y estable, todo depende de la decisión discrecional de alguien sobre el que se puede influir, no necesariamente con dinero. Todas esas son oportunidades para la corrupción grande y chica.
Desgraciadamente, casi todos los funcionarios argentinos más encumbrados sufren de lo que los norteamericanos llaman “control-freak”, están obsesionados por el control. Quieren tener un dedo en cada cosa. Su firma tiene que ser indispensable y sin ella nada se puede hacer. A veces lo hacen creyendo de buena fe que necesitan todo ese poder para que las cosas marchen bien. Es rarísima en Argentina la actitud que ilustró el austríaco Ludwig von Mises al responder a la pregunta ¿cuál sería su primera decisión si le dieran el poder absoluto sobre todo el planeta? Von Mises dijo: renunciar. 
          La suya no fue una broma o una traición a sus principios, sino una muestra cabal de su convencimiento de que el poder discrecional es malo, incluso cuando está animado por buenas intenciones ¡Qué distinta es la actitud del funcionario argentino! Recuerdo la ocasión en la que uno de ellos me mostró orgulloso su mano, lastimada de tanto firmar autorizaciones y reglamentos. ¿Poder sobre todo el universo? ¡Qué buena oportunidad! ¡Lástima tener sólo una mano para firmar órdenes!
Es necesario analizar y entender la media verdad (y la media mentira) que hay en el dicho tan conocido “hecha la ley hecha la trampa”. El dicho es falso si pensamos en una ley general como el Código Civil redactado por Vélez Sarsfield. Veamos ¿cuáles son las oportunidades para la corrupción que se abrieron con las reglas sobre la compraventa? ¿Cuáles son las nuevas fuentes de corrupción que se apoyan en las reglas sobre las obligaciones mancomunadas y las solidarias? Si uno se hace esas preguntas, comprobará que esas reglas no dieron ni dan lugar a corrupción porque son verdaderas leyes, normas generales, no persiguen ninguna meta política, no intentan favorecer a ningún grupo, no dan poder discrecional a ningún funcionario.
Distinto ocurre con las leyes ad-hoc, las que “facultan al Directorio del Banco Central a disponer que…”. O las que prohíben importar un producto, y levantan restricciones sobre otro. Aquí el dicho dice una verdad. Es que esas no son genuinas leyes en su contenido, por más que lleven el nombre de tales. Son órdenes, o autorizaciones para dictar órdenes. Ellas abren un campo inmenso para la corrupción. Que insisto, no siempre consiste en la simple coima. A veces consiste en intercambio de favores, apoyo político, designaciones en puestos clave, etc.
La frase no debería ser “hecha la ley, hecha la trampa”, sino “hecha la norma temporaria, hecha la ley ad-hoc, hecha la autorización discrecional, hecha la trampa”.
Los países que se rigen por la ley (la verdadera ley) viven bajo el “imperio de la ley, no de los hombres”. Por supuesto que ningún sistema es perfecto, pero esa no es excusa para abrazar contentos la imperfección (¿o si?). El lema inglés que expresa la idea original es “rule of law, not of men”. He dedicado un blog entero a esta noble idea. Los artículos están en inglés, porque el importante debate sobre “the rule of law” se da principalmente en artículos y libros escritos en ese idioma. Poco hay escrito en español, y poco interés desgraciadamente. De todos modos se pueden encontrar algunas referencias a la noción del imperio de la ley en algunos de los artículos de este blog en español. Las citaré al final de esta nota.
Y aquí es donde los dos factores profundos de la corrupción se entrecruzan: la ideología justificadora, y el poder discrecional. Hace ya más de medio siglo que los profesores de derecho luchan contra la noción del imperio de la ley. Ellos niegan (o las más de las veces silencian a fuerza de no mencionarla), la distinción entre verdaderas leyes y órdenes ad-hoc bajo la forma de ley. Ellos justifican el poder discrecional diciendo que el poder debe ser discrecional. No hay para ellos diferencia relevante entre las reglas de la compraventa, y las que dejan a la discreción de un funcionario el dar privilegios para una empresa y negarlos a otra. Nos dicen que la ley es, y no puede dejar de ser, parcial. Nos aseguran que siempre la ley defiende intereses, y que no vale la pena buscar objetividad. Luego de repetirlo mil veces, el esfuerzo de tantos profesores ha rendido sus frutos, y esto también ha pasado a ser una convicción generalizada en Argentina. Hace poco la expresó la propia Presidente: “Nunca soy neutral, no soy Suiza”. Es raro que nadie haya reparado en que quizá haya alguna relación entre imparcialidad y prosperidad. Suiza es uno de los países más prósperos del mundo.
La Argentina sufre (no quiero creer que disfruta contenta) de una corrupción creciente. La razón es que en Argentina se encuentran presentes con mayor fuerza que en otros lados sus dos causas profundas: su justificación ideológica y el reglamentarismo que le abre oportunidades.
Algunas notas con referencias a la noción del imperio de la ley:

domingo, 29 de enero de 2012

Michel Foucault y el Ayotallah Khomeini

Fuera de Francia, poca gente sabe que el famoso filósofo Michel Foucault se entrevistó con el Ayatollah Khomeini. Pocos saben que el interés de Foucault por la revolución islámica lo llevó a viajar a Irán, que se entrevistó con religiosos, y que escribió varios artículos entusiastas acerca del movimiento islámico que tomó el poder en Irán.
No son muchos los que saben que los artículos que Foucault publicó en el diario Le Nouvel Observateur, recibieron críticas de periodistas y de feministas franceses, a los que Foucault respondió ofendido. Incluso se publicó en Francia un libro con una entrevista a Foucault acerca de la revolución islámica.
Veo que la Wikipedia, versión española, no menciona este episodio de la vida de Foucault. Sí lo hace la versión en inglés, mucho más detallada. Sin embargo, la propia versión inglesa señala que algunos han tratado de ocultar este aspecto de la carrera de Foucault,  encerrarlo aparte entre corchetes, como un error de cálculo del gran pensador. Por mi parte creo que al ponerlas en relación con un suceso real y contemporáneo, se obtiene una conclusión mucho más acabada sobre el significado de sus ideas.
Foucault es un pensador de influencia enorme, y eso viene de lejos. Recuerdo que ya en el año 1979, y a pesar de que en Argentina gobernaba una Junta Militar, la primera clase del profesor Ouviña en la Facultad de Derecho de La Plata comenzaba con la lectura de un pasaje del libro de Foucault: Vigilar y Castigar. Los alumnos que sacamos 10 en derecho penal fuimos invitados luego a estudiar el libro durante varios meses. Ya entonces no me convenció, y escribí un artículo con mis objeciones.
Foucault es particularmente influyente en Argentina. Sus ideas se reflejan a menudo en mucho de lo que escribe Eugenio Zaffaroni. A su vez, Zaffaroni ocupa hoy el máximo puesto tanto en los tribunales como en la enseñanza del derecho penal. No está demás entonces echar una mirada a las opiniones que sobre la revolución islámica tuvo este pensador.
Los artículos, las críticas, las respuestas, y la entrevista a Foucault sobre la revolución iraní se han publicado en traducción inglesa en un libro titulado Foucault and the Iranian Revolution, compilado y comentado por Janet Afary y Kevin B. Anderson.(link a un comentario sobre el libro, link a un artículo de los autores, ambos en inglés. ).
Lo que más sorprende al leer el libro es el total desenfoque de Foucault. Insistió una y otra vez en llamar al movimiento islámico espritualidad política. Un intelectual que hubiera puesto el grito en el cielo si en Francia se propusiera unir a la iglesia y al Estado, escribía que el Ayatollah Khomeini había introducido la dimisión espiritual en la política. Comenta fascinado cómo los sacerdotes islámicos, los mullahs, proclamaban desde las mezquitas su furia contra el Saha, contra los Estados Unidos, contra todo el Occidente y su materialismo.
También resulta chocante que Foucault, que siempre mostró un espíritu tan crítico de las instituciones occidentales, tan diestro para adjudicar motivos sórdidos incluso en los más inocentes actos de disciplina en una escuela o en un taller occidental, haya sido tan crédulo respecto de los motivos de los religiosos iraníes. Transcribe como si fueran ciertas todas las explicaciones que le dan. Nos cuenta que en la religión islámica, es la justicia del Corán la que hace la ley, y no la ley la que fabrica la justicia. Sin siquiera consultar un libro elemental de historia –que lo hubiera sacado de su ignorancia-, Foucault nos cuenta que esa justicia musulmana está contra el poder corrupto de los califas, y el poder arrogante de los aristócratas que rechazan “el olvidado sistema igualitario”.
Los shiitas creen, nos cuenta Foucault en uno de sus artículos, que cuando el profeta invisible retorne a la tierra, restaurará un sistema de igualdad perfecta. Es necesario que a través del conocimiento, del amor por los descendientes del profeta, e incluso por el martirio, se defienda a la comunidad de creyentes contra el poder del mal. Uno puede imaginar la burla infinita que hubiera generado un sacerdote cristiano si le hubiera dicho estas cosas a Foucault. Otra era la actitud con un clérigo musulmán.
La credulidad de Foucault (diríase, su entusiasmo para ser engañado), se muestra también en su falta de comprensión de las diferencias que existían entre los diversos grupos que luchaban contra el Saha, algunos marxistas, otros fundamentalistas islámicos. Foucault nos dice que no hay diferencias, e insiste en ello. En su opinión, todos los iraníes detestan la modernización. Foucault parece ser ciego al hecho de que mientras él recorre Teheran como visitante privilegiado, hay mujeres iraníes sin velo marchando por sus derechos en las calles. Esas mujeres tienen que ser protegidas por cordones formados por hombres, sus maridos, sus novios, hermanos, y amigos. También hay manifestaciones de mujeres tapadas con túnicas negras de la cabeza a los pies. Pero Foucault insiste en no verlo. El movimiento no tiene diferencias, la lucha une al pueblo.
Foucault escribe en su artículo Con qué sueñan los iraníes? (publicado en Le Nouvel Observateur, Octubre 16-22 de 1978, link a la versión en inglés) que el movimiento religioso shiita le dará al gobierno islámico un color particular. La autoridad de los mullahs (los clérigos musulmanes) es “puramente espiritual”. Su rol es el de hacerse eco del pueblo y de guiarlo.
Las ideas de Foucault se revelan de un modo sorprendente cuando se muestra satisfecho (diríase contento) de que el pueblo iraní haya evitado caer en el modelo español de transición a la democracia. Si bien muchos líderes iraníes veían con esperanza la posibilidad de una transición pacífica y ordenada –tal como hizo España desde el franquismo- eso no es para Irán, opina Foucault. Los iraníes no sólo gritan, abajo el Saha!, sino también: Islam! Y pareciera que eso es justamente lo que fascina a Foucault en Irán, y le resulta aburrido en España.
Foucault, tan crítico e irónico en cuanto toca a las instituciones francesas o inglesas, nos dice sin siquiera chistar que un religioso islámico “le ha explicado” que un gobierno islámico respetará a las minorías siempre que no perjudiquen a las mayorías (tiempo después empezarían las ejecuciones y la persecución de minorías raciales y religiosas), y que no habrá igualdad de derechos para los hombres y las mujeres, porque hay “una natural diferencia” entre los sexos. A esto Foucault no tiene nada que agregar.
Foucault nos aclara (¿aclara?) que no hay que pensar que los clérigos vayan a asumir en Irán un poder de control o supervisión. Termina su artículo repitiendo varias veces que los religiosos islámicos han introducido la dimensión espiritual en la política. Y escribe al final que nosotros (se refiere a los occidentales) nos hemos olvidado desde el Renacimiento de la espiritualidad política.
El artículo de Foucault tuvo la respuesta de una mujer iraní, que envió una carta al diario. Firmó Atoussa H., sin dejar su apellido, probablemente por miedo.
Atoussa escribió que estaba decepcionada por la ligereza con la que la izquierda francesa contemplaba la posibilidad de un gobierno islámico en Irán. Y agregaba: si Foucault quiere tener una idea de lo que significa la espiritualidad del Corán aplicada por el Ayotallah Khomeini es bueno que lea lo que dice el Corán al varón: “tu mujer es como tu tierra, úsala cuando quieras”. Ahora las mujeres que no usan velo son insultadas. Las mujeres tienen que obedecer, o serán castigadas. Atoussa le recuerda a Foucault: no estamos hablando de una parábola moral, sino de la elección del tipo de sociedad en la que queremos vivir. Claro que Foucault tenía la tranquilidad de que no tendría que vivir en ese tipo de sociedad. Luego de ser paseado y alagado por las autoridades Iraníes, volvería a París. Las mujeres iraníes se quedaban a disfrutar de la espiritualidad política.
Documental sobre el castigo propinado por un marido musulman a su joven esposa en Afghanistan


La respuesta de Foucault es típica del académico ofendido. Comienza por acusar a Atoussa de no haber leído su artículo. Luego le dice que ella reduce todas las expresiones del Islam a una sola categoría, y finaliza diciendo que si se quiere comprender al Islam hay que empezar por no odiarlo. De este modo, implícitamente acusa a esta mujer iraní de estar motivada por el odio, y eso le parece suficiente para no responder a sus planteos sobre los derechos de las mujeres.



Decidida joven Iraní saca a patadas a una mujer (¿policía de la moral?) que cuestiona su vestimenta
            Luego Foucault publica otro artículo en el que dice que los iraníes se niegan a dejarse atrapar por discusiones políticas. Le han cerrado el paso (???) a una discusión sobre su futura constitución, sobre la política exterior, sobre cuestiones sociales. No han dejado que la política tenga lugar. Escribe que los iraníes han dado un “golpe contra la política”. Foucault apela a la humildad para evitar pronunciarse sobre alguna de estas cosas: los occidentales estamos en mala posición para dar consejos en estos temas.
            Luego de otros artículos bastante optimistas sobre el movimiento musulmán en Irán, Foucault recibió la contestación de dos periodistas franceses, Claudie y Jacques Broyelle. En una ironía acerca del primero de los artículos de Foucault, su artículo se tituló: ¿En que sueñan los filósofos?
            Los esposos Broyelle citaron las expresiones de admiración que Foucault había dedicado a esa espiritualidad política que, agregan ellos, también “disciplina y castiga” por medio de grupos armados que barren con las formalidades de los tribunales burgueses. Recuerdan entonces que años antes Foucault también había “añorado apasionadamente” los tribunales populares chinos, en diálogos con estudiantes franceses maoístas (maoístas en París, se entiende).


Documental sobre la Revolución Cultural China, al final se ven escenas de juicio popular a opositores


Luego los Broyelle dicen que todas las construcciones de Foucault tienen el mismo sesgo contrario a lo burgués-democrático, contra la legalidad, contra lo judicial. Creen necesario protestar cuando ese mismo mensaje se vende para ser consumido por los lectores con una publicidad que usa el lema de la defensa de los derechos humanos.
            Foucault respondió con un artículo de dos párrafos, en el que se muestra ofendido, dice que nunca ha tomado parte en polémicas, y acusa a los Broyelles de querer obligarlo a confesar que se ha equivocado. Finaliza ironizando que algunos dan la orden de confesar como parte de su profesión, y otros por gusto o hábito.
            Esta antología incluye también la entrevista que le hicieron a Foucault dos periodistas del diario de izquierda Libération, y que se incluyó en un libro que ellos publicaron sobre la revolución islámica. Foucault dice que está fascinado. Afirma que es un hecho que en Irán hay una “voluntad colectiva absoluta” como pocos pueblos la han conseguido en la historia. En un pasaje muy revelador, uno de los periodistas recuerda que también él tuvo el sentimiento de una voluntad colectiva cuando visitó China en los años 60. Dice sin embargo que en alguna medida fue engañado, o más bien que se engañó a sí mismo.
            Sin inmutarse, Foucault insiste y dice que los iraníes están "cambiando radicalmente su subjetividad". Luego explora una interpretación muy curiosa de la famosa frase de Marx, la religión es el opio de los pueblos. Foucault dice que si se toman estas palabras en su contexto, Marx quizá quiso decir algo positivo de la religión: que la religión era el espíritu en un mundo sin espíritu.
            El papel de Foucault como filósofo se advierte en otra parte de la entrevista. Un periodista dice que los revolucionarios islámicos le han pedido a colegas suyos que publiquen falsedades para favorecer la causa: que no mencionen la golpiza a un periodista al que por error creyeron norteamericano, y que exageren el número de muertos en las manifestaciones. Foucault afirma que los iraníes no tienen el mismo “régimen de verdad” que los occidentales. Acota que el régimen de verdad occidental se ha hecho casi universal, pero es muy curioso (no dice por qué). Añade que los antiguos griegos tenían su propio régimen de verdad, y los árabes de la zona de Marruecos y Túnez tienen otro. Aclara que en Irán el régimen de verdad ha sido modelado por la religión.
Por mi parte observo que mientras un militante corriente buscará justificar la mentira como parte de la lucha política, eso no le basta a un filósofo como Foucault: él necesita elaborar toda una teoría donde la mentira es “otra verdad”. Y por cierto, necesita hacer la infaltable remisión a Grecia.
Pero la más característica y reveladora de las respuestas de Foucault es la que da a los que le dicen que él no se preocupa al ver que se instala un gobierno islámico. Replica: por qué preocuparme porque sea un “gobierno islámico”, que sea un “gobierno” ya es suficiente para preocuparme. Con esa respuesta, él se ubica como el más extremo de los rebeldes, contra todo gobierno. Pero a la vez, coloca a gobiernos que se dedican a la persecución política y religiosa, que apalean a las mujeres, que tienen un cuerpo especial de policía para controlar la vestimenta en las calles, que incluso ejecutan a personas como Foucault, es decir, homosexuales, en el mismo lugar que a gobiernos que hace siglos que no hacen esas cosas. Más allá de estas diferencias, todos son gobiernos.

Ahorcamiento de jóvenes homosexuales en Irán
Y eso es lo que hizo Foucault toda su vida. Intentó convencernos de que la prisión y la escuela se parecían, porque eran parte de una red disciplinaria. Intentó quitar mérito a los reformadores penales diciendo (en la más pura tradición marxista) que la benignidad no tenía un origen moral, sino que respondía a necesidades económicas. Foucault describió las sociedades modernas en las que él vivió, en las que pudo experimentar a su gusto con drogas y sado-masoquismo, con el mismo lenguaje y las mismas imágenes que usaría para describir un régimen totalitario. Colocó todo en el mismo lugar: bien, bien abajo.
Al leer la respuesta de Foucault a los que alertaban sobre las consecuencias que traería un gobierno islámico, me acordé de algo que escribió Edmund Burke: “casi todos los más radicales opositores a la monarquía que conocí en mi tiempo se volvieron prontamente cortesanos decididos. La hipocresía se deleita con las más sublimes especulaciones porque, como no tiene intención de pasar de la especulación a la práctica, no le cuesta nada hacerla magnífica. Pero incluso en los casos en los que hay que pensar que se trata más de liviandad que de fraude, la cuestión ha sido igual. Estos profesores, como encuentran que sus principios extremos no se aplican a los casos que reclaman una resistencia cuidadosa, o una resistencia civilizada y legal, no ofrecen resistencia alguna” (Reflexiones sobre la Revolución Francesa).


Neda Soltan, asesinada en 2009 durante una manifestación contra el fraude electoral en Irán. Personas que apoyan el régimen Iraní destruyeron su tumba

sábado, 31 de diciembre de 2011

Películas de una vida: Barry Lyndon y Beau Brummel



Viejo y pobre, Beau Brummel recibe la visita de su primer amor


Acabo de ver Beau Brummel, una película de 1924 con la actuación de John Barrymore y Mary Astor. La película es muda, pero tiene una muy buena música, muy diferente a la pianola que algunos creen necesaria para todo film mudo. Que la película sea muda, que los diálogos sean mediante carteles con texto, le da algo que las películas con sonido no tienen. Por supuesto que no tengo nada contra las películas sonoras. Cómo podría desear nunca haber escuchado la hermosa voz de Margaret Sullavan (en The Good Fairy) o la voz rasposa y maravillosa de Barbara Stanwyck (en The Great Man’s Lady), y (para no mencionar sólo atrices) la voz de George Brent, el galán más gentil en la historia de Hollywood (en Baby Face).

Sin embargo, las películas mudas tienen algo que también tienen los libros. Algo menos que a la vez es más. La mente viaja más libre con menos lastre. Fíjense en los recuerdos que tenemos de paisajes en los libros, o de personajes. Si me preguntan de qué color era el cabello de Tess o de Eustacia Vye sabré responder que negro, una melena oscura que describía con admiración –con toda la razón del mundo- Thomas Hardy en sus novelas Tess of the Ubervilles y El retorno del nativo. Pero si me preguntan de qué color eran sus vestidos, o si el respaldo de la silla en la que sentaban estas bellezas era bajo o alto, no sabré responder. No estaba dicho en la novela, y esos detalles no eran necesarios. Las descripciones y los recuerdos de Tess o de Eustacia se refieren a otras cosas, menos definidas que el color de un vestido, pero seguramente más importantes. A menudo sucede que una pintura es más bella con menos detalles que con más.

En una película esa abstracción es imposible. Está todo a la vista. Sin embargo, en el cine mudo el sonido queda para la imaginación. O mejor dicho, para esa zona brumosa que se parece tanto a los sueños y a los recuerdos de la niñez.
Pero volvamos a Beau Brummel. Es una película de una vida, desde la juventud hasta la muerte. En eso se parece a Barry Lyndon, dirigida por Stanley Kubrick en 1975. Ambas también se parecen en el hecho de que la vida que transcurre ante nuestros ojos no es la de un gran hombre. Beau Brummel es menos irónica que Barry Lyndon,  pero ambas consiguen mostrar esa cosa grandiosa que tiene la vida, incluso la vida de un hombre que dista de ser admirable.
Apreciar Beau Brummel es más difícil porque nos lleva a una época del cine más lejana y distinta que Barry Lyndon. Pero por eso mismo la aventura de intentarlo es más fascinante para la mente y para el corazón. De entrada hay que tirar el lastre de todo lo que tenemos incorporado en cuanto a cine: los actores lucen diferentes, las escenas son distintas, el ritmo no es el que vemos en el cine de estos días. Por ejemplo: los hombres usan maquillaje. Creo que eso viene de una tradición muy antigua. Viene del teatro, en el que los gestos debían poder ser apreciados incluso por los que estaban sentados en las últimas filas. El cine hace que la cámara se pueda acercar a centímetros del rostro de los personajes. El pequeño movimiento de boca, la mirada significativa, la ceja arqueada, les llega también a los de la última fila del cine. El teatro no permitía ese truco, y el maquillaje debió ser una solución necesaria. A mí no me molesta, es parte de la aventura de adentrarse en un mundo estético distinto.
Más profundo todavía, más difícil para nuestras mentes modernas, es entrar a un mundo que tenía menos cinismo. La devoción y el honor eran palabras que no sonaban a hueco. El cariño de Mortimer, el viejo criado y amigo del Beau Brummel, no necesitaba ser lavado con ácido crítico. Al final de su vida, el criado ayuda con dinero a su señor empobrecido. Eso era simplemente parte del amor que no necesita ser justificado. También vemos con sorpresa que el abrazo entre un hombre pobre y una niña rica no necesitaba de una perorata sobre la injusticia social. Era un abrazo entre dos personas que se quieren, no un símbolo político.

Todo eso es extraño e incluso chocante a los ojos del espectador moderno. Sin embargo, quien logre sumergirse por un momento en ese mundo distinto, creo que disfrutará mucho, y aprenderá mucho.
En algunas escenas se ve al Beau Brummel arreglándose el pelo y la ropa luego de alguna derrota. No creo que eso deba verse como si él pusiera en igual lugar a su corbata y a su amada. Un hombre bello, como una mujer hermosa, puede consolarse un poco de sus desgracias con su imagen en el espejo. Es una debilidad humana, pero no de las peores.
Barry Lyndon es más cercano a nosotros, y es por supuesto más cínico que Beau Brummel. El Beau, incluso en su pobreza y desgracia, era consciente de principios morales de los que Barry Lyndon parece no haber tenido noticia. Se parecen sin embargo en el hecho de que ambos se convierten en seductores expertos luego de un desengaño amoroso de juventud. Y así sucede en verdad a menudo en la vida de hombres y mujeres.
Barry Lyndon logra mostrar la grandeza que existe incluso en una vida más sórdida que la del Beau. Lo consigue en gran parte con la belleza de la imagen y la música. Es una película en la que cada escena parece un cuadro. La música hace que una conversación en una pobre cabaña entre un hombre y una mujer que nunca se verán de nuevo se revele como lo que es: un gran momento de la vida.

Aquí y allá están las observaciones sarcásticas de Thackeray, el autor de la novela en la que se basa Barry Lyndon, que ya era un adelantado a su época en cuanto a pesimismo se refiere. Esas frases irónicas parecen pedir disculpas por la grandeza de Barry Lyndon.
En Beau Brummel no se ve la necesidad de pedir disculpas. La belleza es también efímera, unos momentos en una vida. Pero no pide disculpas. Por eso, de entre estas dos maravillas, es la que prefiero.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Thomas Kuhn y los paradigmas




Desde hace algunos años encuentro referencias a Thomas Kuhn y a los cambios de paradigmas en notas sobre asuntos legales, y hasta en artículos de diarios. 
     Así por ejemplo, los profesores les enseñan a sus alumnos en la carrera de derecho sobre el nuevo paradigma que se ha impuesto en el derecho a la reparación por accidentes. O un profesor comenta en una revista jurídica un fallo de la Corte Suprema y afirma que impone un nuevo paradigma sobre la forma en que se deben juzgar los casos sobre discriminación. O un periodista nos habla del cambio de paradigma en la lectura de libros. Y así con muchos otros temas.

     Dicho rápidamente, lo que se quiere decir con esas frases es que hay una nueva concepción que se ha vuelto dominante entre las personas que enseñan o escriben sobre un tema, y que las viejas ideas ya ni se mencionan. Claro que eso se podría decir sencillamente de ese modo, sin necesidad de citar a Thomas Kuhn y sus paradigmas. Pero la cita de los paradigmas hace que la mera mención de un cambio de ideas se relacione con toda una teoría acerca de la forma en la que evoluciona la ciencia. Esa supuesta relación, según trataré de mostrarlo, es equivocada.

     Veamos ¿qué es lo que dijo Thomas Kuhn y qué aplicación tiene a los cambios de ideas? No voy a repetir los datos sobre su vida y obra, que se pueden leer siguiendo los link. Pero sí creo necesario decir dos cosas

1 que según el propio Kuhn su teoría de los paradigmas no se aplica a las ciencias sociales
2 que, además, incluso en las ciencias naturales en las que según Kuhn sí hay paradigmas, su teoría es bastante cuestionable. Y no lo digo yo, lo intentaré demostrar con un ejemplo que da Albert Einstein.

Las ciencias sociales no tienen paradigmas
En el prólogo de su libro más conocido “La estructura de las revoluciones científicas” de 1962, Kuhn dice que siendo él un físico, asistió a discusiones entre científicos sociales y le sorprendió que no llegaran ponerse de acuerdo en cuestiones siquiera mínimas. Le pareció que había una diferencia con los físicos, químicos, biólogos, etc. y que los científicos sociales no tenían un método común que todos aceptaban, algunos problemas fundamentales que todos intentaban solucionar, y conceptos que tenían igual significado para todos. A esta comunidad de ideas y aspiraciones Kuhn la llamó “paradigma”.

El encuentro con lo distinto, con quienes carecían de paradigmas en las ciencias sociales, llevó a Kuhn a indagar acerca de la forma en la que progresan las ciencias naturales, sobre todo la física, que era su profesión. Kuhn creyó que el progreso no era gradual, sino que se daba a través de revoluciones científicas en las que un nuevo paradigma reemplazaba a otro. El ejemplo clásico de este cambio es el paso de la física de Newton a la de Einstein.

Kuhn pensó que su esquema de revoluciones se aplicaba a las ciencias naturales, y todos sus ejemplos se refieren a la física, química, biología, y ciencias similares. No es correcto entonces vincular su teoría del cambio de paradigmas con los cambios de opiniones en las ciencias sociales, y menos en el Derecho. Que hay un paradigma significa que hay un método científico que todos comparten, que hay una forma de colectar datos, de áreas de exploración, de conceptos comunes, etc. Las ciencias sociales no tienen nada de eso, no tienen estrictamente paradigmas, y por lo mismo no tienen revoluciones –en el sentido de Kuhn- en el que uno reemplaza a otro.
En libros posteriores al famoso La Estructura de las Revoluciones Científicas, Kuhn dejó abierta la pregunta acerca de si algunas ciencias sociales no estaban adquiriendo al menos una parte de un paradigma. Él no tenía una respuesta, y no ingresó en la cuestión.
A consecuencia de lo dicho, creo que no es correcto referirse a los cambios en las ciencias sociales como cambios de paradigma, al menos sin aclarar que uno está usando esa palabra erudita para referirse solamente a un cambio en las ideas en boga, es decir, a algo totalmente distinto a lo que describió Thomas Kuhn.

Peor en el Derecho
Si ya es impreciso referirse a los cambios de paradigma en las ciencias sociales, mucho peor es hacerlo en el Derecho. Allí los cambios se refieren a la vida de las personas. A cómo pueden casarse, criar a sus hijos, ganar su salario, y gastarlo. Los cambios en las leyes que rigen esos asuntos no deben ser presentados como si fueran parecidos a los cambios en la forma en la que los químicos llevan a cabo sus investigaciones, o los nuevos temas que captan la atención de los biólogos. A menos que un pueblo se vuelva totalmente indiferente a su propio destino (y creo que una parte del argentino no se ha resignado a eso) nunca verá los cambios en las leyes que rigen su vida del mismo modo que contempla los cambios en las técnicas de laboratorio
Además, lo que los profesores de derecho describen como un nuevo paradigma consiste frecuentemente en la repetición de las teorías en boga en los años 30 del siglo XX. En Argentina, tan parecida a un parque jurásico de las ideologías, casi todo lo que se escribió en esa época se desempolva todos los años y se presenta de nuevo como “la última tendencia”.

Coqueteando con el relativismo
En las ciencias naturales, que es el campo en el que Kuhn creyó encontrar cambios revolucionarios de paradigmas (porque por empezar hay paradigmas), su explicación del avance científico es bastante descorazonadora.
La teoría de Kuhn está muy cerca del relativismo epistemológico, y hasta se podría decir que es su más reciente expresión. ¿Qué quiere decir esto? El relativismo epistemológico consiste en creer que el conocimiento objetivo no sólo es difícil, sino imposible. Los pensamientos verdaderos no corrigen a los equivocados, porque en realidad no hay ni verdad ni error. La llamada verdad es sólo una idea que se impuso a otras por casualidad, y generalmente por la fuerza.
En seguida se ve que ese relativismo coincide con las convicciones (o más bien falta de convicciones) que se han terminado por imponer entre millones de argentinos. Es la excusa perfecta para mirar indiferente y con una sonrisa de superioridad al debate entre la verdad y la mentira. Y encogerse de hombros cuando la verdad es pisoteada...si no existe la verdad, nada se pierde. Una mentira triunfó sobre otra.
El propio Kuhn escribió que su explicación de los avances en la ciencia se parece bastante a la descripción que Orwell hizo de la historia bajo un régimen totalitario: la escriben y enseñan los que ganan. Pero comparar los avances en biología con la propagación de mentiras por un régimen dictatorial es un poquito inexacto. Demostrando su gusto por las frases más sorprendentes que precisas, Kuhn llegó a escribir que una teoría superada como la que ponía a la tierra como el centro del universo era tan científica como la copernicana, o la newtoniana, o la de Einstein. Lo que él quiere decir es que todas se basaban en los conocimientos disponibles en su época, pero así y todo resulta difícil justificar que para decir eso sea necesario escribir –como confusamente hace Kuhn- que todas las teorías son igualmente científicas.
¿Quizo o no Kuhn decir que lo cambios en la ciencia se explicaban igual que los cambios de actitud impulsados por la propaganda Nazi? Kuhn dejó esta pregunta –como todas las demás que no cerraban en su teoría- sin responder. Dijo que si bien los cambios científicos tienen algo de similar con la descripción de Orwell, no es tan así. Y allí dejó el asunto.
Hay un concepto en la teoría de Kuhn que se adapta perfectamente a las ideas (o indiferencia ante las ideas) de quienes niegan que exista la verdad. Kuhn escribió que cuando un paradigma reemplaza a otro, los cambios son inconmensurables. Esto quiere decir que no tienen una medida, patrón, o criterio de verdad que sea común a ambos, y por eso no se pueden comparar. Lo único que uno puede decir es que uno reemplazó al otro. El nuevo paradigma no se impone porque arroje más luz, sino porque el anterior muere. Los científicos no lo mencionan más, su interés se vuelca hacia otro lado.
Se ve entonces por qué en Argentina Kuhn es tan popular entre quienes explican (o dejan de explicar) los cambios en el derecho. El supuesto cambio de "paradigmas" describe exactamente cómo un grupo de profesores difunde alguna visión política del derecho (o mejor dicho: reedita la visión de los años 30), y suprime toda referencia a otras distintas. Los autores anteriores no se prohiben, simplemente se deja de citarlos y se evita toda referencia a sus ideas. No se necesita dar órdenes expresas en ese sentido, los seguidores de las teorías que de este modo se hacen dominantes tienen un olfato potentemente desarrollado para  advertir lo que les gusta o desagrada a sus amos (incluso lo advierten antes que ellos mismos).

¿Qué dijo Albert Einstein sobre esto?
Einstein nunca confrontó las teorías de Kuhn. Murió mucho antes de que fueran escritas. Sin embargo, Einstein nos dejó una descripción del avance científico que es totalmente diferente de la de Kuhn. Lo hizo a través de una comparación muy bella, en el libro que se llama, La física, aventura del pensamiento (escrito en colaboración con el físico polaco Leopold Infeld). Hay un página web con el libro (la descripción a que me refiero está en el capítulo 3, sección 4). Tiempo atrás incluso se lo vendía en kioscos en una colección sobre divulgación científica.
Leí este librito hace más de quince años, pero siempre que escucho gente decir que todo es relativo, que la verdad es del más fuerte, y otras justificaciones de la indiferencia, me acuerdo de la comparación de Einstein. La haré ahora tal como quedó en mi memoria, pero recomiendo todo el libro a quien quiera tener una visión breve pero clara y precisa sobre la física moderna.
Einstein dice que avanzar en la ciencia es como subir una montaña. Subimos un poco y vemos un valle desde más alto. Vemos sus contornos más claramente que desde abajo, y aprendemos mucho. Pero luego subimos más, y vemos que más allá de valle hay un lago que no se veía desde el suelo, y ni siquiera desde una elevación moderada. Subimos más y vemos dos nuevos valles, y más montañas a lo lejos. Sin embargo, el primer valle sigue estando allí. No era una ilusión, y los contornos que vimos eran exactos. Pero ahora comprendemos que eran parte de un paisaje más amplio que vemos desde más arriba.
Se advierte enseguida que la descripción de Einstein es completamente diferente al reemplazo de paradigmas que propone Kuhn. El primer valle sigue estando allí. Sin descartar que se descubran y se corrijan errores en las ciencias, lo esencial no es eso, sino incorporar nuevos conocimientos y situar los ya adquiridos en un marco más amplio. Las leyes físicas de Newton no son falsas, sino que luego aprendimos que se aplican a las velocidades y masas corrientes. Einstein no invalidó la física de su tiempo, sino que puso sus leyes en un contexto más amplio, para abarcar valles y montañas que hasta entonces no se habían visto.
Mucho menos se puede decir que los nuevos descubrimientos sean inconmensurables y que no se puedan poner en relación con los anteriores, como afirma Kuhn. No me gusta el argumento de autoridad, pero si de física hablamos el nombre de Eisntein significa algo. Y la de Einstein no es la visión descorazonadora de Kuhn.

domingo, 4 de diciembre de 2011

La ilusión de las políticas de Estado Nota II

En la nota anterior escribí que no estaba de acuerdo con el entusiasmo que se ve en los políticos argentinos por pactar políticas de Estado. Se supone que el problema fundamental de la Argentina es que no nos hemos puesto de acuerdo en una serie de políticas que compartan todos los partidos. La idea ya está tan establecida que mi crítica puede haber sorprendido.
Por cierto, la ilusión viene de lejos: fue uno de los tantos caminos intentados por el gobierno encabezado por Raúl Alfonsín. Se buscó que distintos grupos de interés llegaran a acuerdos a través de lo que se llamó “la concertación” (¿se acuerdan?). En realidad la ilusión venía desde más lejos: una de las tantas juntas militares ya había intentado un “Gran Acuerdo Nacional” (GAN). Más atrás todavía, tuvimos a la CGT y la CGE intentando acordar medidas, con el Estado en el medio como árbitro de un match de box (Estado que también recibía y daba golpes). Cambiando el estilo, los nombres, pero no lo esencial de la idea, ahora se habla de un Pacto de Gobernabilidad.
Dije en la nota anterior que una cosa son las leyes y otra las políticas. Las leyes permanentes son parte del ideario con el que nació la Argentina en el siglo XIX. Eso lo lograron nuestros antepasados, y así tuvimos la Constitución, el Código Civil, etc. Más allá de las reformas que siguieron, algunas buenas, otras malas, sobre esas reglas permanentes hubo acuerdo.
En cambio, la búsqueda de políticas compartidas por todos los partidos tiene un origen histórico más reciente. Surgió como un requisito para la planificación económica intentada por los gobiernos socialistas europeos en los años 30, que luego fue adoptada por otros partidos, y que se extendió al resto del mundo. Todos (o casi todos) querían planificar la economía. Sin embargo, los planes de cada partido, y hasta de cada sindicato y asociación de empresarios, eran distintos. 
Pero cambiar de plan cada vez que sube un nuevo gobierno conduce al caos. De allí la ocurrencia de evitarlo con “políticas de Estado”, no de cada partido o sector. La inutilidad de esa idea ya se ha advertido en casi todas las naciones, pero sigue vigente en ese Parque Jurásico de las ideologías que es la Argentina

La solución consistente en que un partido imponga estas políticas por la fuerza a todos los demás sin importar los resultados electorales horroriza a casi todos los partidos democráticos, y quizá también a la mayoría del electorado argentino que conserva algún interés por la política. La otra forma de lograr que el plan continúe luego de las elecciones es que los partidos, y hasta todos los sectores nacionales, lleguen a un acuerdo sobre cuál debe ser el plan.
Sobre metas atractivas y más bien vagas hay acuerdo inmediato, firmas, apretones de manos, documentos, etc. Se pacta que todos acuerdan que sería lindo tener pleno empleo, que sería muy bueno que la educación fuera de calidad, y que sería apropiado bajar el número de homicidios y robos.
Eso no es plan, por supuesto, sino una forma de obtener la atención de los diarios por dos días (quizá tres, si no hay ningún certamen deportivo importante). El plan verdadero no puede determinar que se promueven todas las industrias, sino que debe elegir cuáles en cada lugar y región. Debe asignar prioridades. Debe además elegir si las necesidades de los hospitales se ponen por encima de las de la industria energética, y dentro de los hospitales debe decidir cuánto han de mejorar los salarios de las enfermeras, y hasta dónde está atrasada la tecnología que requiere renovación, etc. Todas estas demandas compiten entre sí, no ya mediante acuerdos individuales (cuánto destina cada persona para obtener estos bienes y servicios) sino mediante acuerdos colectivos.
Que se llegue a un plan general consensuado (y que no cambie por muchos años, más allá de las elecciones !!!) es imposible. Muchos se engañan pensando que es fácil lograr acuerdos porque su experiencia ha sido únicamente la de planes sectoriales. Por ejemplo, es posible que obreros y empresarios del aluminio se pongan de acuerdo con un ministro en que es conveniente prohibir la importación de aluminio. Es probable que los pobladores de las regiones que dependen de la minería estén de acuerdo con un programa para que un banco nacional otorgue créditos a la minería. Hasta es posible que toda la población esté de acuerdo en “mejorar los hospitales”, sin mayores especificaciones. Pero ya es más difícil que haya acuerdo acerca de si el aluminio que necesita la industria minera deben estar exento de la prohibición de importación, y acerca de si los salarios del sector de salud deben mejorar antes que el de los maestros.
Cuando los acuerdos no llegan, cuando muchos sectores (o todos) se sienten postergados en sus demandas, cuando a pesar de las promesas el plan cambia, el público se empieza a impacientar y no ve con malos ojos la otra forma de tener un plan: que un líder providencial lo imponga a la fuerza, sin que importe la oposición, y por supuesto, sin que importe el recambio democrático. La gente pide resultados y no palabras, y siempre hay un líder más fuerte que los otros que se los promete. Sólo tienen que darle poderes extraordinarios para vencer la resistencia de quienes no entienden lo que el país necesita.
Todos encolumnados detrás del líder, más allá de “banderías”, más allá de los escrúpulos. Todo sea por conseguir un plan que esta vez funcione.
Lo que no se advierte es que la alternativa entre plan colectivo consensuado y plan colectivo autoritario es falsa. También está el gobierno de las leyes, que no dicen si la industria metalúrgica cordobesa debe recibir más fondos que la industria química bonaerense, sino que permite que esas cosas las decida cada uno de los que compran productos metalúrgicos o químicos. El resultado es la suma de las decisiones individuales. Cada cual decide cómo gasta lo que le pertenece, y no cómo el gobierno debe gastar lo que le pertenece a los demás. Para lo primero bastan las leyes y sobre ellas puede haber acuerdos. Para lo segundo se pueden intentar concertaciones, pactos, y planes. Cuando ellos fallan la gente reclama un líder que no tenga demasiados miramientos y que esté dispuesto a romper algunos huevos para hacer la tortilla.
Muchos creen que el primer sistema es caótico, que si nadie está al comando para decir hacia dónde ir no hay sistema alguno. Sin embargo, véase lo que pasa con las industrias más dinámicas del mundo. Nadie le dice a Apple o Microsoft cuál debe ser su estrategia. No hay una concertación para decidir que una tiene un mercado, y la otra otro distinto. Nadie les ordenó a los primeros inversores de Nokia (algunos eran jubilados finlandeses) que pusieran su dinero allí. Ningún ministro decidió apoderarse de sus ahorros y darle un crédito a Nokia. Ninguna regulación determinó que los procesadores Intel adoptaran una tecnología y los fabricados por Motorola otra distinta (y ambos tuvieron éxito, aunque uno más que el otro). Ningún ministerio planifica cuándo es el momento para lanzar un sistema operativo de 32 bits o de 64 bits. No hubo un informe multisectorial e interministerial que lo decidiera. Nadie dice que sea obligatorio adoptar un formato de archivo, como mp3 o pdf. Los formatos se imponen porque mucha gente decide que le sirven. ¿Es eso un caos que impide el progreso? No, es la industria más creativa del mundo. 
Cierto que el sub-sector de los sitios web tuvo su mini-crisis hace algunos años, en las que muchas dot com fueron a la quiebra. Pero esa industria se recuperó rápidamente, y sin ayuda. Muy distinto a la mega-crisis iniciada en el sector hiper intervenido de los créditos inmobiliarios, que no se recupera a pesar de la ayuda.


Aunque parezca ir (verdaderamente) contra la corriente lo diré una vez más: para el progreso, con tener leyes claras y permanentes, imparcialmente interpretadas, basta y sobra.

martes, 15 de noviembre de 2011

Confusiones argentinas: las políticas de Estado

Es frecuente escuchar que los periodistas y los políticos declamen sobre la necesidad de que en Argentina tengamos “políticas de Estado”. Creo que ese deseo revela una gran confusión.

Se supone que debe haber metas y planes destinados a lograrlas que trasciendan las sucesivas elecciones. Por eso se dice “políticas de Estado”, y no de cada gobierno o de cada partido. Justamente por eso, recientemente algunos dirigentes de diversos partidos han pensado que la forma de lograr la permanencia de algunas políticas básicas se debería lograr a través de la firma de un compromiso de gobernabilidad y políticas públicas (link a nota en La Nación, en Clarín, y al texto del acuerdo). 

Entre otras cosas agradables, los firmantes convinieron una agenda común que incluye “educación masiva de calidad”, “desarrollo productivo”, y “pleno empleo”. Sorprende que se crea necesario firmar pactos sobre eso, como si alguien hubiera sugerido metas alternativas tales como “educación minoritaria y de mala calidad”, “estancamiento productivo” y “desempleo”. Claro que muchas veces la ineptitud ha llevado a esos resultados negativos. Pero no perdamos la perspectiva, eso jamás ha sido meta de partido alguno.

Los firmantes se comprometieron además a respetar la división de poderes y a no dictar leyes retroactivas. Y entonces uno se pregunta: ¿hay que firmar un documento para decir que hay que respetar la Constitución? Habrá luego que redactar otro pacto para comprometerse a respetar el pacto en el que se comprometieron a respetar la Constitución, y así al infinito. ¿No basta con las leyes?


¿Por qué se habla de políticas y no de leyes?
Y aquí uno descubre la importancia de la otra palabra en la repetida frase “políticas de Estado”. Se habla de políticas no de leyes y se verá (creo) que son cosas muy distintas. Claro que todavía muchas personas siguen apegadas (yo entre ellos) a la noción con la que nació Argentina en el siglo XIX, y con la que se hizo grande: la de “reglas claras y permanentes”.

La diferencia entre reglas y políticas tendrá que ser tema de otra nota. Algo adelanté en la que escribí sobre Dworkin (link). Es clarificadora la siguiente imagen: las reglas son como los carteles de tránsito, que nos dicen cuáles son las direcciones posibles, pero no a dónde ir. Las políticas en cambio eligen un camino entre los muchos que quedan abiertos según las leyes, y descartan otros. No porque sean ilegales, sino porque no se los considera convenientes.

Se ve que las reglas (o leyes) son propias de las ideas liberales clásicas. La ley organiza la libertad, pero no le dice a cada ciudadano o cada empresa cómo tiene que usarla. En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) se lee que son derechos inalienables “la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad”. Algunos se burlan sin razón de la frase, y advierten con algo de sorna que no se reconoce el derecho a la felicidad, sino a buscarla. Pero justamente allí reside la claridad conceptual de la frase. Las leyes, reglas generales e igualitarias, no pueden asegurar la felicidad. Y menos deben tratar de usar la fuerza del Estado para decir hacia dónde debe buscarla cada uno. Basta y sobra con que aseguren que cada cual la busque a su modo sin impedir que otros usen la misma libertad. De esa forma sigue siendo cierto que los derechos de cada uno terminan donde empiezan los de los demás.

Con las políticas entramos en otro mundo. Aquí hablamos de tomar rumbos, no ya individuales sino colectivos. Pero ¿si hay rumbos distintos que también respetan la ley, con qué derecho el Estado habría impedir que algunos los sigan? ¿Y si no los impide con la fuerza, entonces cómo?

Aparece la idea de los pactos o compromisos de políticas. Se asume piadosamente que no es la fuerza del Estado sino el compromiso (en verdad, la firma puesta por algunos líderes partidarios) lo que asegura que esas políticas y no otras serán las que se habrán de seguir.


Origen histórico del problema
En la concepción del gobierno que predominó en el siglo XIX el cambio de políticas no era tan dañino. Ni los gobernantes ni los gobernados pensaban que fuera función del Estado elegir las direcciones de la economía y la cultura. Con el cambio ideológico de los años 30 y 40 del siglo XX los Estados pasan a dirigir la economía y a veces emprenden políticas culturales, promoviendo un cierto tipo de arte y no otro.

Incluso en los Estados Unidos el New Deal (traducido: “el nuevo acuerdo”) les dice a los granjeros cuánto trigo producir, y les paga por quemar el exceso. En Alemania Hitler emprende los planes cuatrienales, y Stalin los quinquenales. Lo mismo hace Perón en Argentina.

En Gran Bretaña, el intelectual laborista Harold Laski se dio cuenta de que las nuevas doctrinas intervencionistas (que él mismo sostenía) creaban un problema que antes no existía: ¿dónde queda mi plan económico y cultural si pierdo la próxima elección y el próximo gobierno toma otro rumbo? Laski demandó que la oposición se comprometiera a mantener las políticas adoptadas por el gobierno laborista. Claro que esto contradice el sistema democrático, pero también es cierto que sin ese compromiso de poco vale adoptar políticas, y se cae en el cambio constante que desde entonces ha preocupado a tantos dirigentes.

Ese es el origen histórico y filosófico de la demanda por “políticas de Estado” que duren más allá de las elecciones…para lo cual deberían se adoptadas por todos los partidos. Cómo se hace para que esto no convierta en irrelevante el recambio democrático es un problema enorme del que pocos se ocupan. Yo creo que hay una contradicción fundamental entre el gobierno democrático y las llamadas políticas de Estado.

Fuera de que la firma de compromisos generales por algunos dirigentes es una base precaria para asegurar la continuidad de políticas, tenemos el problema (todavía más grave) de la coerción. Hay que preguntarse, ¿es legítimo (o siquiera constitucional) usarla para imponer un rumbo que todos deben seguir? Stalin, Roosevelt, Hitler, Mussolini, Laski, y Perón (con sus diferencias) coincidían en dar una respuesta afirmativa. Otros tienen dudas.Yo pienso que no es legítimo.

En los Estados Unidos, el profesor Cass Sunstein, asesor de Obama en materia regulatoria, ha sugerido en un libro eludir el problema con la técnica que él llama “nudge” (empujoncito o codazo) que no sería coerción, pero tampoco plena libertad. Creo que es una salida falsa. Un pisotón de elefante es suave si se lo compara con el empujoncito del Estado.

También es una salida falsa la firma de compromisos. Por fuerza se tienen que limitar a obviedades que nadie discute y a delegar todo a equipos de expertos. La razón fue explicada magníficamente por Frederick Hayek en su libro “Camino de Servidumbre”. En Argentina ni siquiera se debate sobre estos temas.



Argentina no es España

Una de las razones del entusiasmo por las “políticas de Estado” en la Argentina fue la búsqueda de un modelo europeo al momento de restaurarse la democracia luego de la derrota de Malvinas. Algunos adoptaron como ejemplo a imitar la transición democrática española, y en particular el Pacto de la Moncloa. Desde entonces muchos políticos locales creen que tienen que dejar su firma en algún pacto para así pasar a la historia.

No se advirtió que había diferencias esenciales. El país y el momento histórico son distintos. Los españoles tuvieron el Pacto de la Moncloa como paso hacia su Constitución definitiva. Ellos no tenían Constitución. El pacto contenía desde medidas económicas como el freno al incremento de la masa monetaria, y límites a los aumentos de salarios (políticas que pocos han imitado en Argentina), hasta el reconocimiento del derecho de reunión. Empeñarse en imitar ese pacto cuando ya se tiene, como en Argentina, una Constitución, es tanto como ensayar un ademán ritual sin saber para qué sirve.



Mi opinión

La solución no es otro pacto, otro compromiso, otro gran acuerdo nacional. Argentina abandonó hace ya más de medio siglo el ideal con el que nació, de la ley uniforme, clara, y estable. Cuando digo ley estable no digo inmutable, pero sí que no afecte derechos adquiridos, lo que (si bien se piensa en el requisito) es una freno fuerte y saludable a los experimentos legislativos. Sin eso tendremos que seguir viendo cómo se firman y se rompen pactos de tanto en tanto, y (según propone Sunstein) viviendo a los codazos y empujones.






martes, 18 de octubre de 2011

La falsificación del pasado en la Argentina. Primera nota

El Día de la Soberanía (...del puerto de Buenos Aires sobre el interior)

El 20 de noviembre la Argentina va a festejar el Día de la Soberanía, establecido por ley 20.770 en 1974. En términos históricos el festejo es relativamente reciente: hasta 1974 no se lo había considerado una gesta nacional.

La fecha se eligió para celebrar la batalla de la Vuelta de Obligado, entre una flota anglo-francesa que intentaba ingresar al Río Paraná y tropas enviadas por el gobernador Juan Manuel de Rosas que intentaron impedirles el paso. El festejo es paradójico, pues las fuerzas argentinas fueron derrotadas, murieron casi 10 argentinos por cada una de las bajas del enemigo (250 muertos contra 26), que además consiguió su propósito de ingresar al Río Paraná hacia su destino. Ver nota en la Wikipedia

Sin embargo, en vista de la resistencia ofrecida, las naves inglesas, francesas (y por supuesto, de cualquier otra nación) comprendieron que era muy riesgoso ingresar a los ríos argentinos sin el permiso del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, general Rosas.

Cabe preguntarse ¿a dónde iban esas naves inglesas y francesas? Ingresaron al Paraná y navegaron hacia el norte. Sí ya lo sabemos, el río conduce al norte, no al sur. Pero ¿cuál era su rumbo? ¿Cuál era su puerto de destino? Es revelador que en cientos de páginas web sobre la batalla de la Vuelta de Obligado y el Día de la Soberanía este dato no esté presente.
Los barcos ingleses y franceses intentaban llegar a la provincia de Corrientes, que desde hacía años estaba en rebelión contra Rosas. ¿Para qué querían llegar allí, y porqué Rosas se oponía a que navegaran hasta Corrientes? Busquen alguna explicación a estas obvias preguntas en las cientos de páginas que celebran la derrota de la Vuelta de Obligado y no la van a encontrar, o la van a ver muy oculta bajo párrafos y párrafos sobre la soberanía. Por excepción se puede encontrar alguna página web que no elude las preguntas obvias.

Felipe Pigna, conocido creador de mitos sobre la historia, escribe en una nota en Clarín titulada La primera batalla por la soberanía (¿olvidó la guerra de la independencia?) que la batalla se libró para defender la soberanía nacional. El artículo en la Wikipedia sobre la batalla sigue las líneas de Pigna.

Pacho O’Donnell escribe en La Nación que la batalla frustró la invasión del Río de la Plata (?)  y recuerda que también venían navíos mercantes "relamiéndose por el botín esperado". Absurdo, ¿qué botín podían encontrar en Corrientes? Los barcos venían con manufacturas que eran indispensables en el norte.


Pigna dice que los ingleses también estaban interesados en el algodón de Paraguay. Por supuesto, y además todo el norte quería vender sus productos sin pedirle permiso a Rosas. Pero eso no era un botín sino comercio.

Rosas no quería que los que se oponían a su dominio pudieran comerciar con el exterior. Recordemos que en el año 1845 se importaban hasta las cosas más elementales. Si una provincia no podía comerciar con el exterior, volvía a la edad de piedra. Si cortaba el acceso por el río hacia los puertos interiores, Rosas ahogaba a los rebeldes hundiéndolos en la miseria.

Por supuesto que Rosas, que al ser derrotado años después se refugió en Inglaterra, no tenía ningún problema en comerciar él mismo con los ingleses y los franceses Ver el artículo sobre libre navegación de los ríos en la Wikipedia, bastante más informativo sobre la política de Rosas que el referido solamente a la batalla. Lo que no quería era que otros lo hicieran sin su permiso. Todo pasaba por Buenos Aires, la Reina del Plata, que abría y cerraba la puerta de acceso al país a su gusto (al gusto de Rosas para ser precisos). Los que estuvieran más al norte en el río debían rendirse ante el dueño de la puerta o no tenían acceso al exterior. Buenos Aires usaba el río como si fuera suyo.

Por eso es que es cierto que (en lo que le importaba a Rosas) la derrota de la Vuelta de Obligado fue una victoria. Porque logró demostrar que era muy difícil y costoso salir del interior o llegar a él por los ríos sin el permiso de Rosas. El paso del río se le impidió a los barcos no porque fueran extranjeros, sino porque iban a puertos rebeldes. Por eso es que el dato del destino de esos barcos no se menciona o se minimiza en los cientos de páginas web que celebran la victoria. Los barcos ingresaron al Río Paraná luego de la batalla ¿Con destino a dónde? Página en blanco…no haga preguntas incómodas.
La campaña para convertir a Rosas en héroe de la lucha contra una imaginaria invasión extranjera es ridícula. ¡Qué hubieran dicho los correntinos de entonces si hubieran sabido que muchos años después se iba a celebrar en toda Argentina, y también en su provincia, la lucha de un hombre que pretendió doblegarlos cerrando el río! Un río que es de toda la Argentina (y del Paraguay y Brasil, claro), y no del mandamás de la provincia de Buenos Aires.

La lección histórica fue perfectamente comprendida por los grandes hombres que redactaron nuestra Constitución. Quedó grabada en el artículo 26, que dice:

La navegación de los ríos interiores de la Nación es libre para todas las banderas, con sujeción únicamente a los reglamentos que dicte la autoridad nacional.

Para todas las banderas dice. Pocas o ninguna nación del mundo debe tener un artículo semejante. Es que fue un problema propio de la historia argentina, producto de la geografía que favorece a Buenos Aires, y de su abuso por un tirano. Fue la dura lección aprendida al ver que Rosas sentado en Buenos Aires podía sumir al interior en la miseria controlando la entrada y salida por el río.

Los reglamentos que menciona el artículo son los destinados a la seguridad de la navegación, pero no pueden ser usados para favorecer a unos y arruinar a otros. Previendo que algún avivado de los que sobran en Argentina podría querer hacer nula a fuerza de reglamentos la libertad garantizada en el art. 26, el 28 advierte que:

Los principios, garantías y derechos reconocidos en los anteriores artículos, no podrán ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio.

Ahora bien, haga la prueba de encontrar si alguno de los tantos historiadores y comentaristas que celebran la Batalla de Obligado da una pista que relacione este hecho histórico nada menos que con la Constitución Nacional y se encontrará con otro silencio y otra página en blanco. Libre comercio y libre navegación son ideas contra las que el establishment intelectual lucha desde hace más de medio siglo.

El primero de sus silencios (recordemos) consiste no decir dónde iban los barcos por el Paraná, y para qué. O pretender que se trataba de una invasión. El segundo de los silencios consiste en ocultar la lección que este hecho histórico dejó, y que se puede leer en la misma Constitución Argentina. Pero ¿quién lee hoy la Constitución?